MADRID
Arquitectura

De Torres Blancas a la Corona de Espinas, ruta por el Madrid más 'brutal': "Los arquitectos arriesgaron mucho, quisieron borrar la pesadilla de la España rancia y modernizarla"

La oscarizada 'The Brutalist' ha puesto de moda un estilo de construcción que cuenta en la capital con uno de los mayores patrimonios del planeta

Fachada principal de la Corona de Espinas, en la Universidad Complutense.
Fachada principal de la Corona de Espinas, en la Universidad Complutense.REPORTAJE FOTOGRÁFICO: ALFREDO MERINO
Actualizado

El éxito cosechado por la película The Brutalist en la última edición de los Oscar, merecedora de tres estatuillas doradas, ha puesto de moda estas construcciones rudas, severas y rompedoras. Madrid tiene la fortuna de ser una de las ciudades del mundo con mayor número de unos edificios que son amados y denostados con idéntica pasión.

Caracterizado por una estética radicalmente minimalista, de formas elementales y ausencia de adornos, el brutalismo apareció en Europa en los años 50 en el Reino Unido, desde donde se extendió por todo el mundo. La necesidad de una rápida reconstrucción de las ciudades finalizada la Segunda Guerra Mundial, con edificios asequibles y duraderos, incentivó su difusión.

El hormigón desnudo es el carnet de identidad de este estilo, de formas simples, carentes de recubrimiento ni ornamentos y con tonos monocromáticos apagados. Aunque conviene señalar que no todos los edificios brutalistas utilizan el hormigón; otros emplean diversos materiales, como el ladrillo. De igual manera, algunas construcciones que lucen hormigón en sus fachadas no son consideradas brutalistas en sentido estricto. El origen del nombre aparece en Francia, donde el hormigón crudo se denomina béton brute y al movimiento art brut, arte crudo. En España la traducción del término se asoció a bruto y de ahí al brutalismo. El crudo original pasó a entenderse como tosco, rudo, bestial incluso.

El énfasis hacia elementos estructurales simples. la búsqueda de funcionalidad y la renuncia de elementos decorativos, dota a los edificios brutalistas de una apariencia austera y rotunda. Arquitectura sencilla y desnuda de condimentos, elementalidad brutal que hace a muchos denostar este estilo y acusarlo de frío y opresivo, carente de cualquier atractivo. Sus incondicionales, por el contrario, consideran que incentiva la proporción, el espacio y la luz, conceptos abstractos de lo que es bello. «Desde su aparición, la arquitectura siempre ha utilizado la decoración y los adornos, el brutalismo rompe con ello y propugna la belleza austera. Una concepción señalada en 1910 por el arquitecto austriaco Adolf Loos en su ensayo Ornamento y crimen, en el que enfatiza la eliminación del ornamento en los objetos útiles», explica Pablo Olalquiaga, vicedecano del colegio oficial de arquitectos de Madrid (COAM).

Alto coste

La ausencia de adornos y la simplicidad de formas hace pensar erróneamente que el brutalismo es un estilo económico. «El sistema constructivo del brutalismo es por lo general caro. No hay más que ver los encofrados que hubo que construir en edificios como Torres Blancas y la Corona de Espinas. Por lo general, son obras tecnológicas complejas y esto es costoso», explica Olalquiaga para GRAN MADRID.

Terrazas del edificio Princesa.
Terrazas del edificio Princesa.

El impacto y sorpresa que provoca el brutalismo le han acarreado severas críticas calificándolo como «una bofetada de mal gusto construida para las clases sociales poderosas» y «restos de una civilización alienígena extinguida». Sus partidarios las contradicen. Félix Candela, uno de los autores de la parroquia de Nuestra Señora de Guadalupe, consideraba que estas construcciones son «muy bellas y claman un anhelo subconsciente del género humano».

En Madrid los primeros edificios aparecieron en los años 50. La rotundidad de sus volúmenes y la piel áspera del hormigón sedujeron a la capital, que abrió sus brazos al brutalismo. Los arquitectos oficiaron de sumos sacerdotes de este estilo macizo y desnudo. Al tiempo, anhelaban otra cosa con su trabajo.

