El síndrome chikilikuatre de la política europea tiene dos frentes claros: los escaños logrados por Se Acabó La Fiesta y la llegada a Bruselas de un youtuber de 24 años contentísimo al conocer los resultados de las últimas elecciones. Tan eufórico que confesó delante de la gente a la que pidió el voto que él nunca había votado. Es difícil considerar que Europa vaya a ningún sitio fiable. No es un problema de lo que vota el europeo, sino de la idea que algunos europeos tienen del voto. Y de Europa. Parece que no cree en ella casi nadie.
La alarma inmediata es el ascenso de la extrema derecha y otras malformaciones capaces de hacer el moonwalk hasta regresar a políticas inquisitivas. Pero el inconveniente real es abrir sitio a tropa insolvente. A gente capaz de decir no sé qué de cárceles flotantes o a tipos que recorren el mundo con la misión de abrazar famosos grabándose con el móvil.
Entre el tío de Se Acabó La Fiesta y el chipriota digital cabe la explicación a todo el desprecio de tantos ciudadanos por la política conocida. Cuando alguien vota con la intención única de hacer saltar un poco más los plomos es el momento de tomarse en serio la derrota. Cuando votar a uno o a otro se reduce a una disyuntiva simple nunca sabes qué acantilados esperan. Porque esto quiere decir que la frivolidad está haciendo bien su trabajo. Entonces el peligro y el azar forman una sola amalgama que va impregnando todo.
A mí no me cansa escribir que la extrema derecha es una amenaza para cualquier forma potable de democracia. Entre otras cosas porque siempre lo ha sido. Para eso está a mano el siglo XX, para recordarlo. También el comunismo, claro. También el comunismo fue dañino e ineficaz. Pero no detecto tics comunistas en el gobierno que tengo más cerca y sí escucho algunas soflamas reaccionarias en la oposición ultra que me queda tan lejos.
Lo normal de esos partidos o sujetos que se cuelan en el Parlamento Europeo con escaño propio es que no valgan de nada. Y cualquier utilidad será un inconveniente. Pues su misión no es currarse un proyecto, ni siquiera un programa aceptable. Los de Se Acabó La Fiesta o el youtuber de Chipre, lo mismo da, son anomalías de un presente anómalo donde las redes sociales valen igual para votar Eurovisión o Bruselas. Habrá que ponerse a cubierto.

