OPINIÓN
Tribuna

La coronación del mal menor

El independentismo no es un estado de ánimo. Lo fue el procés. El independentismo es un marco mental dominante impuesto por el establishment catalán

La coronación del mal menor
Javier Olivares
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Normalmente tendemos a medir la pujanza del nacionalismo con un único indicador: la potencia de sus formaciones. La propaganda oficialista incluyó dos indicadores más en la última década: desde las elecciones de 2015, cuando el independentismo concurrió unido bajo las siglas JxSí [1.628.714 votos], la fuerza del nacionalismo se calibró según la solidez del bloque [en 2021 se argumentó y celebró que Illa rompiera el bloque separatista; aunque en puridad, ERC y Junts rompieron después]; y para esta campaña se trataba de baremar en función de dos circunstancias relacionadas con las dos variables mencionadas: por un lado, se sugiere que el independentismo no cotiza -aunque la campaña de Puigdemont haya girado en torno a la responsabilidad que ha contraído con culminar el «mandato del 1-O»-; y, por otro, se cubileteaba con la posibilidad de que Junts y ERC no sumaran 68 escaños. Así ha sido.

Pues bien, todos estos indicadores miden pero no muestran el vigor y fibra del separatismo; o algo muestran pero también mucho camuflan. Y son acaso más útiles -y torticeros- por lo que pretenden esconder que por lo que enseñan. La porosidad del nacionalismo la muestra la ubicación de la mal llamada o mal identificada tercera vía. Su posición y relación con los separatistas son el verdadero termómetro del independentismo. Si el PSC, «conserje lucrativo del oasis», en definición del periodista Iñaki Ellakuría, se autoproclama adalid de la tercera vía, es que el nacionalismo está muy vivo. Recuerden que Illa se sumó a los separatistas y a los Comunes para aprobar una ley del catalán con el objetivo de sortear la sentencia del TSJC que obligaba a impartir el 25% de enseñanza en castellano, blindar la inmersión y cercenar el bilingüismo.

Si Illa es partidario de construir una sociovergencia, sea con Puigdemont o con ERC, es que el nacionalismo está nervudo y carece de oposición. Illa haría de convergente con Aragonès [en eso ha consistido parte de su campaña, en explorar los espacios de CiU] y de socio -en las dos acepciones que aquí encajan- con Puigdemont. El PSC sólo conservó en 2021 la mitad de los votos que tuvo antes de formar el tripartito y Sánchez irrumpió súbitamente en la campaña con su tuit a la ciudadanía para recordar que él era el pegamento que mantenía viva una buena parte de las aspiraciones del separatismo: hoy la financiación propia y mañana el referéndum. Los socios de Sánchez saben que necesitan a Sánchez para completar el desmantelamiento del Estado en Cataluña; arrinconar definitivamente al castellano y, PSC mediante, neutralizar, también en Cataluña, cualquier posibilidad de alternancia y alternativa. La rivalidad entre ERC y Junts más Puigdemont por Catalunya [así se ha llamado la candidatura personalista y mesiánica de la derecha nacionalpopulista catalana] es cierta pero también comparten propósito. El separatismo aprendió que la secesión es inviable con los mimbres de 2017. Eso no es una renuncia sino una prórroga, un repliegue.

Si cada tercera vía está más incrustada en el ecosistema nacionalista que la anterior y solo se distingue por su inclinación al apaciguamiento es que el nacionalismo se mantiene hercúleo. La retórica del acuerdo de investidura firmado por el PSOE y Junts, la semántica de la amnistía, la propia naturaleza de la autoamnistía y la narrativa comúnmente aceptada -el PSOE llama «exiliado» a Puigdemont y reconoce la «opresión» del Estado- son síntomas de arraigo de la cultura indepe. El independentismo no es un estado de ánimo. Lo fue el procés. El independentismo es un marco mental; un marco mental dominante e impuesto por el establishment catalán y asumido por sus advenedizos palafreneros. Desmontar este marco llevará su tiempo [el nacionalismo tardó 35 años en cincelarlo]; pero se empieza por abrir los balcones con vistas a la calle y a las personas. Como afirmaba ayer el director de EL MUNDO, «desde el establishment se ha dado impulso a una suerte de añoranza de la vieja Convergencia y su peix al cove».