«Se arriesgaron mucho. Quisieron lograr una internacionalización del país, borrar la pesadilla de la España rancia y modernizarla, para llevar al mundo una visión diferente. La arquitectura se situó en la vanguardia, pero siempre desde una posición de sumo respeto», explica el catedrático Manuel Blanco, director de la Escuela Técnica Superior de Arquitectura de Madrid.

Aquella revolución hizo brotar torres, edificios de oficinas, bloques de viviendas, sedes de empresas, organismos e instituciones y, sobre todo, iglesias; más de 40 se erigieron.

Admite Blanco una distinción del brutalismo madrileño que, a partir de su severidad inmanente, desarrolla un estilo refinado. «Es más sofisticado e inteligente, no es la masa por la pura masa, sino algo mucho más sofisticado y sutil, que se inserta a la perfección en el tejido urbano».

Mientras los preceptos de la arquitectura actual caminan hacia la sostenibilidad, el reaprovechamiento y la reducción del gasto, The Brutalist hace mirar a la sociedad hacia la ruda arquitectura de la desmesura. Al tiempo, se ha resucitado la vieja controversia. Para unos, el brutalismo es el peor de los feísmos, para otros la sublimación de la perfección arquitectónica. Unos terceros emprenderán peregrinaje arquitectónico para atisbar los magníficos ejemplos presentes en el patrimonio madrileño. El resto se conformará con clavarse delante de la pantalla para ver la película de Adrien Brody.

Décadas después de su construcción, algunos edificios brutalistas se han convertido en mito y sus formas pertenecen al olimpo de la arquitectura. Recorremos un puñado de los más emblemáticos.

Torres Blancas

Torres Blancas, en Avenida de América.
Torres Blancas, en Avenida de América.

El nombre del edificio bandera del brutalismo madrileño no responde a lo que es y sí a lo que pudo haber sido. Erigido entre 1964 y 1968 bajo diseño de Francisco Javier Sáenz de Oiza, los elevados costes de su complicada construcción redujeron las intenciones del proyecto original. Las dos torres originales se redujeron a una. El color inmaculado que recubriría sus fachadas quedó sin pintar.

Construida con una sucesión de estructuras cilíndricas, donde se instalan balcones con jardines en altura, la remata un enorme racimo de formas cilíndricas, componiendo la forma de un árbol.

Iglesia de Nuestra Señora del Rosario de Filipinas

Iglesia de Nuestra Señora del Rosario de Filipinas, en Conde de Peñalver.
Iglesia de Nuestra Señora del Rosario de Filipinas, en Conde de Peñalver.

La impresión dura 55 años. Desde que en 1970 los edificios vecinos de Conde de Peñalver 40 vieron lo que Cecilio Sánchez-Robles Tarín había levantado, continúan atribulados. Disminuido su tamaño ante las dimensiones del brutal edificio, comparadas las exiguas dimensiones de sus balcones con la amplitud de aquellos voladizos, eclipsadas sus fachadas burguesas ante los exagerados volúmenes, estas casas continúan apocadas ante su vecina a pesar del tiempo transcurrido.

La inauguración de la iglesia de los dominicos fue una explosión de desmesura desnuda que causó estupor en el conservador barrio de Salamanca. Una mínima encuesta a pie de calle entre los vecinos, todos añosos es cierto, desvela que las ampollas no han sanado. A las 12 empieza la misa diaria. La treintena de feligreses que sigue devota la ceremonia se pierde en la bancada varada en el interior casi infinito del templo. Detrás del altar, una pared de hormigón desnudo. En el centro, un Cristo clavado a una cruz flaca como un palillo. Lo ilumina un potente haz de luz que entra por una claraboya de la techumbre. «Es un mamotreto infumable», señala uno de los parroquianos a la salida del templo. «¡No digas eso Fernando!, que es la Casa de Dios», le afea su esposa.

Torre de Valencia

La esbelta Torre de Valencia, en Retiro.
La esbelta Torre de Valencia, en Retiro.

