Éramos muy felices entonces estrenando la vida en la redacción de EL MUNDO sin pensar por un momento que a los 19 o 20 años aún podías denunciar a la empresa por explotación infantil después de 14 o 15 horas de trabajo en la misma jornada. Aspirábamos a hacer periodismo ignorantes de la galaxia que es el periodismo. Algunos integramos al descuido la primera guardería de esta santa casa y cada mañana, en la gabarra de la calle Pradillo de Madrid, donde zumbó por tantos años la alegre redacción, una presencia poderosa surcaba los pasillos y el hueco mínimo que quedaba entre las mesas de los redactores. Pedro J. Ramírez emergía a la superficie desde su despacho, sin previo aviso, con la potencia del tiburón y dejaba al paso una zona de aguas batidas de donde a veces había que rescatar a un náufrago o una barracuda damnificada o a alguien satisfecho por un comentario favorable e imprevisto sobre su última pieza. Podría haber sido peor.
A Pedro J. Ramírez algunos lo hemos visto dirigir un periódico en papel, antes del ciclón de internet, y ese espectáculo se parecía al de los monzones tropicales con su aguacero bestial principalmente en turno de tarde. No era fácil encariñarte de él, pero sí respetarlo violentamente, admirar su sagacidad, su osadía, su rapidez, la vuelta de tuerca para resolver o provocar algunos jeroglíficos políticos; y la generosidad de dar sitio a los más jóvenes y ponerlos a trajinar desde primera hora. No exigía estar de acuerdo con sus cosas y eso también le favorece. Algunos castores con dientes aún de leche manifestábamos disidencias que a nadie importaban, pero exhibirlas nos hacía sentir mejor. Un ejemplo: los atentados islamistas del 11-M en Madrid. Muchos de los que aún remamos en EL MUNDO con memoria plena de esos días tenemos la certeza de que la teoría de la conspiración fue un empecinamiento autolítico que trasquiló al periódico, aunque salimos adelante..
Pese al agujero negro, este hombre de cadera alta y descompuesta, voz ligeramente entubada y tosecita nerviosa de jurisconsulto es uno de los mejores periodistas europeos del último medio siglo. Ganó y perdió batallas. Las gana y las pierde hoy. Tiene la piel lacerada a lo Moby Dick. Es de Logroño. Cuando algunos de nosotros estábamos buscando cómo enclavijarnos al periódico, los samaritanos habituales se acercaban para recordarte que a tu edad Pedro J. llevaba no sé cuántos años dirigiendo periódicos. Siempre fue jefe. Y conviene recordar otro detalle bueno: tuvo la astucia de armar unas redacciones llenas de brío, disidencia y censo joven. Lo que para algunos es una esquizofrenia colectiva insoportable para él es un bien en sí mismo.
Los años del Gal fueron tremendos. Lasa y Zabala, Amedo y Domínguez... Y Filesa, Ibercorp, los Papeles del Boe... También los años de guerra contra Prisa y viceversa (por no avanzar más atrás). El Sindicato del Crimen, decían. Despachaba portadas radioactivas. Y después los días de chantilly con el primer Gobierno de Aznar, un poco menos ya en el nefasto segundo mandato. El No a la Guerra de Irak: estábamos en el No. El sí al derecho a la eutanasia. El sí a los supuestos del aborto (¡en la década de Rouco Varela o por ahí!). Los zigzags con Zapatero. El 15-M que no entendió bien y después comprobamos lo poco que había que entender: sirvió para renovar el fondo de armario de algunos escaños, inventar a dos o tres mesías hoy esfumados y escandalizarse por la compraventa de algún chalet con piscina en las afueras. Yo creí fuerte en el 15-M, cómo no. La corrupción de Urdangarín y los mamoneos de Juan Carlos de Borbón. El casino turbio de Corinna Larsen... Y en medio de aquel avispero llegó el asunto del vídeo infame para intentar derribarlo (y hacernos caer por la pendiente a los demás), hasta que consiguió enderezar la infamia y se llevó por delante a los artífices del cinexín. En vez de ahorcarse con un tirante salió más robusto y desafiante. Pedro J. Ramírez posee la ira de los pálidos.
En estas semanas ha publicado una segunda entrega de sus memorias, Por decir la verdad (Planeta). Abarca de 2004 a 2015. Del fin de Aznar y la llegada de Zapatero a su despido de EL MUNDO, diario que fundó y dirigió durante 25 años. Recuerdo aquel día. Pedro J. dio un discurso vibrante subido en un plinto de folios. Estábamos todos. Compañeros y compañeras que lloraron. Otros quedaron huérfanos. A algunos les asomó el síndrome de Estocolmo. En las fotos se nos ve con cara de encina. Queríamos a este tío. Con todo, sabíamos que era quien era. La traición siniestra después de dar el queo de los Papeles de Bárcenas siguiendo el surco abierto por Raúl del Pozo lo derribó un poco. Pero lo humanizó ligeramente. Fundó El Español. Se hizo el más digital de los españoles y su obsesión es la audiencia. Ve oscuro el horizonte del oficio.
Hablando de esto el otro día con el director de hoy, Joaquín Manso, su sucesor más nítido, intuitivo y veloz, uno de los dos resumió el aroma de estas memorias como el Rosebud de quien no claudica ni claudicará. Es muy difícil hacer pie en la complejidad de Pedro J. Lo natural es ahogarse. Y que no se me olvide: sus cartas dominicales fueron (y son) la rompida de la hora para algunos políticos durante un cuarto de siglo español. Sabe escribir y sabe leer. Sabe atacar y sabe enfadar. Sabe esconder y sabe exhibir. Sabe dar miedo y sabe quién es. Según el momento sabe tener cada hormona en su sitio y acumula tras la frente despejada y bajo el peinado campo através toda la Revolución Francesa. La ha analizado y descrito en sus libros hora a hora. El poder le entusiasma y le calienta el corazón. La fascinación por el poder. De los directores de periódicos de Madrid, más allá de Anson, es el más leído, culto, mordaz, cabrón, sutil y fiero. Le debo dejarme hacer, claro que le debo, pero no tengo ninguna necesidad de hilar secretas virguerías acerca de su alma. Su alma es la que es.
Eso sí: algo nos vincula en este paisaje de tendales rotos que es España. Los dos fuimos testigos (me encargó él la crónica) de la realidad del entierro de Umbral. (Aunque me la jugó en el momento más delicado). Éramos exactamente ocho personas y dos enterradores. Nadie más. Caía un sol feroz a las 15.40 de la tarde del 29 de agosto de 2007 en un paisaje de árboles fugados. Del crematorio de La Almudena al columbario había, más o menos, la misma distancia que a Cuenca. Todos ellos tenían vehículo para llegar al nicho. Yo no. La familia salió disparada en un Peugeot y no quedaba una plaza libre. El fotógrafo Alberto Cuéllar subió a la moto y no tenía otro casco. Pedro J. y su ex mujer entraron en el Audi monumental, junto a su chófer y su escolta, y no me dieron sitio en el tanque. Desde la puerta del crematorio -donde habíamos estado juntos y en armonía esperando la urna con los restos- llegué al nicho por la piedad de los operarios del cementerio de La Almudena, en el camión de los muertos tras las cenizas de Umbral, y de milagro. Tiempo habrá de contarlo.
Lo que vengo a decir es que Pedro J., rebosante de dentelladas y caudaloso en enemigos, con más información acumulada entre los parietales que media España junta, fue el periodista más temido y denostado en aquel tiempo que despliega a su manera en Por decir la verdad y del que cada cual aprendió lo que supo aprender o lo que le convenía. Esa suerte tuvimos.

