«La ciudad va despertando». El alcalde de Madrid mira desde la cornisa del Centro de Emergencias cómo el tráfico de la calle Alcalá retoma muy poco a poco el ritmo. En cinco minutos entrará a la reunión de coordinación del operativo que trabaja para sacar a la ciudad de la mayor nevada de su historia moderna. Una desgracia natural que hoy pedirá al Gobierno que la declare oficialmente como «catastrófica». «Si esto no lo es, tú me dirás qué», pregunta a EL MUNDO horas antes, a bordo de un 4x4 de la policía municipal con el que recorre la ciudad.
Al alcalde de Madrid, con menos de dos años en el cargo, aún hay cosas que descubre en su día a día que le llaman la atención. Por ejemplo, que desde la torre más elevada del edificio del Ayuntamiento, en Cibeles, se compruebe que La Castellana tiene un giro a izquierdas a la altura de Rubén Darío que ya lo firmarían muchos circuitos de Fórmula 1. «Piensa la gente que es casi recta, y fíjate», dice José Luis Martínez-Almeida con el mismo tono de sorpresa con el que preguntó, antes de Navidades, por unos depósitos de sal que le enseñaron en la ciudad. «Son muy importantes, sobre todo para la M-30 cuando viene el frío», le dijo uno de sus técnicos sin llegar a imaginar él que, poco después, la sal sería oro líquido para mitigar los destrozos de la mayor nevada en más de cien años. Su aprovisionamiento y suministro se convertiría en misión vital.
Tampoco pensaba el regidor el uso que iba a dar pronto a unas botas de invierno que tenía olvidadas en el fondo del armario. Como a casi todos los madrileños, la nieve le gustaba por ser un visitante poco habitual de la ciudad. Ahora, como es lógico, la ha cogido bastante manía. Si cada siglo hay una nevada descomunal y también una pandemia, a él le han caído ambas en menos de doce meses y en el inicio de su legislatura.
«Estoy buscando al gafe, y lo voy a encontrar, te lo aseguro», dice a este diario en su recibimiento a primera hora de la mañana en el despacho del Ayuntamiento, ubicado en la entrada del majestuoso salón privado que levantó en su etapa Ruiz-Gallardón. A las nueve ya estaba reunido con el alcalde de Rivas para hablar de la Cañada Real, el asentamiento ilegal que sufre cortes de luz por la sobreexplotación del servicio (1.200 usuarios gastan como un municipio de 10.000 habitantes. De ellos, sólo cuatro pagan a la compañía).
Peor que el confinamiento
EL MUNDO acompañará a Almeida durante toda una jornada en medio de la mayor crisis que la ciudad ha sufrido desde el 11M, una sacudida dentro de la excepcionalidad que el coronavirus lleva imponiendo desde el pasado marzo. «Entonces cuando cerramos todo nosotros [Ayuntamiento y Comunidad], antes que el Gobierno, fue preocupante, pero esto de ahora me ha generado más tensión, por la gente atrapada en los coches y por la urgencia que teníamos después, al dejar de nevar, por limpiar lo máximo antes de que llegara la gran helada», confiesa mientras revisa desde la torre del reloj de Cibeles el impacto que la tormenta Filomena ha provocado sobre la capital de España.
Tejados, marquesinas, las calvas que las caídas de cientos de árboles en el Retiro han dejado, retratos de estación de esquí en el corazón urbano... Señala aquí y allá, entre la preocupación por esos cúmulos de hielo que pueden descalabrar a más de uno en las aceras y la emoción que le causa ver cómo la ciudad, en menos de 48 horas, fue despertando de esa pesadilla blanca que para él hasta el momento sólo era el Madrid ganando una Champions tras otra a su Atlético. El cargo, eso sí, le ha acercado al gran rival. En junio presidió el alirón liguero en Valdebebas y el domingo agradeció a Florentino Pérez que las primeras máquinas que despejaron parte de La Castellana salieran de las obras del Santiago Bernabéu.
