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Son un clásico imprescindible de la Nochevieja y del Año Nuevo de casi la totalidad de los españoles, por motivos evidentes. Los cuatro profesionales de Relojería Losada son los responsables de que, prácticamente, los 48.946.035 residentes en España -a excepción de los de una hora menos en Canarias- puedan despedir y comenzar cada año, bajo el ritual de esas 12 uvas engullidas al compás de las campanadas del reloj de la Puerta del Sol. Como manda la tradición. Para conjurarse contra la mala suerte. Al menos desde 1962, cuando se estrenó la emisión televisada desde el kilómetro cero. Y con una precisión temporal de 36 segundos -las campanas suenan cada tres-, que ya quisiéramos los españoles -canarios incluidos- gastar esa puntualidad para los 364 días restantes.
Supervivientes de un oficio preciado y único, pero sobre el que amenaza la extinción, Jesús López-Terradas, Pedro J. Ortiz, Juan López-Terradas y Santiago Ortiz, pares de hermanos, son los relojeros encargados del mantenimiento de la maquinaria que corona la Real Casa de Correos, desde que en 1996 ganaron el concurso público para su reanimación. Por ello, estos Cronos de antiguo son tan veteranos en las entrevistas con los medios que ya distinguen cuando son «por pasar el expediente o se lo han estudiado». De hecho, cuentan que puede ser la primera o segunda ocasión que un periodista pisa sus talleres de Alberto Bosch con interés más allá del 31 de diciembre. La ocasión lo merece: van a desmontar el reloj de la Puerta del Sol por primera vez en este siglo.
Madrid, su reloj, el reloj de España, se detendrá; Madrid se quedará sin su faro temporal, «durante 10 o 15 días, es difícil de prever», calcula Pedro J. Ortiz, fundador en 1981, junto a su socio Jesús López-Terradas, de esta casa especializada en reloj antiguo -también reparan los modernos-, donde lucen ejemplares de numeración romana y maderas nobles, en un plural de tictac continuo. Sin Juan López-Terradas presente, pues vive en Toledo -en Losada se ocupan además de los relojes monumentales de la catedral de Toledo y del pueblo de Ajofrín-, los tres, junto a Gustavo Pulido, recién incorporado al personal de 9 personas, se concentran hoy sobre sus escritorios, entre tornos, limas, pinzas o destornilladores.
Trabajan con los relojes propios fuera de sus muñecas y tienen la puntualidad «al segundo» como defecto profesional, cómo no, «incluso un poco maniática». El mismo Santiago, de 60 años, elige sus relojes según necesite más o menos exactitud hacia su destino. Aunque, para todos, los reyes del cotarro son los mecánicos: «Los que hay para darles cuerda. O los automáticos. A los digitales no los considero casi ni relojes», bromea este especialista en relojes de mesa y pared. Y coinciden de nuevo: «Es un honor y un placer mantener el reloj de Sol. Es eterno. Tiene 159 años y ahí está, como nuevo. Y lo que le queda, siempre y cuando se cuide».
La inusual operación quirúrgica será en marzo, según confirma la Comunidad de Madrid, con el día exacto aún por concretar, «dependiendo del momento oportuno». Treinta años después de que los cuatro de Losada desarmaran «para su restauración íntegra esta obra maestra de la relojería». La única vez desde que Isabel II inaugurase en 1866 la pieza que donó el relojero leonés José Rodríguez Losada, tras reunirse con las autoridades municipales de la época, para sustituir el Reloj de Gobernación, objeto de mofa entre el pueblo de entonces por su imprecisión.
«Lo haremos por partes, para que esté el mínimo tiempo parado. Al cabo de 30 años conviene revisarlo, antes de que pueda ocurrir alguna cosa. Es mejor tomar precauciones y limpiarlo», explica Pedro, de 66 años, que recuerda su debut en el oficio, a sus 15, en la relojería de sus tíos, en Latina. Y tranquiliza: «Pero no hay que hacer ninguna operación importante, porque para eso lo mantenemos durante el año. Simplemente es una limpieza. Hay sitios a los que no podemos llegar sin que sean desmontadas algunas piezas. Pero como cualquier máquina, hay que limpiarlo y ponerle aceite de nuevo».
