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Cuenta Javier G. Yagüe, director y fundador de la mítica Sala Teatro Cuarta Pared, que casi no se percataron de que cumplían los 40 años hasta que el aniversario se les echó encima. «Porque siempre trabajamos muy para el día siguiente y para adelante, a largo plazo». De hecho, el Tríptico de la Vida, las tres piezas únicas que andan estrenando para la ocasión, las pusieron en marcha hace dos años. Siempre a futuro. La marca de la casa desde que inauguraron, en 1985, aquella especie de salón de unos 25 metros cuadrados para 20 personas, ubicado entonces en Lavapiés. Aquel rasgo tan de porvenir les distinguió ya en plena Movida madrileña como pioneros y, cuatro décadas después, es lo que continúa singularizándoles.
«Afortunadamente, que sigamos después de tanto tiempo, quiere decir que hemos ido sabiendo leer lo que la sociedad necesitaba en cada momento», reflexiona sobre otro rasgo de cuño quien, como veinteañero inquieto, se atrevió a levantar un teatro inédito. Fue en aquella España efervescente y optimista pero con sus rémoras aún, junto a 13 compañeros «indecisos con sus vidas, en unos primeros años muy complicados», de entre quienes ya sólo continúan sobre estas tablas Asunción Rivero, actriz y directora, y el mismo Yagüe, con 64 años. Surfeando las mareas como sala alternativa e, insistimos, alumbrando la senda de las artes escénicas de Madrid, también del país. «Empezamos muy jovencitos, donde no había un espacio como tal con escenario y butacas, sino que eran 20 sillas que se colocaban de diferentes maneras. Investigábamos sobre la cercanía, las distintas relaciones con el espectador, y aquello fue muy novedoso, porque no existía nada parecido», rememora.
Resquebrajaron esa cuarta pared, que imponía distancia entre el público y lo representado. La suya era de apenas un metro. «Cuando acudíamos a los periódicos, nos decían: 'Vosotros no podéis anunciaros porque no sois un teatro'». Qué sacudida para los puristas y la naftalina. «El ambiente era muy diferente al de ahora. En general, era un teatro bastante antiguo que estaba muy teñido de lo que se hacía en el Franquismo, un teatro comercial muy parecido al vodevil, el repertorio de los clásicos, pero no hablaba de lo que sucedía alrededor de la gente, de sus problemas, de lo que estaban viviendo». Una ambición que, de hecho, se encierra en el reciente Tríptico, con tres invitadas canteranas, Aldara Molero, Aitana Sar y Raquel Alarcón, que tratan de responder aún hoy -hasta el 26 de abril- la brújula con la que irrumpieron en los 80: «¿Puede contar el teatro la vida en toda su complejidad?». Nada menos.
Calaron tanto aquellas maneras de experimento, siendo también escuela tras la maestría pedagógica del argentino exiliado Ángel Ruggiero, que en 1992 se vieron obligados a mudarse al local actual, en la calle Ercilla, 17. Revolucionaron el canon teatral y dancístico, con su compañía propia, y abrazando a la nueva fauna creativa: «Un 30% de la programación era nuestra y el resto, de compañías invitadas». Propiciando, además, el boom de espacios off que ansiaban renovar la escena: Triángulo, Cambaleo, Pradillo -la única también en pie-, El Canto de La Cabra, Ensayo 100... Aunque, de nuevo, fue en la Cuarta Pared donde se «rompió el techo de cristal» de las alternativas: «Me quedo con el recuerdo de lo que sucedió con la primera parte de la Trilogía de la juventud. Cuando vimos que venía la gente joven habitual, con sus crestas rojas punk, y a su lado una persona mayor, el abuelo, que había sido llevado por ellos».
Y hasta ahora. Ya institución. Con premios Max, por montajes como la laureada Las manos (Trilogía de la juventud, I), en 2002; con el Premio Nacional de Teatro en 2020, que fue «una inyección de moral y de apoyo» con el teatro en plena fragilidad ante el terremoto del Covid; con un equipo de 40 personas, más de 1.000 alumnos -«una barbaridad»- y cerca de 25.500 espectadores al año... «Hay gente que estudió teatro con nosotros hace 20 años y que ahora trae a sus hijos aquí. O padres y abuelos que traen a sus hijos a las clases de teatro y se apuntan a los grupos para más mayores. Hay una pequeña comunidad creada alrededor de Cuarta Pared de la que estamos muy orgullosos».
