Hacía frío ayer en la vieja estación de Pintor Rosales, donde un puñado de cables, engranajes y cabinas permanecen quietos desde hace ya casi tres años. Hacía frío allí, en esa suerte de garaje donde el tiempo parece haberse detenido. Hacía frío, no sólo por el termómetro, sino porque el corazón seguía (y sigue) arrugado por esa maldita tragedia ferroviaria en la localidad cordobesa de Adamuz. Con ese aura echó a andar la remodelación integral del icónico Teleférico, uno de los símbolos de la capital desde su advenimiento (1969). Una patología en el cableado puso en jaque su integridad y su destino tras una radiografía en 2023. Aquello desembocó en la transformación que, al fin, está en marcha.
«Ahora está todo monitorizado y el nuevo sistema permite un seguimiento en tiempo real de la infraestructura. Por ejemplo, de la presión de cada pinza en el cable», subrayaba ayer el responsable de Teleférico de Madrid, Álvaro Vizcaíno, a propósito de la seguridad. «Pasamos de cabinas de seis personas a cabinas de 10, mucho más amplias, completamente transparentes, con una experiencia de viajero muy superior, con mayor nivel técnico de seguridad. Es como comparar un autobús de hace 55 o 60 años con un vehículo de hoy», sostenía el consejero delegado de la empresa Doppelmayr en España y Portugal, encargada de la operación quirúrgica de la infraestructura, Javier Tellería. Su blindaje, con la mente puesta hoy en el siniestro de Córdoba, articula toda la intervención que se prolongará los próximos 12 meses.
Para iniciar el proceso han sido necesarios los permisos de Calle 30, Adif o la Confederación Hidrográfica del Tajo (por el río Manzanares), ya que las pilonas que sostienen el sistema durante 2,5 kilómetros afectan a todas esas entidades. También fue necesario un estudio de restos arqueológicos del Paleolítico en la Casa de Campo que, además, es un Bien de Interés Cultural como Sitio Histórico. Con todos estos ingredientes en la coctelera, arrancaron los trabajos de retirada del viejo cableado: el teleférico pasará de una estructura bicable a monocable. Es el episodio previo a la remodelación de las dos terminales, que pasarán a integrarse en el entorno natural con fachadas de madera. Después, llegará el montaje de las nuevas instalaciones, lo que conlleva también hilvanar ese cordaje que sostendrá las cabinas panorámicas de aluminio. El coste total: unos 30 millones.
Asientos mirando al verano
Desvelaba ayer Tellería, para sorpresa de muchos, el peso de cada uno de los 47 habitáculos que darán vida al nuevo Teleférico. «Son cerca de 1.000 kilos, más los aproximadamente 800 de las 10 personas que pueden transportar». Se pasa de cabinas de 130 kilos, como las que ayer descansaban mudas en Pintor Rosales, a otras de casi una tonelada. Cuando eche a andar en 2027, con su nuevo formato, lo podría llegar a hacer con una velocidad de seis metros por segundo (la máxima permitida en España), por los 3,5 de la ya antigua versión. Así, se rebajarían los 11 minutos de cada trayecto y podrían crecer los usuarios diarios de 1.200 a 1.800. «El anterior teleférico era seguro; el moderno, por supuesto. Todos los teleféricos son seguros y se adaptan a la época actual», recalcaba Vizcaíno.
La instalación toma como referencia las estaciones de esquí, pero también las de otros lugares del planeta. Por ejemplo, la de La Paz (Bolivia), con el teleférico urbano más grande del mundo: 10 líneas, y 20 veces lo que se verá en la capital, también construido por la empresa suiza que ejecutará el proyecto en Madrid. Eso sí, contará con algunas particularidades. «El tipo de asiento lo adaptamos a las condiciones de la ciudad, porque aquí va a hacer más calor en verano que en una estación de esquí. Además, habrá más ventilación para que entre más aire», profundizaba Tellería.
El Teleférico de siempre agoniza para convertirse en un sistema. «El gran reto es volver a meter en el mismo sitio algo diseñado hace casi 60 años». En ello están desde ayer.


