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GABRIEL SANZ

La convicción democrática se mide por el respeto a los medios de comunicación. La imagen de un jefe de Gobierno que blande un periódico en sede parlamentaria para afearle su línea editorial representa un señalamiento y un intento de intimidación directos pero sobre todo debería ser un indicador de alerta sobre el funcionamiento de la democracia liberal. "La política que se basa en el enfrentamiento y la división mina la legitimidad de todo el sistema", fue una de las citas que escogió la presidenta del Congreso, Meritxell Batet, para evocar a la columnista de The Washington Post Anne Applebaum durante su discurso en los Premios Internacionales de Periodismo de EL MUNDO de 2021. En eso estamos, por supuesto, de acuerdo con ella.

Pedro Sánchez utilizó el martes en el Senado a EL MUNDO como parte de su estrategia de polarización de la vida pública. Había precedentes, el último el de Mariano Rajoy en 2013 para eludir su responsabilidad en la corrupción. Esta vez, "prensa conservadora" fue el arma arrojadiza, señalada primero y amplificada después por el grupo mediático rescatado por Moncloa, para tratar de despojar de autoridad a Alberto Núñez Feijóo y situarlo en la radicalidad. Este periódico siempre ha aspirado a acoger voces plurales, a la modernidad y la apertura de miras y al atrevimiento y el espíritu crítico. Pero claro que entre nuestros lectores hay un porcentaje relevante que se identifica con el acervo conservador y así lo reflejan nuestros principios editoriales. Por eso, si fuéramos "prensa conservadora", ¿qué? Lo sectario es que quien se debe al interés general use esa etiqueta como si fuera una descalificación.

El libro de Antonio Caño Digan la verdad contiene un diagnóstico sombrío sobre el futuro del periodismo y también un retrato de la forma siniestra que tiene Sánchez de entender la función social de la prensa libre. Durante su presentación el jueves, el también ex director de El País Juan Luis Cebrián se refirió al episodio: "La principal amenaza para el periodismo son los gobiernos. En este sentido, me preocupó ver en el Senado blandir un periódico al presidente. Me recordó a épocas anteriores, a Nicolás Maduro, a Donald Trump, a Néstor Kirchner... A su reacción cuando han encontrado en los medios convencionales un obstáculo para lograr sus objetivos".

El traje color berenjena que Sánchez lució ese día y la teatralización arrogante e histriónica, a carcajada limpia, forman parte de una estética de hombre fuerte en pleno acelerón autoritario. La puesta en pie al unísono de los diputados del PSOE durante la votación de la supresión del delito de sedición tuvo también algo de tenebroso. La aprobación en un solo acto de los Presupuestos que sostienen al poder; de esa reforma del Código Penal a la carta de ERC en la que subyace un desprecio a la independencia judicial y el orden constitucional, y del impuesto demagógico a la banca acordado a cambio de entregarle a Bildu la expulsión de la Guardia Civil de las carreteras de Navarra contiene un mensaje simbólico: la presentación del bloque de futuro con el que Sánchez y el PSOE concurrirán en este ciclo electoral para enfrentarse al PP.

La mayoría Frankenstein que nació como una alianza oportunista para acceder al Gobierno ha dado paso a un proyecto en común para España en el que el PSOE se funde con los populismos e independentismos de raíz antisistema. Una idea que necesariamente pasará por encima de los consensos constitucionales que desde hace 45 años son la base de nuestra convivencia, que no puede llevarse a cabo sin fuertes tensiones institucionales -esta misma semana quizá veamos el asalto definitivo al Constitucional- y que es coherente con los ataques continuados a la independencia judicial y el desprecio a la prensa libre.

La debilidad de esta amalgama está en la inclinación de institucionalidad de algunas comunidades socialistas, en las que pronto veremos los efectos en sus expectativas electorales, y sobre todo la convulsión irreparable que padece la izquierda más populista, con Pablo Iglesias exprimiendo su pulsión revolucionaria e Irene Montero desangrándose tras quedar en evidencia la herida provocada por su frivolidad. Vox acudió en el momento más crítico a su rescate al reforzar con sus exabruptos el victimismo, la argamasa emocional que cohesiona esa coalición de intereses, que siempre es la aversión a todo lo que representa la derecha.

La fortaleza del PP residiría en representar la centralidad. El fenotipo de Feijóo parece programado para eludir la confrontación que Sánchez trata de hacer consustancial a nuestra vida pública, pero nadie dice que tenga que morir en la plaza todos los días o que no se pueda ser implacable con guante de seda. La cuestión es la convicción con la que se defienda una manera de entender la vida y se conecte con una emoción ciudadana. Dos liderazgos regionales han encontrado la fórmula con estilos bien diferentes, Isabel Díaz Ayuso y Juanma Moreno, y los dos están a disposición de Feijóo, cuyo respaldo ayer a la prensa libre fue un acierto.

En 2014, con motivo del 25 aniversario de esta casa, Ricardo dibujó una viñeta en la que podía identificarse a Felipe González, a José María Aznar, a José Luis Rodríguez Zapatero y a Mariano Rajoy embozados y pintando una consigna con spray sobre un muro: "¡Sin EL MUNDO viviríamos mejor!". Ocho años después, podríamos añadir a Pedro Sánchez. Y a todos los líderes de la oposición que han sido desde nuestra fundación en 1989. Sobre unos y otros, desde unos atributos editoriales siempre identificables, hemos ejercido con honestidad e independencia nuestra vocación de influir, y de no ser influidos, a partir de la información veraz, útil y relevante. Y lo vamos a seguir haciendo porque estamos orgullosos de nosotros mismos.

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