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Concentrados en los pasillos que conectan con el parking y en las zonas de fumadores al aire libre, un puñado de mochilas, mantas enrolladas y cuerpos encogidos aguardan la madrugada en el aeropuerto de Barajas. Porque, desde el miércoles, ya no lo hacen dentro.
El nuevo control de accesos instaurado por Aena impide el paso a todo aquel que no presente una tarjeta de embarque o una acreditación laboral. Y más allá de aquellos sintecho que lograron permanecer en las terminales antes del cierre, los demás tuvieron que vérselas con los guardias de seguridad, que les cerraban el paso, exigiéndoles un billete que no tenían.
Mientras se ponía en marcha la medida por primera vez, en una sala del aeropuerto se reunían directivos de Aena y responsables de la empresa de seguridad para seguir en tiempo real los primeros instantes del control de accesos. En ese gabinete de crisis, fueron observando a través de las cámaras de seguridad cómo se desarrollaban las restricciones. "Esto ha funcionado", llegó a decir con satisfacción uno de los ejecutivos de Aena.
Tal y como confirman a GRAN MADRID fuentes sindicales de UGT, el pasado miércoles pasaron la noche en las instalaciones aeroportuarias cerca de 170 personas sin hogar, mientras que la seguridad impidió el acceso de otras 150.
Steven fue uno de ellos. Lleva dos años en España. Tiene 37. Nació en Perú y todavía no ha conseguido la nacionalidad. Vive a caballo entre los rincones del corazón de la capital que le permiten resguardarse del frío y la primera planta de la T4, en la que había encontrado un lugar para dormir desde hace una semana.
Era su refugio. Con su rincón establecido en el que podía descansar, asearse y pasar las horas con la esperanza de que saliera algún reparto o algún trabajo eventual, de esos que duran tres días o una sola tarde.
Llegó en la noche del miércoles como siempre. Cruzó el parking, subió la rampa y trató de acceder por la entrada del primer piso. Pero, esta vez, no le dejaron pasar. «Me pidieron el billete y me dijeron que me fuera por donde había venido», confiesa. «Yo solo quería descansar, pero como ya no podemos entrar, dormimos en la puerta».
Ahora descansa al raso, junto a una decena de cuerpos encogidos que se preguntan en voz baja qué van a hacer a partir de ahora. Steven se asea como puede. Usa los baños exteriores y sale con el pelo mojado y una toalla al cuello. Se sienta en el bordillo y calcula los puntos donde aún puede cargar el teléfono: «Han desactivado todos los enchufes, hasta los de fuera. Nos peleamos por el único que todavía funciona».
Lleva todo este tiempo buscando su sitio, entre albergues y puertas que se abren una noche y se cierran al día siguiente. Ha trabajado repartiendo paquetes, haciendo mudanzas. En lo que salga. «Solo pedimos una alternativa digna», cuenta. «Nos hablan de albergues, pero ya he estado ahí y son sitios muy inseguros. En uno de ellos me robaron casi todo lo que tenía», dice señalando la mochila donde guarda toda su vida... «y claro... ¿a quién le reclamas?».
Su familia está en Perú y, cada vez que logra hablar con ellos, le repiten lo mismo: «que no vuelva, que allí las cosas están peor» y que, al menos, en Madrid hay algo. Aunque sea una noche más a la intemperie.
«En el tiempo que he estado aquí he visto de todo: droga, sexo en los baños, robos. Pero yo no vengo a eso». Aun dentro de la marginalidad, Steven traza sus límites. Habla con desprecio de los que, asegura, han echado todo a perder.
«Estando bien de salud, ¿por qué no se buscan algo mejor que las drogas y las peleas? Estás en España, hay posibilidades de buscar algo mejor, pero ni siquiera lo intentan». Él sí. Aunque lo cierto es que esta noche tendrá que volver a descansar fuera, igual que ayer. Igual que el miércoles.
En la zona exterior de fumadores de la primera planta otros seis sintecho como él se hacen un hueco en los únicos bancos que todavía quedan en pie. Las encargadas de la limpieza aseguran que las personas sin hogar «se conocen el aeropuerto mejor que los trabajadores» y, pese a todo, siempre encuentran algún truco para entrar. Algunas de las puertas automáticas, confiesan, han sido forzadas. Se conforman, al menos, con que la llegada de los controles no haya dejado ningún incidente que lamentar, más allá de algún enfado suelto, alguna súplica en voz baja o una queja lanzada al aire con más resignación que rabia.
Solo cuerpos quietos, mantas extendidas y mochilas alineadas a las puertas de las terminales. Steven recoge la suya: «Tendré que buscarme la vida. Como siempre».