Aunque no es tan reducida y, sobre todo, es relevante. En el archivo fotográfico de EL MUNDO se puede hallar a un Juan Diego Botto veinteañero; a Blanca Portillo presentando obra propia; a Angélica Liddell caracteriza de su Alicia en el País de las Maravillas... Lo confirma Yagüe: «Quizá está mal que yo lo diga, pero por aquí pasó todo aquel que tiene algo que decir en el teatro contemporáneo actual». Una lista rápida, desde lo oficial a los perros verdes: Eduardo Vasco (Teatro Español), Laila Ripoll (CNTC), Alfredo Sanzol (CDN), Juan Mayorga (La Abadía), María Velasco (Premio Nacional de Literatura Dramática), Julián Fuentes (Premio Max), Rodrigo García, Animalario o los nacionales de Danza, como Carmen Werner, Luz Arcas, La Ribot, Daniel Abreu, Sol Picó... «Muchos de ellos siguen estrenando aquí cuando quieren hacer experiencias muy personales».
Porque Cuarta Pared siempre ha sido la precursora de la valentía. «Éramos más jóvenes, más inconscientes y nadie nos había dicho lo que se podía o no hacer». Y sirva de recado para quienes siempre se quejan de la dictadura bienpensante y woke y de que antes había más libertad: «Yo ya paso los 60 y para mí no es fácil descubrir cosas, pero sigue siendo muy difícil hacer un teatro de riesgo, que no recorre los caminos consabidos y abrirse camino», afirma. Antes y hoy. «Se siguen haciendo cosas muy interesantes». Ellos mismos criban entre 200 propuestas para presentar una temporada de 10-15, la garantía de calidad para el público. Como quien acudía a los cines Alphaville porque sabía que lo exhibido allí merecía la pena, compara Yagüe, que nunca se imaginó como gerente de un teatro. «Lo que pasa es que lo que no forma parte de la corriente establecida tardará en reconocerse unos cuantos años. Pero para eso ya estamos nosotros».
No obstante, la encomienda continúa siendo ardua. «Uno soñaba que, después de tanto tiempo, ya tendría las cosas más resueltas y que no sería tan complicada la subsistencia. Nuestro objetivo es abrir al día siguiente», reconoce sobre esa lucha de Sísifo. «Es muy complicado mantener a 40 personas. Para una sala como la nuestra, que tiene ayudas públicas, pero que oscilan entre un 25-30% del presupuesto, hay una gran parte que generamos nosotros». Aunque, sin duda, la época del Covid fue «la más dura», en comparación incluso a la de los 90, cuando la legislación municipal, más restrictiva a causa del incendio de la sala de fiestas Alcalá 20, amenazó con el cierre de los locales off. «Somos gente de teatro, no somos un negocio», proclama. «Muy resilientes y vocacionales, nos mantenemos a pesar de las dificultades».
Sobre todo, porque de Cuarta Pared depende también la cantera, ante esa «escena muy confusa de hoy en Madrid y en España», describe Yagüe. Con tantos espacios de pequeño formato, sin el espíritu alternativo, y con la convivencia de montajes profesionales con los de aficionados. «Hay mucha creatividad, pero es muy difícil separar el grano de la paja». Frente a ello, la identidad única y diferenciada es también su alquimia para los 40 años. «No nos interesa un teatro efímero que resbala por los ojos en cuanto sales. Queremos que impacte, tener una relación de cercanía con el público, aprovechar ese encuentro in situ entre actor y espectador». De ahí, su huella trascendental. Y puedan plantearse ya el relevo generacional -«pienso en la jubilación»- y ampliarse a centro de creación, «ser generadora de proyectos». Abran paso, ahí van, de nuevo, los pioneros.





