LA LECTURA
LA LECTURA

Sirat llevará la cultura de las raves a los Oscar: ¿es hora de nombrar la música electrónica como Patrimonio de la Humanidad?

Berlín declaró el techno como Patrimonio Inmaterial y Francia su música electrónica. Sirat de Oliver Laxe ha roto los estigmas de las raves, la Ruta del Bakalao entra en los museos y los festivales atraen a cientos de miles de personas cada año. El dance ha salido del subsuelo

El escenario principal de Monegros Desert Festival, que el pasado verano atrajo a más de 50.000 personas.
El escenario principal de Monegros Desert Festival, que el pasado verano atrajo a más de 50.000 personas.
Actualizado

Amanece en el desierto, un techno con toques de trance y acid suena a más de 100 beats por minuto. Después de toda una noche los ravers bailan a la manera raver: se sacuden, su cuerpo retumba, casi se abrazan a los macroaltavoces. Es la escena más famosa de Sirat: la de la rave (real) que Oliver Laxe rodó en la Rambla de Barrachina, el Cañón Rojo de Teruel, con cierto aire de catedral de piedra. Ese techno duro del DJ Kangding Ray (alias de David Letellier) sonó a muchísimos menos decibelios en la elegante alfombra roja del Festival de Cannes tras el estreno del film que se llevó el Premio del Jurado y que ya se ha convertido en todo un fenómeno internacional por su retrato de la cultura de rave, tan salvaje como honesto, tan espiritual como político. Primero fue Cannes -que también premió la banda sonora de Letellier-, ahora las dos nominaciones a los Oscar y la 11 nominaciones a los Goya.

Mediodía de diciembre en el Palais-Royal de París, sede del Ministero de Cultura: la ministra Rachida Dati declara la alta costura francesa Patrimonio Cultural Inmaterial, pero también las músicas electrónicas, así en plural, paso previo a su inscripción en la UNESCO. Un hito que reconoce la llamada French Touch: Daft Punk, Justice, Jean-Michel Jarre... Francia sigue así el camino que marcó Berlín en 2024 al consagrar su escena techno como Patrimonio Inmaterial.

Fotograma de 'Sirat'de Oliver Laxe, con la 'rave' al amanacer, grabada en el Cañón Rojo de Teruel.
Fotograma de 'Sirat'de Oliver Laxe, con la 'rave' al amanacer, grabada en el Cañón Rojo de Teruel.

Dos días después, en Madrid, el ministro Ernest Urtasun aprobaba la concesión de las Medallas de Oro al Mérito en las Bellas Artes a 35 personalidades: Christina Rosenvinge, Irene Vallejo y, oh, sorpresa, el DJ Oscar Mulero. Se trataba del primer gran reconocimiento del techno por parte del Gobierno español.

Para saber más

"En Francia fueron muy hábiles a la hora de convertir su electrónica en una especie de soft power cultural"

Javier Blánquez

La electrónica en toda sus variantes, a menudo perseguida y estigmatizada en los años 90, sale del subsuelo y hasta se codea con la alta costura, al menos en Francia. En España tenemos el flamenco, las Fallas o la fiesta de los patios de Córdoba entre nuestro patrimonio inmaterial. «Aquí nadie se ha tomado en serio la escena electrónica como algo que vaya más allá del entretenimiento, incluso del vicio. Siempre se ha asociado a la fiesta y las drogas. No se entiende como parte de la cultura», expone Javier Blánquez, autor del canónico Loops: Una historia de la música electrónica (Reservoir Books), la biblia sobre la evolución de electrónica desde 1910 hasta hoy, editada en el 2000 y ampliada a dos tomos en 2018 (en total, más de 1.400 páginas). «En Francia han corregido su posición a lo largo del tiempo. En los 90, las autoridades eran muy duras, pero cuando Daft Punk tuvo éxito y la música electrónica una repercusión internacional fueron muy hábiles a la hora de convertirlo en una especie de soft power cultural», añade Blánquez.

Si el techno tiene una capital esa es Berlín, donde siempre ha significado más que una música a todo volumen, algo que se explica por la propia historia de la ciudad. Desde la caída del Muro en 1989 el techno se convirtió en sinónimo de libertad y contracultura. «Era una música nueva, sin historia, sin letra. Representaba una idea futurista, con un mensaje que se recibía por la vía física, podía ser la banda sonora del cambio profundo que estaba viviendo Alemania en el momento de su reunificación», explica Blánquez, profesor de Historia de la Música en la Escuela de Nuevas Tecnologías Interactivas (ENTI) de la Universidad de Barcelona.