Durante la campaña, Moncloa lanzó una liebre, una ilusión o lo que se conoce también como wishful thinking: el 12-M pondrá a prueba la «credibilidad de la amnistía». Y añadía que «si los independentistas no suman mayoría, la política de Sánchez será la correcta». No han sumado aunque Illa necesite el apoyo de una de las dos formaciones independentistas [tiene difícil que le baste con la abstención de ERC]. Lo que ocultaba además el argumento de Moncloa es que Illa se jugaba los comicios contra el autoamnistiado y rehabilitado Puigdemont. De modo que poner el acento también en la gestión de los servicios públicos era una forma de amortizar o fagocitar a Aragonès, quien, a las malas y en pleno naufragio, pudiera aceptar lo que el desistimiento constitucionalista acata: Illa como mal menor. La expresión refleja la cruda realidad y evolución del constitucionalismo: dónde estaba en 2017 con Arrimadas y dónde está con Illa de fingido abanderado. Illa es un mal menor para ERC, para el catalanismo -expresión sofisticada del separatismo sin fermentar o hervir- y para una porción del constitucionalismo.

Illa se ha superado en casi 200.000 votos respecto de 2021. Su triunfo es inapelable. Pero la autoamnistía concede a Puigdemont su representación más alta desde 2017. Junts suma 100.000 votos más que en 2021. De modo que la efectividad de la amnistía se traduce en el descalabro de ERC y la aclamación del prófugo. Los resultados arrojan una carambola que no es tal, sino un mensaje en una botella: PSC, PP y Vox suman exactamente 68 escaños; uno más que Puigdemont, ERC, Comunes, CUP y Aliança. Esos 68 escaños podrían efectivamente suponer el comienzo de una era, pero no será así, porque PSC, ERC y Comunes suman también exactamente 68 escaños. Voilà, un tripartito niquelado a imagen y semejanza del anterior. En 2003, CiU obtuvo 46 escaños con un puñado menos de votos que el PSC, al que sus 42 escaños resultaron suficientes para alcanzar la Presidencia, junto con ERC e ICV. Aquel tripartito fue el germen de procés, no sólo porque intensificó las políticas de inmersión lingüística y dejó las arcas vacías y al sucesor Mas a la intemperie de la crisis de deuda y la ola de indignación, sino sobre todo porque se fraguó en torno al ignominioso Pacto del Tinell. En 2003 se ensayó la construcción del muro que Sánchez ha erigido y que Illa no pretende demoler.

El mito del Illa constitucionalista se desvanecerá pasados los efectos de la euforia de su victoria. Y no porque no pudiera ejercer como tal -lo ignoramos pero no lo negamos-, sino porque en Illa no manda Illa. Sobre Illa pesa o se cierne el bloque de investidura que Puigdemont amenaza con derribar si no es investido. Su desafío suena flojo. En las Cortes, la continuidad de Sánchez está garantizada porque no hay mayoría alternativa. Así que la finta de Puigdemont carece de efectos prácticos, a menos que Sánchez interpretase que fuese en serio y obligase a Illa a una abstención en la investidura de su adversario. Sánchez y Puigdemont son especialistas en arrimar el auto hasta el precipicio y mirar si el otro pone cara de gallina. De Sánchez sabemos que es capaz de dejar caer su coche y estrellarlo; de Puigdemont, no: huyó a Waterloo y tuvo paciencia. Los antecedentes de Sánchez son una advertencia para Illa, pero los de Puigdemont constituyen un alivio, si bien, no se pudo contener anoche en su comparecencia: «La distancia entre Junts y PSC no es diferente de la distancia entre PSOE y PP en el Parlamento español» [en clara referencia a sus siete asientos en la Carrera de San Jerónimo].

Los resultados alejan la posibilidad de una inmediata disolución del Parlament y unas nuevas elecciones y dan aire al PP de Feijóo, que supera sus expectativas y triplica en número de votos los obtenidos en 2021: regresa a los números de 2015 pero con cuatro escaños más que entonces. Alejandro Fernández suma 15 escaños. Aragonès despejó una incógnita anoche.

Aseguró que ERC pasará a la oposición. Por tanto, no habrá tripartito ni coalición en la Generalitat, lo cual no quiere decir que no vaya a funcionar en el Parlament. Aragonès sabe que la tercera vía de Illa le ha sustraído votos, como Sánchez lo hizo el 23-J. En una entrevista reciente aseguró que desayuna queso desnatado y que la frase que más le repetían sus padres era «ordena la habitación». Pues eso. Sánchez abrasó a ERC, supera otra meta volante y enfila los comicios europeos con el diablo agazapado y el PP en alza.

Javier Redondo es director del Grado en Comunicación Global y profesor de Filosofía, Política y Economía de la Universidad Francisco de Vitoria