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Bajad las armas

El burlado de Sevilla (o la pasión según Montoya)

El fenómeno Montoya obedece a un ideal añorado en la era cínica del Tinder. Un platonismo residual, un corazón virgen resistiéndose al gran putiferio, una indignación pura bajo la charcutería del reality

José Carlos Montoya, de 'La isla de las tentaciones', reaccionando a la traición.
José Carlos Montoya, de 'La isla de las tentaciones', reaccionando a la traición.MEDIASET
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-Quítalo -le ruega José Carlos Montoya a Sandra Barneda al comienzo de la escena memorable. La toma/meme de La isla de las tentaciones que ha cautivado al mundo.

-¿Lo quito?

-No -musita con un zapateo febril.

El concursante se contradice. Quiere y no quiere ver a su novia acostándose con otro. Ansía la claridad pero teme la quemadura. Al fin vence la cabeza, fiel a la sentencia que abre la Metafísica de Aristóteles: «Todos los hombres desean por naturaleza saber».

-¡Están los dos besándose en la cámara once! ¡Asquerosa! Me quiero ir, Sandra...

Pero el burlado vuelve a la pantalla donde arde la prueba de la traición. Su burlador, que atiende al nombre de Manuel, lo llama «papafrita»: palabras mayores. Montoya gime, se debate y estalla como Lope, áspero, tierno, liberal, esquivo, alentado, mortal, difunto y vivo. «¡Te vas a arrepentir toda tu vida! ¡Me has reventao por dentro!» (sabroso pleonasmo: no se puede reventar por fuera).

Montoya cae de rodillas ante el plasma cruel. Grita que no puede verlo antes de seguir viéndolo. Y entonces sucede. «¡Cabrona! ¡Me has destrozao!», exclama el venado, y arranca a correr por la playa en dirección al lecho del dolor (propio) y del placer (ajeno).

Segunda escena. Montoya y tres compañeros velan en torno a la hoguera para apurar el cáliz del engaño. Componen un lienzo sagrado y profano a la vez, algo entre la obsesión anatómica de Buonarroti y el trance martirial del San Sebastián de Guido Reni. A la vista del ajetreo desatado bajo el edredón uno de ellos concluye, en un alarde deductivo que estremecería a Conan Doyle: «Ella no te quiere». Pero la presentadora no quiere ahorrar ninguna estación al vía crucis de Montoya. El calvario será visual y sonoro, porque el tal Manuel no escatima metáforas de orden térmico-táctil («La tengo como la barandilla del infierno») al objeto de encarecer su predisposición coital.

La mujer tenía que llamarse Ana. Como Karenina y como Ozores. Mediaset acredita así su finura literaria, operando por analogía con las grandes novelas de adulterio. El peso incalculable de la narrativa decimonónica se abate sobre Montoya, que sale corriendo de nuevo. Se despide, se acuclilla, se arrepiente. Maldice el tatuaje que se hizo por Ana, amargo signo de una flor ya marchita, cruelmente rebanada por el azadón de otro jardinero. «Lo que ha pasado debajo de esas sábanas no me representa», advierte nuestro hombre elevándose a ciudadano, introduciendo ya categorías políticas: los cuernos vividos como crisis democrática.

-¿Crees que Ana puede estar sintiendo algo por Manuel? -inquiere la presentadora desde la más indubitable de las inocencias.

-Hombre, siente cachondismo (sic) ahora mismo, está caliente como una mona -replica, pedagógico, Montoya.

Pero añade algo curioso. «Si fuera otra persona... Pero me siento muy superior físicamente y por dentro», presume refutando a Proust, que nos mostró por qué los celos más lacerantes los provoca aquel a quien sospechamos mejor que nosotros. La imagen culminante de la pasión según Montoya nos lo presenta rasgándose la camisa, como Camarón, en aparatoso escorzo, asistido por tres apóstoles testosterónicos que tratan de consolarlo. Y es al nombrar a su madre cuando Montoya se compadece definitivamente de sí mismo y rompe a llorar, evocando la perdida seguridad del útero materno.

¿Es suficiente todo esto para emocionar a Whoopi Goldberg? ¿Por qué este muchacho es famoso hoy en tres continentes? Sé que dicen que todo está guionizado. Pero si la viralización fuera guionizable tendríamos un Montoya por semana. Hay algo más que la empatía con la víctima que todos hemos sido. Sincero o solo interpretado (¿hay alguna diferencia en televisión?), yo sospecho que el fenómeno Montoya obedece a un ideal añorado en la era cínica del Tinder. Un cierto platonismo residual, un corazón virgen resistiéndose al gran putiferio, una indignación pura bajo la soez charcutería del reality. Y todo eso, universal, confluyendo con el tipismo local más reconocible: el burlador burlado de sangre españolísima, sevillana, víctima de su Carmen.

Lo cual significa que nuestra aspiración al amor sigue intacta. Tanto como una isla en un mar de tentaciones. ¡Feliz San Valentín!