Así y todo, la sangre a rayas le sale cada poco rato en la conversación. «Cuando vi a Neptuno completamente blanco, me hundí», bromea a bordo ya del todoterreno por el que se lleva moviendo desde el sábado, cuando su vehículo habitual se quedó atascado junto a la Puerta de Alcalá. Su foto empujando el coche es una de las escenas de estos días de glaciación disparatada. «Me han criticado diciendo que empujé por simple postureo. Pero no; lo hice para ayudar», enfatiza mientras su chófer asiente. La pericia de éste al volante, gracias a un curso de conducción sobre hielo, fue clave para evitarle más de un susto en el comienzo del fenómeno meteorológico que ha tensionado al máximo las costuras de los servicios públicos de una de las mayores ciudades de Europa.
Su madrugada más larga
Todavía hoy quedan toneladas de basura por recoger en los domicilios de más de tres millones de personas y nadie se atreve a barruntar cuando desaparecerá del todo el hielo que ha transformado miles de aceras en pistas de patinaje.
«Es que no paraba de nevar», recuerda de esa noche del viernes, cuando reventó Filomena sobre Madrid y él se asomó a su ventana 20 veces en las poco más de cuatro horas que pasó en casa, en Tetuán, antes de lanzarse a su sábado más intenso.
«Teníamos el núcleo de la tormenta clavado sobre la ciudad», relata todavía con asombro. En aquel momento ya daba por descontado que las previsiones se habían quedado muy cortas y que los 20 centímetros de nieve -que hubieran sido, asegura, manejables- se triplicarían en muchos puntos del callejero. «En el concierto de Nacho Cano, antes de las campanadas del día 31, alguien nos comentó que venían previsiones muy feas», responde un colaborador del alcalde cuando se pregunta a su equipo por la primera vez que oyeron hablar de lo que se aproximaba por el cielo. Después, en la Cabalgata de Reyes, la preocupación ya era mayúscula. Eso sí, nadie sospechó lo que realmente iba a suceder.
«Ni los nórdicos están preparado para este alud que nos cayó encima», según Almeida. La metáfora alpina encaja en el recorrido por la ciudad desde Cibeles hacia el barrio de Chamberí, primera parada de la mañana.
El blanco que relucía en el Instagram de los madrileños durante el alegre domingo se va volviendo negruzco con el lento arranque laboral y de circulación, a más según ha ido avanzando la semana. Como ejemplo del parón de Madrid por la nevada, algunos datos de movilidad de la M-30. Un día normal, pasan por la radial casi un millón de coches. El peor registro durante el confinamiento, en la semana de cierre total de toda la industria, a principios de abril, fue de 158.000. Y el pasado sábado, bajo la cascada de copos, sólo circularon por allí 13.000 vehículos, la mayoría de ellos de los servicios de emergencia. Su récord negativo.
Las luces de Navidad
Al día siguiente algunos vecinos, en pleno disfrute del acontecimiento, se dieron cuenta de un detalle curioso: las luces de Navidad volvieron a encenderse en toda la ciudad. ¿Por qué? «Para que la nieve y el hielo que las cubrían se derritieran y no tiraran todo el alumbrado al suelo provocando alguna desgracia», revela Almeida. No les quedó más remedio que ir improvisando respuestas. Era eso o el colapso.
Han pasado varios días, pero las montañas de nieve subiendo por Santa Engracia siguen bloqueando coches y la mayoría de aceras, donde el goteo de hielo desde las alturas provoca que el alcalde vaya señalando a su responsable de movilidad, Borja Carabante, balizaciones a realizar para que nadie camine por sitios de riesgo. El concejal apenas ha dormido desde el viernes y a su compañera de seguridad y emergencias, Inma Sanz, le desbordan las ojeras por encima de la mascarilla. «Si esto no es una zona catastrófica, que me digan qué es», repite Almeida con intención hacia el Gobierno, antes de bajar del coche y echar a andar hacia la calle Ponzano, costa de alterne y vinos que mutó el domingo en Baqueira.
