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Son las seis de la tarde de un miércoles cualquiera cuando aparece Luis -nombre ficticio- cargado con varias bolsas. Este periódico se cita con un vendedor de presuntos puros habanos auténticos bajo el pretexto de querer comprar algunos de estos exclusivos productos para la celebración de una boda. El encuentro es rápido, casi clandestino, en un coche aparcado en una calle poco transitada. El vendedor abre la puerta se sienta con naturalidad y sonríe: "Siento quedar así, pero este es un tema delicado; al final los puros tienen que comprarse en un estanco". Conoce a la perfección la ilegalidad de la práctica que va a realizar.
Luis quiere parecer cercano. Desde el primer minuto intenta que este diario crea que el producto que está a punto de ver es totalmente original. "Los puros son 100% habanos, pero los vendo más baratos porque me los sacan directamente de fábrica", asegura mientras saca un mazo envuelto en un plástico pobre, muy lejos de la presentación elegante que tendría un Cohiba Robusto adquirido en un estanco: caja de madera, sello oficial de garantía y el distintivo fabricado por la Casa de Moneda y Timbre para la venta en nuestro país.
La diferencia de precio es brutal. Un Cohiba Robusto original se paga en España a 84,80 euros la unidad. Luis los ofrece a 6,6 euros. El mazo de 25 unidades cuesta en el mercado legal 2.120 euros; Luis lo vende por 165. No hay manera de justificarlo. El precio de los habanos no se negocia, viene fijado por Habanos S.A., la empresa estatal cubana encargada de su fabricación, producción y venta y y está publicado en el Boletín Oficial del Estado (BOE).
Cuando se le pregunta por la disparidad de precios, el vendedor entra al trapo y hace uso de uno de los relatos más advertidos en los foros tabaqueros de internet: "Los trabajadores que los sacan de la fábrica lo hacen de forma legal. Les dan cada cierto tiempo mazos de habanos como recompensa por su trabajo", dice. Pero, según los expertos en puros Lalo Bejarano y su hijo José (dueños del prestigioso estanco de la calle José del Hierro, 39) ambos con amplia experiencia en Cuba y con contactos en el sector, la historia es simplemente falsa. "En ocasiones les dan algún puro a los trabajadores, pero para consumo propio. Jamás podría abastecer un mercado paralelo, y, aun así, venderlos fuera de estancos oficiales es del todo ilegal", aclara Eulalio.
Lo cierto es que el precio del habano puede variar en un 15% o un 20% en función del país en el que se comercialice, pero eso únicamente depende de los matices de la presión fiscal de cada estado. "Encontrar chollos es un detonante de alarma de falsificación absoluto", dicen estos especialistas. Tampoco encaja la seguridad con la que Luis promete suministro ilimitado, incluso cuando este periódico solicita un lote de 200 unidades. La ley española impide cruzar la frontera con más de 50 puros, pero para él no parece un obstáculo. En realidad, es parte de la estrategia: hacer creer al cliente que está recibiendo un trato exclusivo, casi de confianza.
Para entender el fraude, hay que empezar por lo básico: no todo puro que sale de Cuba es un habano. Solo pueden llevar esa denominación los que utilizan tabaco cultivado en zonas muy concretas que reúnen las condiciones particulares de clima y suelo -generalmente en Vueltabajo y San Luis- y elaborados por torcedores expertos en un proceso 100% artesanal. Esa denominación de origen protegida es la que garantiza la autenticidad de un habano.
José, quien ha aprendido todo de su padre, explica el circuito de la falsificación: "Generalmente los puros que se venden como habanos originales, y no lo son, proceden de tabaqueras de República Dominicana, Nicaragua o de la propia Cuba, pero jamás de las zonas protegidas", advierte. El boom de las estafas está cada vez más vigente en el mercado. Desde que el público asiático comenzó a fumar habanos el precio se ha incrementado notablemente. La oferta es limitada, pero la demanda es abismalmente superior. "Para que la gente pueda hacerse una idea -dice José- por cada millón de puros que se fabrican, hay una demanda de ocho millones".
Ese desequilibrio dispara los precios y alimenta la idea del habano como símbolo de estatus. Lalo lo resume sin rodeos: "Hay gente que valora más tener la vitola de Cohiba que lo que realmente está fumando". Una puerta abierta al fraude perfecto: apariencia de lujo con contenido barato.
Riesgos sanitarios
Pero más allá del engaño económico de las falsificaciones, el mercado clandestino arrastra riesgos notables. Las falsificaciones no pasan controles sanitarios, no tienen trazabilidad y muchas veces están fabricados con tabaco de baja calidad, humedecido o manipulado. Su compra alimenta redes de contrabando y favorece delitos fiscales. Un negocio que mueve millones en la sombra. Reconocer un falso habano no siempre es tarea fácil. Las imitaciones cada vez son visiblemente más perfectas. Aunque algunos sí muestran diferencias evidentes: la falta de brillo en la capa, el prensado desigual, la ausencia de relieve en la anilla, o incluso interior de tabaco picado o de tonos verdosos son un indicador claro de que no se trata de un original.
"El problema es que en la falsificación del puro no hay datos oficiales", dice Lalo. Esta desprotección institucional deja totalmente abandonado al comprador inexperto, al vendedor legítimo y al propio Estado, quien sufre pérdidas millonarias por el movimiento de esta economía sumergida que por supuesto no tributa. En España, el mercado negro de falsificación de habanos es un negocio enormemente lucrativo. No sólo por los márgenes de beneficio, sino porque se alimenta del deseo humano más básico: sentirse privilegiado, acceder a algo exclusivo de una manera económica. Ese es el truco, y mientras haya quien lo crea, el mercado de la imitación seguirá creciendo sin límite alguno. Para tratar de evitarlo, el fabricante (Habanos S.A.) introduce cada vez más distintivos de originalidad: unos números de serie ocultos en la vitola legibles con luz ultravioleta o códigos escaneables que derivan a la página oficial son sólo algunos de sus trucos.
Se trata de la puerta de entrada a un entramado que opera al margen de la ley, de la fiscalidad y de la salud pública. Y que sigue creciendo, impulsado por una maquinaria de persuasión diseñada para que el cliente crea que está comprando lujo a precio de saldo, sin preguntarse ni siquiera por qué. Y es precisamente ahí, en esa grieta entre el deseo y la trampa, donde los falsificadores han encontrado su peligroso nicho.

