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En Picasso no cabe batalla cultural (juguete de la derecha ociosa) ni cancelación posible (peligro de la izquierda sulfúrica)

Un espectador ante el 'Guernica'.
Un espectador ante el 'Guernica'.AFP

PICASSO partió en dos el arte contemporáneo con un cuadro, Las señoritas de Aviñón (1906), por el que Derain auguró encontrarlo ahorcado detrás de la tela y Braque le acusó de obligar al espectador a beber queroseno. Tenía 25 años. A partir de entonces, aquel español menudo, con la cabeza llena de vientos y una capacidad anticipatoria de augur, se embaldosó el camino hasta llegar a la condición de mito. Ningún otro artista moderno supo hacerse una peana equiparable. Entre la gloria y la penumbra ejerció un excelso sadomasoquismo en cada uno de los espacios de su biografía; y si te fijas, esa violenta corriente es la misma que recorre por dentro su pintura.

Murió hace 50 años y la excitación que provoca ha crecido más, ensanchando el apetito frenético de algunos millonarios por poseer un trozo de su obra. Picasso fue un tipo turbio de genialidad imbatible y con un instinto depredador que se ocupó por igual de extraer el último jugo a hombres y a mujeres. A unos por desafío y competencia. A las otras por una condición neolítica de macho sincopado que se duerme con suaves ronquidos después de devorar a la última víctima de su fascinación o su capricho.

Este aniversario activa una revisión de su obra y de su vida. En los artistas no siempre coinciden una y otra. En algunos casos es mejor dejarlas correr en paralelo. Conozco a poetas miserables capaces de articular un verso sublime. El ministro de Cultura, Miquel Iceta, lo dijo bien el otro día: "Queremos presentar a Picasso tal como es. Y esto exige no esconder facetas de su vida que hoy pueden ser contestadas. Aunque creo que la grandeza de su obra se sobrepone a otras consideraciones". Según quién mire, la pintura de Picasso ganará o perderá el combate de la perspectiva contemporánea. El exceso está en aplicar una moral de presente a la obra de un tipo nacido a finales del siglo XIX. El sujeto será un indeseable, pero su pintura está contaminada del mejor asombro. En Picasso no cabe batalla cultural (juguete de la derecha ociosa) ni cancelación posible (peligro de la izquierda sulfúrica). Picasso fue lo que fue: de comunista a sátiro. En lo primero, quizá, Dalí acertó: "Picasso es pintor, yo también; Picasso es español, yo también; Picasso es comunista, yo tampoco". En lo segundo, sin duda, resulta hoy pingajo. Pero qué difícil (cada vez más) disfrutar de algunas cosas del arte, de la cultura, sin tener que mirar a los lados esperando la penalización beata por incumplir con el lamento reglamentario ante una obra sublime que, ¡hoguera!, no salió de las manos de un ángel violáceo.

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