Asistentes al Sónar de Día de Barcelona, en el reciento de la Fira en la Plaza de España, en 2016.
Asistentes al Sónar de Día de Barcelona, en el reciento de la Fira en la Plaza de España, en 2016.QUIQUE GARCÍAEFE

En los 90, mientras emergían los clubes electrónicos muy anclados a la cultura de rave (como el Tresor o el Ostgut, precursor de Berghain), Berlín se alzó como la vibrante capital cultural de Europa, con alquileres baratos y una energía creativa que atrajo a artistas y músicos de todo el mundo: Marina Abramovic, Nan Goldin, Jeff Mills... No hubo una persecución legal, ni de las raves, ni de la escena clubber, algo muy distinto de lo que sucedía en el Reino Unido post Margaret Tatcher, Francia o una España que estrenaba su democracia, donde la euforia posdictadura se vehiculó sobre todo a la Movida madrileña. «Posiblemente, la acción política más relevante que haya habido en España con relación a la música electrónica ha sido la ilegalización de los afters y la regulación de los horarios nocturnos», apunta Blánquez sin ironizar.

"El Sónar ha sido fundamental para comprender la electrónica y que los DJ somos artistas y creadores"

Ángel Molina

El veterano Ángel Molina, exquisito DJ que ha llevado la electrónica a altas cotas artísticas, asiente ante la afirmación. «Los gobiernos de izquierdas supuestamente tolerantes han impulsado legislaciones muy represivas», suspira. Pone como ejemplo su propia ciudad, Barcelona, donde comenzó a pinchar profesionalmente en 1991. En plena ola olímpica vio nacer el festival Sónar (él mismo lo inauguró en el 94: es el DJ nacional que más veces ha actuado, solo superado por Richie Hawtin), el Moog o las míticas fiestas Nitsa. «El Sónar ha sido fundamental para comprender la electrónica y que los DJ somos artistas y creadores», reivindica Molina sobre un festival que ha educado a varias generaciones.

«En estas tres décadas hemos avanzado, el sector se ha profesionalizado y se han creado sindicados. Pero aún falta mucho para equipararnos a otros países europeos», cuenta Molina, que ha girado por Sudamérica y Asia, que ha pinchado en los mejores clubes del mundo. «Cuando vas a Londres, París o Berlín el sonido es otra dimensión, mientras que en Barcelona hay una limitación de decibelios a veces absurda y eso afecta la manera de sentir la música», lamenta de una ciudad que ha sido especialmente severa en la limitación de horarios y las prohibiciones desde aquella Ordenanza de Civismo que impulsó el socialista Joan Clos en 2006. «Cuando dices la palabra prohibir la gente se suele llevar las manos a la cabeza. Pero en nuestro sector es el pan de cada día. ¿Por qué a las siete de la mañana me puedo ir a un bar a tomar un whisky pero no a una discoteca a beberme ese mismo whisky?», plantea Molina mientras se toma su segundo café de la mañana.

«Durante la pandemia, a los DJ y productores se nos relegó a la categoría de ocio nocturno, no de músicos. Simplemente éramos entretenimiento. La Medalla de Oro a Oscar Mulero es una fantástica noticia, algo empieza a cambiar, aunque sea muy lentamente», admite.

El festival de los Monegros se celebra en medio del desierto, en el kilómetro 416 de la Nacional II.
El festival de los Monegros se celebra en medio del desierto, en el kilómetro 416 de la Nacional II.

Monegros, kilómetro 416

Un corral en medio de la nada, a principios de los 90. Una rave en el desierto, la versión española del Burning Man, que se celebra en pleno Black Rock Desert de Nevada, aunque había empezado a mediados de los 80 en una playa de San Francisco, Baker Beach, pero pronto se quedó pequeña. En los Monegros, la familia Arnau usó su finca rural -en realidad, una era que había servido para guardar paja- para montar una rave con cerca de 200 asistentes y DJ que venían sobre todo del club madre, La Florida135, mítica discoteca de Fraga que en los años 40 fue un modernísimo cine, transformado después en salón de baile y orquestas.

«Fuimos los pioneros en España. Hace 30 años, conseguimos que muchos artistas vinieran de Detroit y centro Europa», recuerda Joaquín Cabós, director del Monegros Desert Festival. Así empezó la leyenda del km 416, por el que han pasado los mejores DJ del mundo: Jeff Mills, Laurent Garnier, Sven Vath...

"Monegros nació con el espíritu de las raves de los 90 y no queremos perderlo"

Joaquín Cabós

Amanece en el desierto, julio de 2025. Rodeada de un espectacular muro de altavoces, casi como un retablo electrónico, la DJ Indira Paganotto cierra con su set de techno psicodélico un festival épico: más de 50.000 almas bailando sobre el polvo, 22 horas de música non stop bajo un sol de justicia (unos 40 grados a la hora de mayor calor) y con caídas de temperatura de hasta 15 grados por la noche. Es la primera vez que una mujer española clausuraba Monegros.

