Mis compañeros de colegio hicieron una fiesta de reencuentro cuando se cumplieron 25 años del idealizado curso de COU. Yo no fui a la cita, apenas saludé en el chat cuando me invitaron y me convertí en un testigo mudo de las bromas de mis antiguos compañeros. Un poco como en los viejos tiempos.
No fui a la fiesta, entre otras razones más mezquinas, porque mi recuerdo de esa época es un poco agridulce e incluye una mezcla de agravio y de culpa por haber participado en aquella cosa tan brutal que era la adolescencia en los años 90. Digamos que en mi recuerdo del colegio hay un paquetito maloliente que está hecho en un 60% de agravio y en un 40% de culpa. Estoy dispuesto a revisar esos porcentajes, por si alguien de esa época me lee y me impugna, pero no creo que eso importe mucho.
Sorprendentemente, en las vísperas de la fiesta, mi antiguo compañero F. llegó al chat y se convirtió en su gran animador, en el participante más alegre y ruidoso de la conversación. De F. es importante saber que fue la víctima de las humillaciones más aterradoras que recuerdo, mucho más duras que cualquiera que haya visto antes o después, en la universidad, el trabajo o la familia. F., el niño que podría sentir un 100% de agravio y un 0% de culpa en su memoria, había sobrevivido y estaba con ganas de vernos y de tomarse tres cervezas por los viejos tiempos.
Pensé que F. estaba preparando una trampa, una escena en la que confrontaría a sus matones y los avergonzaría. Les diría que su vida fue una pesadilla durante años, que su madre fue al psiquiatra por su culpa... ese tipo de cosas. Pero no; llegó el día de la fiesta y F. apareció en el chat radiante, hermanado con todos sus antiguos acosadores en infinitas fotografías que publicó como si estuviera retransmitiendo la llegada del hombre a la luna.
En cambio, yo, metido en casa un sábado por la noche, estaba estupefacto con las imágenes. ¿Acaso me había inventado los recuerdos de aquella violencia adolescente? ¿O era yo el que estaba mal de la cabeza por no quedarme con lo bueno y olvidar lo malo?
Al día siguiente, F. envió al chat un montaje de vídeo con fotos del reencuentro y algunos souvenirs de nuestra niñez, adornado todo con una música pop que nos habría parecido espantosa hace 25 años (pero ya no) y con leyendas un poco ingenuas del tipo «memories are forever» en letras cursivas. Mis compañeros celebraron la edición con grandes elogios.
Le conté su historia a un amigo (un amigo de otra época) y me dio una explicación verosímil. Me dijo que F. y sus acosadores habían llegado a un pacto de memoria histórica. Tras la fiesta del aniversario, F. puede contar que su adolescencia fue feliz y que fue un alegre «uno más» entre los chicos. Y sus antiguos builliers sienten que están perdonados por aquellas cosas de niños. No es la verdad pero sirve. Así funciona el mundo. A F. no lo he visto en todos estos años. Lo tuve en redes sociales en alguna época y me pareció que había algo dulce pero inestable en él. Con algunos de sus acosadores he coincidido y no me dieron mala impresión. De verdad que me alegro si están todos bien con su nostalgia.