La tirantez entre Moncloa y la capital no ha faltado bajo el temporal, tras relativizar el gabinete de Pedro Sánchez su impacto sobre Madrid en un primer momento. Antes de que el Ayuntamiento reclamara oficialmente la declaración de zona catastrófica, el Ministro del Interior, Fernando Grande-Marlaska, y el de Fomento, José Luis Ábalos, con su plancha habitual, salieron a cuestionar la importancia de Filomena. Será hoy, tras un completo análisis de los destrozos, cuando Almeida traslade la petición al Gobierno. ¿Obtendrá el paraguas económico estatal que reciben las grandes hecatombes naturales? Realmente no sabe a qué apostar ante el imprevisible criterio de Moncloa y sus vaivenes con todo lo que tiene que ver con Madrid.
La llamada a Marlaska
En primera persona comprobó las tiranteces entre la titular de Defensa, Margarita Robles, y el de Interior. Lo que fue eficacia y rapidez en la respuesta de la jefa del Ejército viró a densa burocracia en la conversación con Marlaska, más empeñado en reprenderle por el procedimiento que en aportar soluciones. «Al grano, ministro. O reaccionamos rápido y ponemos todos los efectivos posibles en las calles ahora para limpiar nieve o nos pillará la helada y Madrid quedará bloqueada durante mucho tiempo», le rogó Almeida. La obsesión era limpiar el eje de la M-30 para poder garantizar la circulación. Antes, lo primero fue despejar las entradas a los hospitales.
En su ruta por la ciudad, hay más claveles que quejas. «Gracias, alcalde», le dedican algunos vecinos con los que se cruza camino de José Abascal. Dos camareros de un bar pican en la entrada de una calle trozos de hielo grandes como bandejas. Almeida agarra uno para comprobar el grosor. «¿Os estaréis acordando de la familia del alcalde, ¿verdad?», les suelta, sorprendidos los voluntarios por la irrupción del político.
Ya en Jacinto Benavente, rumbo a la calle Segovia, un padre joven, con barbas y niña de la mano, también le agradece. Su público parece cubrir todos los espectros y barrios. «Pero si no trabajamos rápido y despejamos las calles [9.200 en toda la ciudad], la gente empezará a enfadarse, lógicamente», intuye, veterano como es del ruedo municipal y de lo volátil de las corrientes de opinión hoy en día. Restablecer la recogida de basuras es otra de las prioridades. La pasada noche debería haber vuelto el servicio.
El alcalde ha recuperado esta semana el tono conciliador que tantos halagos le hizo cosechar durante el inicio de la pandemia, cuando hasta la oposición se rindió a sus maneras de político cercano, nada agresivo en el tono y de inesperado carisma. Ni en su propio grupo político imaginaban el potencial de este abogado del estado de 45 años, soltero y fanático hincha rojiblanco. En mitad de la jornada de crisis, el partido de la noche de su equipo contra el Sevilla será el único lujo que se permita. «Ganar la Liga en estas circunstancias tan extrañas pega mucho con el Atleti», reconoce.
Popularidad
Fútbol -solo en casa, por lo nervioso que pone- y sentarse ante una pechuga de pollo al almuerzo (el primer día que puede parar un rato a comer desde que llegó Filomena). «Hace menos de dos años casi nadie le conocía en la calle y hoy ya compite en aceptación con alcaldes históricos de la ciudad», analizan en su entorno. En los últimos meses, el ascenso a portavoz nacional del Partido Popular le hizo elevar y adaptar en parte su tono a la refriega política que impera en el país. Estilo suavizado en estos días de crisis en Madrid. En una de las muchas entrevistas de la jornada, al caer la tarde, una periodista de La Sexta suelta un piropo de aquella manera. «Nos gusta usted como alcalde, pero como portavoz...», le reprocha ante la media sonrisa de Almeida.