Solo las torres gemelas de la Plaza de Colón han levantado una controversia similar en la historia reciente de la arquitectura madrileña. Erigida sobre una de las esquinas del Parque del Retiro, los 94 metros del rascacielos diseñado por Javier Carvajal rompieron para siempre el skyline del centro de Madrid, hoy Paisaje de la Luz reconocido por la Unesco.

El vigésimo edificio más alto de la capital se construyó entre 1970 y 1973, siendo alcalde Carlos Arias Navarro, periodo en el que más ha sufrido el patrimonio arquitectónico madrileño. Sus descomunales proporciones fueron calificadas como una puñalada a una de las mejores perspectivas de la capital, la que se obtiene desde la confluencia de Alcalá y Gran Vía, con la Cibeles en primer lugar y la Puerta de Alcalá a continuación. La controversia desbordó las fronteras españolas y obligó a paralizar las obras, hasta que, a la habitual manera artera, las obras se reanudaron aprovechando las vacaciones veraniegas.

Edificio IBM

Edificio IBM, en el Paseo de la Castellana.
Edificio IBM, en el Paseo de la Castellana.

Fue construido a finales de los 60, en un periodo en el que la citada permisividad del Ayuntamiento de Madrid permitió la demolición de numerosos edificios históricos. La compañía IBM encargó el edificio a Miguel Fisac, el arquitecto que más construcciones brutalistas ha dejado en la urbe. El encargo incluía una protección de su interior frente al elevado calor y la fuerte luminosidad de las ardientes tardes madrileñas. Fisac diseñó un entramado de paños de hormigón contrapeados que es seña de identidad del edificio.

Edificio Montesquinza

Patio interior del edificio Montesquinza. En el número 41 de la calle con el mismo nombre, esquina Marqués de Riscal.
Patio interior del edificio Montesquinza. En el número 41 de la calle con el mismo nombre, esquina Marqués de Riscal.

Ha convertido la esquina donde se alza en una de las más exquisitas de Madrid. Su arquitecto, Javier Carvajal, no tuvo con este edificio de viviendas los problemas que le planteó la Torre de Valencia. Concluido en 1968 en la esquina de Montesquinza con Marqués de Riscal, su singular forma en L, lograda por dos volúmenes verticales, aloja un patio interior para completar la obra.

Facultad de Ciencias de la Información

Facultad de Ciencias de la Información, en la Complutense.
Facultad de Ciencias de la Información, en la Complutense.

Cuando comenzó a levantarse, en 1972, fue un edificio que rompió con el entorno del campus universitario madrileño. Bajo proyecto de José María Laguna Martínez y Juan Castañón, la laboriosa ejecución paralizó un tiempo las obras. La facultad impartió docencia varios años solo en la mitad del edificio. La segunda fase concluyó en 1979.

Parroquia de Nuestra Señora de Guadalupe

La iglesia de Nuestra Señora de Guadalupe (o el 'Sombrero mexicano'), en Chamartín.
La iglesia de Nuestra Señora de Guadalupe (o el 'Sombrero mexicano'), en Chamartín.

Esta iglesia muestra una de las siluetas más insólitas de los edificios brutalistas capitalinos. Su presencia impresiona. Y su sobrenombre lo explica: el Sombrero mexicano. Obra de enorme complejidad técnica, precisó del concurso de los arquitectos Enrique de la Mora y José Ramón Azpiazu, y de los ingenieros José Antonio Torroja y Félix Candela. Construida entre 1961 y 1967 su vanguardismo extremo continúa llamando la atención seis décadas después para cualquier paseante o conductor que la observa.

La Corona de Espinas

Fachada principal de la Corona de Espinas, en la Universidad Complutense.
Fachada principal de la Corona de Espinas, en la Universidad Complutense.

El edificio que más sorprende en la Universidad Complutense fue proyectado por Fernando Higueras y Antonio Miró en 1967. Actual sede de del Instituto del Patrimonio Cultural de España, se declaró Bien de Interés Cultural en 2001. Poco después de su conclusión fue clausurado por los elevados costes de su mantenimiento. Edificio circular con un espectacular patio central, el nombre con el que se le conoce se debe a su forma circular y a los afilados pináculos que sobresalen de la terraza.