Lejos de las ciudades, al aire libre, la electrónica se desata en todo su potencial, casi como un espejo de la naturaleza más extrema y árida. «Monegros nació con el espíritu de las raves de los 90 y no queremos perderlo», reivindica con orgullo Cabós. «Este es un festival al que se sobrevive. No engañamos: siempre advertimos de que estás en el desierto, que vas a pasar frío y calor, que vas a acabar lleno de polvo», cuenta desde Fraga, a -1 grados. Siempre hay dos momentos mágicos en esas 22 horas de música ininterrumpida: el amanecer y el atardecer, con esos colores intensísimos que solo se ven en el desierto. «Los DJ se pelean para pinchar en esos momentos», ríe el director.

Con 32 ediciones a sus espaldas (tuvo un parón de ocho años, pandemia mediante, y regresó en 2022 con más fuerza), el festival de los Monegros es lo más parecido a una rave legal, con una producción colosal que trae agua y electricidad al desierto, con 13 escenarios e incluso un avión (la recreación de un Airbus A330 es uno de los escenarios preferidos de los asistentes).

«En un espacio completamente dejado de la mano de Dios, Monegros consiguió situarse en el circuito internacional de la música electrónica. Es una demostración de que la experiencia de una rave puede convertirse en un hecho social no necesariamente demonizable. Lo importante es la energía del conjunto de la gente, la celebración de la música», analiza Javier Blánquez.

Atardecer en Monegros Desert Festival, una de las horas más solicitadas por los DJ para pinchar.
Atardecer en Monegros Desert Festival, una de las horas más solicitadas por los DJ para pinchar.

Desde luego, la estampa de Monegros es la más parecida a esas estetizadas imágenes de Sirat. Con o sin esa radical lectura política de la película (y de las raves en general): una resistencia al sistema, a las promesas del progreso, a una modernidad atomizada para regresar a la tribu, a un colectivo que sana las heridas. Pura transgresión y desafío a las normas que va más allá de la casi tradicional noticia que todos los medios compartimos a principios de enero: la de la rave ilegal de fin de año que dura varios días (este año, en un pantano de Albacete) y que la Guardia Civil desmonta con detenciones y disturbios.

ruta 'bakala'

Coches tuneados, chaquetas de cuero, chándales, pantalones ajustadísimos, aros XL, gafas de sol y música máquina atronando en el subwoofer... La Ruta del Bakalao, fenómeno 100% valenciano, marcó una estética que ya lleva algún lustro completamente integrada y validada en la moda urbana contemporánea. Así iba a ser el «nuevo icono ibérico», como lo definió Bigas Luna cuando estrenó Yo soy la Juani (2006). Estigmatizada en su momento, en los últimos años protagoniza series, ensayos y exposiciones, como la actual La Ruta: modernidad, cultura y descontrol en el centro de artes digitales BombaGens. Pero la puesta de largo fue en el IVAM con la magna Ruta gráfica. El diseño del sonido de Valencia (2022), que nos descubrió el insospechado legado artístico de esa escena clubbing con modernísimos diseños de Mariscal, Paco Roca, Francisco Montesinos...

"Antes, ser bakala estaba muy estigmatizado, equivalía casi a ser un delincuente y un drogadicto. Pero se han roto estereotipos"

Moy Santana

El productor y DJ Moy Santana fue comisario de Ruta gráfica y el responsable de la edición del libro que dio origen a la exposición: «Antes, ser bakala estaba muy estigmatizado, equivalía casi a ser un delincuente y un drogadicto. Con la perspectiva temporal se han roto estereotipos y se empieza a entender el fenómeno que supuso en los 80 y 90», considera. «Siempre se ha hablado de los DJ, de la fiesta y de los excesos. Pero hubo una parte artística desconocida, la del diseño gráfico», destaca Santana, que desde niño iba recopilando flyers de las discotecas como si fueran cromos. «Estaban por todas partes: en los recreativos, en los bares, en las tiendas...», recuerda Santana, que tiene más de 2.000 en su colección particular. Algunos son pequeñas obras de arte, joyas sobre papel que en la época de los QR y entradas digitales no volverán a existir.

'Collage' de Quique Company para la discoteca A.C.T.V (1987-1993), parte de la colección de Julio Andújar.
'Collage' de Quique Company para la discoteca A.C.T.V (1987-1993), parte de la colección de Julio Andújar.'RUTA GRÁFICA'

Echando la vista atrás, compara: «Hoy, La Ruta se asocia más a un movimiento cultural y social. La gente se ha dado cuenta de que no solo fue una fiesta sin fin, como lo vendieron en aquella época».

