Me da pena lo de Paolo Scudieri. Supongo que a alguien tiene que darle. A diario estamos rodeados de tantos dramas que muy pocos reparan en el multimillonario italiano al que le acaba de arder su yate de 25 millones de euros en Formentera, apenas unos días después de botarlo.
En Baleares decimos que los barcos son un bien que te concede dos alegrías, la de cuando lo compras y la de cuando lo vendes, y encima al pobre Scudieri le han privado de la segunda. Si ya se me hace difícil imaginar lo que es tener un yate, ni te cuento perderlo. Y lo mismo digo para los 25 millones de euros.
Como Scudieri tiene un patrimonio valorado en 500 millones, supongo que no debería tener demasiados problemas en reponerlo. Algo bueno tiene que tener haber dedicado tu vida a algo tan aburrido como la venta de componentes para la industria del transporte.
Es difícil saber cómo se sienten las pérdidas materiales a esas escalas. Si el engorro de volver a construir el Aria SF es comparable a lo que al común de los mortales nos supone perder la cartera y tener que renovar todas las tarjetas. Cientos de personas vieron arder el yate a pocos metros, decenas de miles contemplaron la columna de humo entre las islas de Ibiza y Formentera, y millones lo han visto luego por televisión, como cualquier espectáculo insólito en una estampa de verano. Pero también como si el clímax de la belleza fuera su destrucción, o como si nos igualara a todos en la consumición de 25 millones de euros.
Hay un mundo en el que, aunque sea verano, cuesta pagar las cañas. E incluso un mundo en el que el capricho de unas vacaciones en el Caribe o en Tailandia se convierte en un recuerdo imborrable. Pero luego está el verano del Aria, y el verano de los tipos que saben lo que son 25 millones de euros, y el de las botellas de vodka de 60.000 euros, y el de las habitaciones a 15.000. Un mundo mucho más desconocido e inalcanzable que lo que pudiera haber más allá del sistema solar, y en el que sus habitantes conviven entre nosotros como alienígenas que visitan una civilización primitiva.
Imagino a Scudieri contemplando el incendio, y comparo su desazón con lo mismo que sintió mi padre por dentro cuando en un chiringuito de la playa de Ses Salines de Ibiza le cobraron 6,5 euros por un café con leche, y al poco descubrió que había ido al chiringuito más barato.
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