«La Transición política fue el momento histórico en que la sociedad española encontró, en su propia evolución, el punto de madurez preciso para asentarse en la institucionalidad democrática». Felipe González hizo un lúcido discurso el viernes durante el acto en el que se le entregó el Toisón de Oro en el Palacio Real. La condena al fiscal general del Estado por un delito de servilismo político nos recuerda que la supervivencia de las instituciones que son la garantía de la libertad y de la convivencia no depende nunca sólo de su naturaleza, siempre frágil, sino, sobre todo, del sentido y la fortaleza moral de los concretos ciudadanos que las encarnan. Por esa razón, la misma ausencia de pudor que ha acreditado Álvaro García Ortiz durante todo su desempeño será el requisito que se le exija a su sucesor. El proceso de devaluación profunda de nuestra institucionalidad democrática hace tiempo que está en marcha y se acerca a un punto crítico.
La reacción desasosegante del Gobierno y, en particular, la de su presidente -«Vamos a defender la soberanía popular frente a aquellos que se creen con la prerrogativa de tutelarla»-, alimentan una atmósfera amenazante que anticipa la reacción revanchista de Pedro Sánchez contra el Tribunal Supremo en el contexto de la situación desesperada en la que queda tras la localización del primer botín de la corrupción atribuido, de momento, a su lugarteniente y cómplice político Santos Cerdán. La polarización desbocada será la respuesta para salir inmune. González también advirtió en Palacio de que «la confrontación como principio es dañina para todos los pueblos, pero ha demostrado serlo en su grado más extremo para el nuestro».
Ayer se cumplieron 50 años del punto de partida de nuestra institucionalidad democrática, de aquella puerta abierta hacia la reconciliación entre los españoles que fue el discurso de proclamación de Juan Carlos I: «Hoy comienza una nueva etapa en la Historia de España que hemos de recorrer juntos». Nuestro subdirector Roberto Benito desmenuzaba el jueves, dentro del magnífico suplemento conmemorativo que ha coordinado, esa pieza dialéctica de extraordinaria audacia política, todavía llena de cautelas y ambigüedades ante las Cortes franquistas, pero en la que las referencias a la «concordia», la «generosidad» o la «participación» anticipaban el tránsito de España hacia su espacio natural en la modernidad del Occidente democrático, porque esa era la decidida voluntad de los ciudadanos.
Su programa implícito era estructural: «La institución que personifico integra a todos los españoles y hoy, en esta hora tan trascendental, os convoco». Se trataba, aunque entonces nadie lo advirtiera, de pasar de la dictadura a la democracia manteniendo la Corona como eje de continuidad: símbolo de lo que nos une. La Monarquía se legitima como motor del cambio institucional y como garante del acuerdo constitucional. En ningún sitio estaba escrito que fuera a salir bien o que la conquista de las libertades tuviese que ser pacífica.
Hace nueve años, me impresionó entrevistar junto a Emilia Landaluce a Belén Landáburu, ponente de la Ley para la Reforma Política: «Todo el mundo entendió que el franquismo sin Franco era como un pastel de liebre sin liebre. Desde 1966 había un movimiento para buscar una salida que nos hiciera homologables a nuestro entorno. Vivíamos la aspiración europea como una obsesión. La Transición se hizo porque dentro del sistema había personas que pensábamos que había que transitar a la democracia. Todo el mundo perdonó a todo el mundo y reclamaba ser perdonado del mismo modo. Si la oposición empuja las puertas y los de dentro se resisten, la casa se viene abajo. Pero aquí unos empujaron y otros abrimos puertas».
En esta última línea está el resumen de cómo se hizo la Transición. Nada habría sido posible entonces sin una sociedad dispuesta a dejar de mirarse como vencedores y vencidos. Volvemos a encontrarnos 50 años después frente a un esfuerzo de madurez: no dejarnos arrastrar por el desquite o el rencor aunque se azucen desde el poder. La España democrática es, lo dijo el viernes Felipe VI, «una idea hermosa que encarna lo mejor de lo que somos, aquello a lo que aspiramos; la suma de nuestros sueños, anhelos e ilusiones».
Como subrayó el Rey, el método de la Transición consistió en «la palabra frente al grito, el respeto frente al desprecio, la búsqueda del acuerdo frente a la imposición». En definitiva, en anteponer «la búsqueda leal y conjunta de aquello que sirva mejor al bien común». La Corona, de su mano y de la imprescindible de la Reina Letizia, es hoy un elemento sólido de certidumbre entre los vaivenes de la crispación y de la sociedad del cambio. Ha sido en los periodos de contratiempo cuando el Monarca ha cumplido su utilidad esencial de símbolo de los valores permanentes, de la fortaleza moral del Estado y de la propia continuidad del sistema constitucional: desde el 3 de Octubre hasta la Dana.
González exhortó a la Princesa Leonor a utilizar la experiencia de la Transición como guía para los desafíos de su generación: «Para la tarea que debe ejercer, le será útil la memoria, la que sirve para mirar al futuro». La Heredera presentó hace escasas semanas durante la entrega de sus premios en Oviedo el bosquejo de su programa moral de la Corona para las nuevas generaciones e introdujo un nuevo término en el diccionario sentimental de la Monarquía: «No vendría mal avivar el entusiasmo». Entusiasmo como antídoto contra el cansancio, la desconfianza y el resentimiento, entusiasmo como energía cívica para sostener la democracia, entusiasmo que apela a toda la sociedad civil: a los representantes y a los representados. La juventud cree en ella: el 75% de los menores de 29 años apuesta por que será una buena Reina. La Constitución prevalecerá.