«El presidente me llamó y me ofreció su número de móvil», detalla sobre la única conversación con Pedro Sánchez desde que atacó Filomena. Una más, eso sí, que en toda la pandemia, sin noticias del líder de la Moncloa. «Espero que haya aprendido ya que hay que ser cercano a la gente en estas circunstancias». Con más cariño recuerda la atención del Rey Felipe y los ánimos que le envió el viernes la alcaldesa socialista de Toledo, cuando su ciudad ya estaba siendo devorada por el tsunami blanco que marchaba hacia Madrid.
El Corte Inglés, para él
También le emocionó ver la maquinaria que Extremadura, Andalucía y Murcia enviaron para auxiliar a la capital, donde no faltaron los gestos solidarios. Desde los conductores que atrapados el viernes en los túneles de la M-30 compartían sus coches con los que se habían quedado sin batería -y sin calefacción-, hasta las grandes compañías que ofrecieron ayuda. Marta Álvarez, la presidenta de El Corte Inglés, abrió de madrugada su centro de Goya para que los servicios de emergencia del Ayuntamiento cargaran provisiones y Antonio Catalán, dueño de la cadena AC, ofreció su hotel de Cuzco.
En el 4x4 le avisan de que Rita Maestre, de Más Madrid, su oposición en el Ayuntamiento, le ha criticado en Twitter por no suspender el viernes el servicio de la EMT, quedando bloqueados algunos autobuses y sus conductores. «Si los hubiéramos parado a las cinco de la tarde, las 110.000 personas que transportaban hubieran terminado tiradas en la calle bajo la nevada», responde el alcalde, que desde el asiento de copiloto comprueba la pericia de su conductor descendiendo hacia el parque Atenas. Le acompaña el único guardaespaldas que admite como seguridad personal. Dentro de lo que cabe, lo pone más fácil que Manuela Carmena en sus primeros días de mandato. Al ir en Metro, la alcaldesa obligaba a que el coche de protección la siguiera a nivel de calle calculando el recorrido del tren. Un jaleo de dispositivo.
«Anoche me escapé a hacer algo de compra. No sabes el miedo que da la nevera de un soltero», relata Almeida, antes de felicitar al escuadrón de bomberos que se afana, al lado de la Cuesta de la Vega, en evitar que pinos enormes caigan sobre el asfalto.
«Alcalde, que no me multen el coche, porfa», le pide un vecino, con su turismo empantanado aún por la nieve. A mediodía, tras la frugal comida, gestiones de despacho antes de acudir al Centro de Emergencias a dirigir la reunión diaria con todos los cuerpos de seguridad y servicios públicos. Este fuerte de coordinación se creó tras los atentados del 11M.
En el centro de mando de emergencias
El repaso es profundo, desde el Samur Social a los cementerios, pasando por la movilidad y la policía. También la UME, la popular y efectiva unidad del Ejército que se ha quedado corta como ayuda gubernamental. Más presencia militar hubiera sido bienvenida por el Ayuntamiento y la Comunidad. Gracias al esfuerzo conjunto, la ciudad sale del caos blanco. Un nuevo examen para los madrileños.
«Va mejorando todo», le dice Carabante asomados los dos a la cornisa sobre la calle Alcalá. Son amigos de hace años, pero el concejal le llama más veces alcalde que José Luis. Éste toma notas para preparar la conexión en directo que le espera con un magazine de tarde. A su espalda, la pantalla de avisos del 112, bastante pacificada a estas alturas en comparación con lo que se vivió el sábado. «Era una mancha de puntos rojos de alarma, una locura». Antes de irse a casa a ver a su Atlético ponerse más líder, una llamada al alcalde de Zaragoza para preguntarle por su positivo de coronavirus y un nuevo suspiro en voz alta: «Busco al gafe, y os aseguro que lo voy a encontrar».
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