- Ocio ¡Extra! ¡Extra! Larga vida al papel: el negocio que recupera los quioscos de prensa
- Entrevista no vista Miguel Sanz, el quiosquero que se toma en serio su oficio: "Los periodistas no bajan al quiosco. Tienen interiorizada la crisis"
El padre de Teresa Araujo abrió el quiosco después de la Guerra Civil y hoy es ella quien lo mantiene todavía frente a la Casa de Baños de Bravo Murillo. Luce en una ubicación afortunada, en una arteria concurrida y en un barrio familiar, pero su dueña confiesa: «En la zona donde estoy no se vive de la prensa solamente». Ni en la suya ni en la de los apenas 300 quioscos de la capital pertenecientes a la Asociación de Vendedores Profesionales de Prensa de Madrid (AVPPM), que preside. «De unas ventas de un millón de euros antes de pandemia entre todos los miembros, hemos pasado a los 300.000 euros de esta semana».
La sangría no es novedosa ni tampoco el empuje por ampliar la normativa que les regula. Pero, por primera vez, un aliento de esperanza señala hacia una reforma decisiva. Porque el gremio ha lanzado un órdago. «La intención de la delegada es buscar una solución y dar unas garantías a la existencia de los quioscos», responden desde el Área de Economía, Innovación y Hacienda, encabezada por Engracia Hidalgo, con una reunión interna cercana en la agenda. Y con el chaparrón avistado: las homologaciones de los quioscos están caducadas y sus concesiones finalizarán en 2029, sin que se sepa aún si se prorrogarán, ni cómo, o si las liquidarán. Arrecia el temporal.
Los últimos datos del Portal de Transparencia del Consistorio fijan en 466 el número de permisos, con el distrito Centro con el mayor caudal (50), seguido de Chamartín (46) y de Salamanca (44). «Antes de la pandemia éramos unos 500. Con la crisis de 2008 caímos muchos, pero el covid lo terminó de hundir y nos está costando mucho levantarnos», relata. Ella acumula décadas en su puesto de Tetuán: primero, con su madre y, desde 1995, en solitario. En el recuerdo queda ya aquel paisaje con los más de 1.000 quioscos que poblaron la región, en las épocas de sesión doble, con vespertinos como Pueblo, Madrid o Informaciones. La crisis de 2008 fue la estocada al negocio y, aunque siempre hubo avanzados, hoy ya es el sector al completo el que subsiste con la venta complementaria de pequeños consumibles, tabaco, aperitivos, refrescos, entradas culturales, souvenirs...
Aunque el fin tampoco es parecerse a los aterrizajes con más trazas de cafetería que con papel impreso. La propia presidenta de la asociación vende café, «pero en cápsulas, no es una cafetería», defiende con orgullo. «No queremos ser una cafetería con algunas revistas, ni el Ayuntamiento tampoco. Y es lógico. No hay nada de prensa, eso es un paripé». Mientras, algunos compañeros se arriesgan a sanciones de la Policía Municipal, ofreciendo objetos no permitidos por la ordenanza. «Sí que hay algunas cosas que, de palabra, nos han dicho que podemos vender, pero, a la hora de la verdad, te multan por vender un paraguas, por ejemplo», explica Araujo sobre la norma municipal, actualizada en 2021.
Tampoco hay un consenso sobre su aplicación, denuncia. «Depende los criterios de los técnicos de cada Junta Municipal. Ahora mismo, tengo un socio al que han multado por tener las puertas abiertas en perpendicular; otro, al que le obligan a quitar la marquesina del quiosco, homologada cuando salió de fábrica, y dos que tuvieron un anuncio de una hamburguesa y que, al ser denunciados, la empresa de publicidad lo llevó a juicio y en un caso lo ha ganado, y en otro, no», detalla. «Debería haber un criterio unificado», pues ya es una faena esforzada encarar la deriva.
La asociación trabaja con ahínco por sortear la extinción, tras cuatro reuniones con el Ayuntamiento de Madrid, «más que nunca», y llamadas telefónicas con asiduidad. «La normativa tiene que cambiar, eso está claro». Sobre los despachos capitalinos descansa ya su envite: ampliar la actividad con la recogida de paquetería y con la instalación de cajeros automáticos y de pantallas publicitarias. «Ahora mismo hay en Madrid tres quioscos que tienen los cajeros y los lockers como proyecto piloto. Pero no sabemos si nos van a obligar a quitarlos, porque no están homologados». De hecho, la empresa con la que lo gestionan presentó los planos y el informe técnico para extenderlo a más quioscos, asegura, y la Comisión Local de Patrimonio Histórico «lo ha echado para atrás, porque ocupa mucho espacio». Lamenta: «No decimos ponerlo en una calle, pero ¿en una plaza? ¿Qué molesta en una plaza? Si ocupamos más espacio, que cobren más canon». Tampoco las pantallas para la publicidad, cuando los quioscos cuentan ya con los circuitos eléctricos, parece que convenzan desde Cibeles, «por contaminación lumínica, dicen».
Las homologaciones [condiciones técnicas: tamaño, toldo, marquesina...] vencieron en 2o19 -«ni el Ayuntamiento ni nosotros nos dimos cuenta»- y los quiosqueros desconocen cuáles serán las futuras condiciones. «En la calle no puede haber nada sin homologar», y la incertidumbre inquieta. También por la veteranía de algunos puestos. «Los más antiguos están para la chatarra. Tienen más de 50-80 años y al abrir la puerta, se te cae encima, es un peligro, estamos de acuerdo», reconoce. Incluso en avenida de San Luis, en Hortaleza, luce un esqueleto calcinado desde 2023. «Algunos hay que quitarlos, no sirven para trabajar y afean. Pero los hay de 20 años que son cómodos y los cerrados se pueden traspasar si están bien». Pues la preocupación también responde al coste: un quiosco como los acomodados en Sol asciende a 80.000 euros. El Consistorio ofrece subvenciones, pero sin saber los detalles de las homologaciones, ¿cómo solicitarlas?
Además, la alternativa de supervivencia pinta cruda, ante la falta de un relevo generacional, ya con otras miras y sabedor de lo arduo de un negocio a pie de calle y con la competencia de las pantallas. «Los jóvenes no los quieren. Mis hijos tienen carrera universitaria y no quieren mi quiosco para nada. Y un chaval de 30-40 años es muy difícil que compre un periódico, y uno de 18, ya ni te cuento», asevera. Aunque también han observado un fenómeno en los últimos tiempos: «Sí que ha habido muchos traspasos de quioscos. Sobre todo, a extranjeros, muchos venezolanos». Al aterrizar en la capital, lo descubren como una oportunidad de negocio propio. Pero, de nuevo, la pescadilla atragantada con su cola: «La gente se echa luego para atrás porque abrir un quiosco tiene muchas cargas, es mucho dinero, aunque ya tengas el mueble: los seguros, los avales con las distribuidoras...». Y, claro, con ese límite incierto marcado en rojo: 2029. «Dependemos de que el Ayuntamiento nos vuelva a dar un plazo para las concesiones», concluye. Desde Cibeles afirman no poder adelantar más, pero aseguran que «se están estudiando las propuestas». La cuenta atrás para los quioscos ya apremia.



