Soy madrileño, hijo de madrileños, nieto de madrileñas. Podría decir que yo no elegí Madrid sino que Madrid me eligió a mí. Pero no sería cierto porque Madrid es siempre una elección, con todas sus consecuencias. Y la primera de ellas obliga a aceptar que Madrid no es de nadie. Lo prueba el libro que ha editado primorosamente la Comunidad de Madrid y que reúne 300 voces (o más) de madrileños de todos los orígenes. Incluso han admitido a algunos nativos de Madrid, en una concesión al exotismo.
Empresarios, periodistas, cantautores, presidentes del Real Madrid y del Atleti, funcionarios, arquitectos, pintores, directores de museo, cineastas, bailarines, escritores, políticos de todo signo, médicos, catedráticos, toreros, viticultores, presentadoras, cocineros, diseñadores, actores y actrices, bodegueros, cantantes, dramaturgos, peluqueros, camareras, músicos de jazz, estudiantes y hasta abogados. Si falta el travestí perdido o el guardia pendenciero de la canción de Ana Belén será porque ellos han querido.
Y si juntas sus testimonios y extraes el común denominador de su gratitud, todos vienen a destacar lo mismo: la amplitud de su cielo y la hospitalidad de su suelo. Y qué hermoso cielo y qué bello suelo, digan lo que digan. De las verdes cordilleras a los blancos palacios, en las fotos de este libro luce la región más guapa de lo que algunos querrían reconocer.
Los pobladores de Madrid, los madrileños de todos los lugares, llegan a una Atocha simbólica con su sueño bajo el brazo. Y se instalan, medran, fracasan, se reciclan. Porque Madrid no siempre concreta su promesa. Uno se retira a escribir a Colmenar de Oreja, otro planta vides de garnacha en San Martín, aquel emprende en el vigésimo piso de la cuarta torre, el que llegó por el Atlántico -donde hace siglos que desemboca el Manzanares- remoza una casa de malicia en el barrio de los Austrias. Aquí se logra o se malogra su invencible aspiración, pero marcharse no entra ya en los planes de ninguno.
Entre el azul de Velázquez y los adoquines de Carlos III discurre una metrópoli global que conserva alma de pueblo. El pueblo del motín fácil y el carnaval goyesco, del orgullo trágico de un mayo y de la indignación bufa de otro.
En Madrid es posible vivir como el lobo de Wall Street y también como un monje cisterciense. Aquí Heráclito no podría bañarse dos veces en el mismo río de coches incesantes, pero tampoco en el mismo regato de agua pura de la sierra. Aquí se abren gastrobares de tal sofisticación que los turistas mastican la cuenta confundiéndola con el postre, y aquí persisten tabernas que retienen los ecos de conjuras carlistas. Pero ni en la paz ni en la guerra, ni con rey ni con república, ni en dictadura ni en democracia se ha parado nunca el latido insobornablemente liberal del corazón de Madrid.
En un país cada vez más polarizado por el localismo identitario, la meseta se eleva para abrazar la identidad de la falta de identidad. El madrileñismo nunca será una unidad de destino en lo universal sino una fórmula privada de ser libre. Madrid no viene dado sino que se hace. Se desea. La irreverente piqueta jamás se detiene. Las viejas murallas cayeron a manos de una población inconformista y vital, menesterosa quizá pero esperanzada. No es posible confinar las ganas de vivir de los madrileños durante demasiado tiempo, y quien lo hace se expone a la represalia popular.
Fue Raúl del Pozo, madrileño de Cuenca, quien descubrió que salir de Madrid era un error. Adónde vas a ir, susurra tu conciencia a mitad de viaje, si Madrid es tu lugar en el mundo. Si verdaderamente el mundo cabe en Madrid.
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