Con una bancada horizontal de tres trenes, un trío de pesas y un péndulo, y fabricado en acero y latón, primero pondrán a punto su sector de las horas. Después, el sistema de cuartos, sobre el que tampoco alcanzan a delimitar el tiempo que le dedicarán. «Puede ser 10 días, 15 o un mes, depende de lo que nos encontremos cuando lo desmontemos. Aunque no esperamos sorpresas», insiste. Por último, será el turno del tren del movimiento, el del sistema horario, cuando, ahí sí, «habrá que parar el reloj». Un lapso que en sí mismo es noticia, porque, como subrayan quienes mejor la conocen, lo increíble es que «una máquina como la de la Puerta del Sol no haya estado ni un solo segundo parada desde hace 30 años». Un dato elocuente «en favor de su maquinaria y, por qué no decirlo, de los cuidados que ha recibido», recuerda. «Imagínate, ¿qué otra máquina puede haber estado durante 30 años funcionando ininterrumpidamente? Es bastante difícil de conseguir. Imagínate que un móvil durara hoy 30 años».
No cabe duda, pues, aunque la explicación sobre su labor sea concisa, de que no está al alcance de cualquiera ni serviría un manual de instrucciones. «Eso vale para un microondas, pero no para un reloj antiguo. Un encargado puede darle cuerda, tensión o cosas básicas, pero, si hay un problema, hace falta un profesional. Igual que llevas el coche al taller». Contando, además, con que son tesoros para los que ya no existen repuestos. «Los tienes que fabricar y que no sólo tengan la funcionalidad, sino la estética. Hay que hacer un estudio preliminar para ver qué es exactamente esa pieza, dónde y para qué funciona y con el mismo aspecto que la original. Es bastante complicado», ilustra sobre su día a día. De «habilidad manual, concentración y conocimiento del medio», con estudio previo de los relojes. «No es desmontar a lo loco. Manejamos obras de arte que ponen en nuestras manos y los criterios de restauración hay que tenerlos muy claros». Igual que quien lustra un lienzo en un museo.
Como bien muestra la pieza monumental del siglo XIX que atraviesa el local, fabricada en la calle Mesón de Paredes y para la que prevén 4 meses de faena. U otras del siglo XVII a 1980, en venta, o el reloj de bolsillo con cuatro máquinas bajo la esfera, que, durante la visita de GRAN MADRID, Jesús logra reparar. «Madre mía la guerra que ha dado», enseña el delicado repique este especialista en relojes pequeños. Octogenario ya, no quiere jubilarse: «Esto me encanta». Pues el ritmo de las manecillas corre por sus venas. «Mi bisabuelo fue relojero, mi abuelo, mi tío, mi hermano... Nací en una relojería». Y a los 22 años, inauguraron la suya, en honor justo al maestro Losada, el donante del reloj de Sol. «Ni una calle tiene en Madrid, con lo que fue», reclama.
Como él, aprendieron el oficio en infancias y adolescencias de trastear con maquinarias. «Después pasé por la única escuela de relojería que había en ese tiempo en Madrid, dirigida por don Antonio Albero. Es una persona a la que los relojeros le debemos muchísimo, porque ahí aprendimos las bases», cuenta Pedro. Cerrada en 1975, ya no existe un lugar igual.
Tampoco relevo generacional. «Desde entonces no ha habido ninguna preocupación de ningún estamento público para que esto tenga regeneración. Cuando desaparezcamos los que estamos hoy, pues se acabó», sentencia Pedro. Y añade Gustavo, autodidacta y de padre relojero: «Es un problema. No es fácil si no tienes una base buena o si no entras en un taller como antes. Las marcas lo acaparan todo hacia sus centros y la FP podría ser una vía, pero no se ha hecho bien con los oficios clásicos, ni relojeros ni ebanistería... Y son para mantener un patrimonio». Tanto en Madrid, en España, como en otros países o para su clientela famosa, de la que no pueden revelar nombres. Casi no dan abasto. «Tenemos clientes fieles, sobre todo ahora, porque por ley de vida los relojeros nos jubilamos, vamos desapareciendo y es un oficio que se acaba», reafirma Pedro. Entonces, el tiempo antiguo se detendrá para siempre.