Otros edificios brutalistas

Edificio Princesa, sede del sindicato UGT, edificio Los Cubos, Centro Formación Profesional Santamarta, Facultad de Ciencias Geológicas, sede del Tribunal Constitucional, La Pirámide, antigua embajada británica, iglesia de Santa Ana y la Esperanza, Ministerio de Economía, Centro de Estudios Hidrológicos.

No puede omitir esta lista la ausencia del edificio más sorprendente y magnífico del estilo brutalista madrileño. Obra de Miguel Fisac de 1967, La Pagoda fue sede de los laboratorios JORBA. La denominación popular obedecía a su singular estructura, en la que cada una de las plantas presentaba un giro horizontal de 45º respecto a la anterior. Una superficie curvada de hormigón las unía entre sí, dándole el aspecto de aquellas construcciones orientales.

El edificio Beatriz, en Ortega y Gasset.
El edificio Beatriz, en Ortega y Gasset.

La especulación del terreno de la década de los 90, unida a la dejadez del Ayuntamiento de Madrid, siendo alcalde José María Álvarez del Manzano, que impidió que el edificio fuese incluido en el catálogo de edificios protegidos, permitió su demolición en 1999. El acto ha sido catalogado como terrorismo cultural y arquitectónico.

Historias muy brutalistas

Son tantas las anécdotas que atesoran estos edificios, que darían para escribir un volumen. Por seguir un orden cronológico, nos remontamos a 1968. Aquel año, el arquitecto Javier Carvajal Ferrer concluyó el edificio de viviendas de Montesquinza 41.

La mayor curiosidad de este edificio fue su sorprendente clarividencia: el diseño incluyó 17 plazas de garaje subterráneas, la mitad que el número de viviendas. En aquel momento, Madrid estaba apaciguada de coches, en las calles vacías se podía aparcar en cualquier sitio. Nadie imaginaba, excepto Carvajal, lo que iba a venir a la capital pocos años más tarde. El caso es que ningún propietario mostró el menor interés por las plazas que, finalmente, se sortearon.

Tiempo después, en 1993, Pedro Almodóvar utilizó el edificio como escenario de una de las escenas de su película Kika.

El 21 de febrero de 1980 la Corona de Espinas saltó a la primera página de todos los periódicos. El costoso mantenimiento de este edificio sito en la Ciudad Universitaria hizo que se mantuviese cerrado y abandonado desde poco después de su inauguración. Aprovechándose de ello y de la absoluta ausencia de vigilancia, a pesar de su vecindad con el Palacio de la Moncloa, ETA Político Militar disparó desde la terraza del edificio un lanzagranadas contra la residencia del presidente del Gobierno, entonces Adolfo Suárez. Hubo suerte y la impericia de los terroristas hizo que la explosión solo causara leves destrozos en los jardines.

Madrid desde Torres Blancas, la pintura de Antonio López.
Madrid desde Torres Blancas, la pintura de Antonio López.

Dos años más tarde, en la otra punta de Madrid el pintor Antonio López ponía fin a una particular peregrinación que había emprendido en 1976. Fue cuando concluyó Madrid desde Torres Blancas, una de sus obras más reconocidas, que copió desde una de las terrazas del edificio. En 2008, la pintura fue subastada en Christie's alcanzando la cifra de 1,74 millones de euros, convirtiendo a su autor en el pintor español vivo más cotizado.

Tanto gustó el edificio a su arquitecto, Francisco Javier Sáenz de Oiza, que se quedó a vivir en ella toda su vida hasta que falleció.

El año 1986 Torres Blancas vio trepar por su fachada norte al reconocido escalador alemán Stephan Glowacz. Vino a Madrid para batir el récord del mundo de escalada urbana, al subir durante una jornada por el exterior de siete edificios consecutivos, entre ellos dos de estilo brutalista.