El barrio de Argüelles es una esquina pequeñita de un vasto distrito de Madrid, el de Moncloa-Aravaca, pero es una esquina muy importante que va nada menos que de la Moncloa a la plaza de España y de la calle de la Princesa al paseo de Rosales. Además, es la única parte totalmente urbana de un distrito muy dominado por el campo -incluida su famosa Casa-, los chalets, los jardines, las urbanizaciones suburbanas... Y las calles de Argüelles tienen ya una sólida historia urbana, con vías como esta calle de Quintana, que cubre la bajada desde Princesa hasta la Rosaleda del Parque del Oeste, de la que ya daba detalles Pedro de Répide hace un siglo en su callejero madrileño, incluidos algunos edificios monumentales, y eso que su urbanización sólo se hizo a partir de la segunda mitad del siglo XIX.
Al cronista de la villa le gustaba esta breve calle con tan sólo cinco manzanas de casas: «Es una anchurosa vía, en la que abundan las viviendas aristocráticas. La principal de ellas, en el palacio que fue de Cerragería, y que adquirió para residencia suya la infanta doña Isabel Francisca, al dejar de vivir en el Palacio Real, con motivo de la mayoría de edad del rey don Alfonso XIII». Precisemos: Cerragería no es una falta de ortografía cometida por Répide, sino el apellido del primer propietario de ese palacete de finales del XIX, don José Manuel de Cerragería y Gallo de Alcántara, conde de Cerragería. Y esa infanta Isabel Francisca era la Chata para todos los madrileños, que vivió allí desde 1902. Popularmente era, claro, «el palacio de la Chata».
El edificio allí sigue, entre Tutor y Martín de los Heros, aunque desde 1941, tras la muerte en el exilio de Alfonso XIII, la familia real lo vendió al Ejército del Aire y ahí sigue, hoy como sede del Cuartel General del Mando Aéreo del Centro. En la manzana anterior, otro palacete que fuese de la infanta doña Eulalia acentúa el carácter militar de la calle: hoy lo ocupa la Delegación del Ministerio de Defensa en Madrid.
Pese a ser bastante moderno, el palacio de la Chata, hoy del Ejército del Aire, tenía un aire clásico español que complació mucho a Répide: «Es un hermoso y sólido edificio, con jardín interior, el cual no se halla limitado por una verja, según la moda francesa, sino por recia tapia, a la vieja manera española, que siempre nos ha parecido preferible para el tranquilo disfrute de los parques y evitación de las miradas indiscretas de los transeúntes». Para un uso militar también parece idóneo...
Toque político: la Fundación Pablo Iglesias, justo en la esquina de Princesa. Y una profusión de importantes despachos de abogados, arquitectos y demás profesionales.
Hay edificios nuevos junto a aquellos cuyo uso ha cambiado, llamando la atención que donde estuviese el conocido Garaje Quintana, hoy está el Campus de Argüelles de la Universidad Rey Juan Carlos. Y Quintana, en ese breve recorrido suyo, también tiene importancia sanitaria: entre Álvarez de Mendizábal y Martín de los Heros está el Centro de Especialidades Periférico Argüelles, que es un hospital de la Comunidad de Madrid.
Dos vecinos famosos fueron el pintor Francisco Padilla, que dirigió la Real Academia Española de Roma y también el Museo del Prado, y que falleció en 1921 en su palacete de Quintana, llegando ya a la Rosaleda, en la que vemos hoy un busto suyo. Y en el número 18 vivió desde 1960, y allí murió en 2006, el gran actor Ángel de Andrés.
Y, a todo esto, esta tan activa calle... ¿por qué lleva el nombre de Quintana? ¿Quién era o qué era Quintana? Ahí encontramos uno de los motivos del cariño de nuestro cronista de la villa: el madrileño Manuel José Quintana fue un gran liberal y un patriota, nacido en 1772, que estudió en Alcalá y Salamanca con profesores como Meléndez Valdés y Jovellanos. Recordaba Répide: «La regencia de Espartero le hizo ayo y profesor de Isabel II, y posteriormente, cuando en el bienio progresista volvió a gobernar el duque de la Victoria, fue el gran escritor de la libertad y de la patria, coronado públicamente por la reina, en el palacio del Senado, el 23 de marzo de 1855». Murió dos años más tarde y su entierro fue solemnísimo.
Mucha historia, cultura, arte, milicia, medicina, arquitectura en tan poco espacio: esa es la calle de Quintana. Pero no dejemos de mencionar su vivísima vida comercial moderna, y no tan moderna, porque hace ya años que lleva, casi en Princesa, El Pimiento Verde, que fue la segunda -y hoy reformada- de una pequeña cadena de ejemplares casas de comidas de raíces vascas (que además llegó a mantener algún tiempo una pionera sucursal de cocina mexicana al otro lado de Princesa, El Chile Verde, que este cronista aún echa de menos). Y hay más buenas mesas: los peruanos Pituca y La Morocha o el bar vasco Pintxolari. Una calle bien golosa.