El oasis de ibiza

Los fenicios ya consagraron la isla a la poderosa Tanit, diosa de la fertilidad, la luna, la sexualidad, la protección... Ibiza siempre ha sido un reducto de libertad y evasión, un oasis en pleno franquismo, cuando desde los años 50 empezaron a instalarse artistas, escritores y diletantes, muchos de la generación beat, seguidos de los hippies y místicos de los 60 y 70. ¿Cómo a partir de los 80 y 90 esta pequeña isla del Mediterráneo generó una escena tan potente que se convirtió en una capital mundial de la electrónica y la cultura de club? A esa pregunta responden los periodistas (y también DJ) Luis Costa y Christian Len en su monumental Balearic (Contra), una enciclopedia de 600 páginas en forma de diálogos -algunos bastante filosóficos, otros desternillantes- con un centenar de protagonistas clave que formaron parte o crearon el clubbing ibicenco. Solo en Ibiza podía ocurrir que un filósofo (Antonio Escohotado) montara una discoteca en una finca payesa, la mítica Amnesia.

"Desde hace más de una década, Ibiza ya no es el paradigma de la cultura de club. Se ha convertido en un territorio para la especulación"

Luis Costa

«Ibiza fue un referente mundial absoluto, pero para España siempre ha sido la isla de la fiesta. Teníamos un patrimonio increíble entre las manos, pero no se supo proteger ni poner en valor. Y lo hemos perdido», considera Luis Costa, autor también de ¡Bacalao! (Contra, 2017), uno de esos ensayos que derribó estereotipos. «Desde hace más de una década, Ibiza ya no es el paradigma de la cultura de club. Se ha convertido en un territorio para la especulación, entregado al beneficio económico, a la segregación del público y a la cultura VIP, dominada por cachés desorbitados», lamenta. Con 164.000 habitantes censados (el doble en verano), las dificultades de acceso a la vivienda por la brutal subida de los alquileres han tensado la vida en isla.

Paris Hilton en 2015, animando una fiesta de Amnesia, uno de los clubes míticos de Ibiza.
Paris Hilton en 2015, animando una fiesta de Amnesia, uno de los clubes míticos de Ibiza.

La edad dorada del clubbing ibicenco se remonta a esa invención británica del balearic, cuando el DJ Trevor Fung acuñó el término para sus dos álbumes de compilación de temas de estilo ecléctico. «Más que un estilo musical, el balearic es un estilo de vida, un state of mind», sonríe Costa. Y destaca que aún existe una Ibiza alternativa, ciertos bares, ciertas calas remotas donde aún se montan fiestas improvisadas, espacios independientes que «siguen manteniendo viva la llama y el espíritu original del balearic».

'bonus track' de novela

En los 90, en plena explosión raver, varios escritores publicaron novelas en las que la fiesta era el tema central, empezando por Irvine Welsh, el icónico autor de Trainspotting (1993), pero también de Éxtasis. Tres relatos de amor químico (1996) o tres cuentos que exploraban la escena rave, con mucho MDMA. Notables fueron la novela experimental del alemán Rainald Goetz, Rave (1998), o la muy lisérgica y ciberpunk Vurt (1993) de Jeff Noon.

Tras un largo vacío literario, la joven escritora Mónica Ojeda sorprendió con Chamanes eléctricos en la fiesta del sol (Random House, 2024), una novela impregnada de filosofía y misticismo ancestral, pero anclada en el violento contexto de su Ecuador natal. La premisa: dos amigas viajan a los Andes para asistir al festival del Ruido Solar, al pie de un volcán. «Simplemente van a pasarlo bien, pero ese festival de aparente evasión se convierte en un espacio donde sus cuerpos se abren al goce y emergen con fuerza los dolores, los traumas sociales y familiares que ya traían consigo», explica Ojeda desde Madrid, donde reside desde hace años.

"La música opera como una consolación, un aliciente hacia la vida pese al dolor"

Mónica Ojeda

«La fiesta es a la vez un espacio político, porque al vivir en un necroestado todos los espacios públicos parecen vetados. El festival supone una colectivización, un espacio que te recuerda que la fiesta no se puede armar con la individualidad, sino con el grupo», continúa. En medio de un paisaje que casi se arrapa al cuerpo, de un noise experimental y chamánico, con ecos de Nietzsche, «la música opera como una consolación, un aliciente hacia la vida pese al dolor y a la pérdida», dice Ojeda. Porque una rave -o un festival- no es solo una rave: «Somos cuerpos que cantan y bailan y gozan la música, precisamente porque sabemos lo que es perder cosas».