Los grandes motores de la juventud han sido, por este orden aspiracional, el alcohol y el sexo, tanto como fin o como camino. En el beber se esconden una cantidad elevada de comportamientos, desde la sociabilidad hasta el mismo fornicio, ya que sin el alcohol las primeras relaciones sexuales jamás se habrían consumado por la barrera de la timidez y el pudor. En la botella hay desinhibición y placer, pero también miseria. En ella se esconden accidentes laborales y de tráfico, así como siempre he creído -no hay un estudio concluyente al respeto- el detonador de la violencia doméstica. Esto sin hablar del problema que conlleva la adicción si ésta existe.
Ambas acciones -el beber y el fornicar- eran un proceso de juventud que se depuraba con el paso de los años, se domesticaba trasladando el furor inicial a la moderación. No por deseo propio, sino por los dictados del cuerpo, que son severísimos. Pero sucede que de un día para otro la juventud le ha echado un pulso a la Naturaleza.
Los jóvenes de hoy tienen menos relaciones sexuales que sus padres y también que sus abuelos, los baby boomers, a su edad. La psicóloga Jean Twenge, profesora en la Universidad de San Diego, es quien más ha estudiado el fenómeno del declive sexual de los estadounidenses, que, desde el punto de vista del adolescente español de los años 90 que fue uno, nos parecían muy adelantados en eso de la premura del polvo precoz. Lo cierto es que en la mayoría de los países desarrollados no deja de aumentar la edad media a la que se pierde la virginidad. A pesar de la omnipresencia del sexo en internet que denuncian los educadores, la nueva generación siente más reparo hacia el desnudo. Creímos que con Tinder y sus sucedáneos se nos venía una orgía de satisfacción (y fluidos) y al final resulta que era mentira. Son tiempos en los que el acné ha dejado de ser sinónimo de cachondo.
La Generación Z reduce también el consumo de cervezas y bebidas espirituosas, que ha caído por segundo año consecutivo. Uno de cada cuatro jóvenes mayores de 15 años se declara abstemio. Son más sanos y menos sociables. Prefieren el móvil al botellón. Para darse cuenta basta con ver las estrategias de las marcas: no dejan de sacar bebidas sin alcohol para seducir a este público.
Este retroceso tendrá un impacto positivo o negativo, si bien de lo que no hay duda es que es revolucionario. La juventud ha cambiado de estímulos y gasolina por primera vez en cinco mil años. Algo que parece que todavía no ha sido estudiado con el rigor que merece.

