Por las venas de Ricardo García de la Fuente corre miel de La Alcarria. Nacido en 1950 en Peñalver, un pueblo de Guadalajara donde ser mielero es casi una identidad genética, Ricardo creció entre colmenas, romanas y barriles, como tantos otros vecinos de la localidad. "Allí mucha gente se dedica a la apicultura", afirma. Las mieles de romero y espliego aromatizan Peñalver, cuyo monumento al mielero deja constancia de la importancia de este oficio en la localidad. Hoy, ese mundo pervive en la memoria de sus cuadros, muchos de ellos dedicados al oficio y a los paisajes de su tierra natal.
Pero vayamos por pasos. Antes de ser pintor, García de la Fuente dejó Peñalver con 15 años y se trasladó a Madrid con sus tres hermanos mayores para vender miel por las casas. "Somos cinco hermanos, cuatro chicos y una chica, que también vino a Madrid cuando se casó". Carabanchel, Ventas o el centro de la capital se convirtieron en los territorios en los que, puerta por puerta, ofrecía su producto ataviado con la vestimenta típica de los mieleros: blusa negra o gris, boina y una alforja. "Dentro llevábamos una romana para pesar la miel, y cada dos o tres meses íbamos a por más al pueblo", recuerda. Al llegar a Madrid se instaló en una pensión de la calle del Ángel, en La Latina, hasta que sus padres se trasladaron también a Madrid y compraron un piso en Vallecas, donde Ricardo pasó su juventud hasta que se casó con Chelo en 1980 y ambos se fueron a vivir a Coslada. Después tendrían a su hijo Rubén, que heredó la pasión del padre por la pintura.
Porque Ricardo, aunque se ganaba la vida vendiendo miel, tenía en realidad otro anhelo: el del arte. Desde niño dibujaba, y ya en Madrid se inscribió, aconsejado por amigos y familiares, en la Escuela de Artes y Oficios de la calle de la Palma. Allí conoció a Antonio Zarco, catedrático de pintura, que lo tomó como ayudante, y a partir de entonces Ricardo dejó de vender miel por las calles de Madrid. Ya en los 70 empezó a trabajar en el estudio de pintor Eduardo Sanz, con quien permaneció hasta la muerte de Sanz en 2013.
Pero el vínculo con la miel nunca se diluyó. Más bien se transmutó en materia artística, ya que el eje temático de su obra son los mares, pero también los pueblos de la Alcarria y sus colmenas. Varias de sus pinturas y esculturas remiten explícitamente a la apicultura. "Muchas veces he ido al pueblo a pintar las colmenas al natural", reconoce.
Con el tiempo, también nació en él la afición por hacer bastones. Tiene ya 82 en su católogo, y como anécdota explica que empezó a confeccionarlos para defenderse de los perros que andaban sueltos por Peñalver. "Ahora, cada día que salgo a pasear cojo uno diferente, por comodidad a la hora de caminar", dice mientras muestra orgulloso uno con forma de pájaro hecho de una sola pieza, o el que es un busto de sí mismo. Todos están tallados a mano, con paciencia y mimo.
En su casa de Coslada conviven cuadros, esculturas y bastones, y es en el trastero donde encuentra su refugio si se cansa de pintar. "Cuando se está secando la pintura me bajo y me lío a tallar palos con las gubias", confiesa.
Pero su legado no termina ahí. Su hijo Rubén, también pintor, ha seguido la senda del arte, aunque no sin tropiezos. El pasado mes de abril, una exposición de contenido sexual explícito fue cancelada en el último momento por el Ayuntamiento de Coslada. "Le ofrecieron ponerla en otra sala, pero lo rechazó porque les había mandado fotos de los cuadros y les había parecido bien", explica su padre, que muestra orgulloso un retrato que le hizo Rubén y que preside el salón.
Entre mares y colmenas, pinceles y bastones, este pintor de La Alcarria, cosladeño de corazón, mantiene muy vivo el vínculo con Peñalver, donde cada año se celebra un peculiar homenaje: el premio Su peso en miel de la Alcarria, que se otorga a personalidades destacadas. Inauguró la lista Camilo José Cela, y después vinieron otros como Vicente del Bosque, Ángel Nieto o recientemente Joaquín Prat junior. El propio Ricardo tiene en la puerta de la casa del pueblo el relieve escultórico de un mielero, como reconocimiento a un origen que lleva tatuado en su biografía.

