Se llamaba Nora y me abordó en plena Plaza de Castilla, justo cuando caía la luz y, junto al Obelisco de Calatrava, se podía apreciar la luna. Una medialuna sobre un lienzo azul. Nora iba corriendo de un lado para otro, su piel era morenita, llevaba gafas, coleta y una carpeta. Tenía dentro de sí todo el ímpetu de la juventud; no creo que tuviera más de 18 años. Yo estaba esperando el 66, sentada en un bolardo detrás de una de las marquesinas de esta zona de Madrid. Por delante de mí, pasaron unos cuantos 124 y otros tantos 147, tiempo que empleé, ya digo, en observar la luna, la ausencia de nubes, el cielo azulísimo, la luz cayendo y... a Nora.
También estaba escuchando música. Porque desde que he vuelto a hacerlo -viví durante un tiempo negádome la música in order to negarme el llanto- es lo que más me ayuda a sobrellevar el afuera (la calle, la tienda, el camino, el trayecto) y también lo que más me ayuda a alcanzar el adentro del bueno: el relajado, el que inspira, el que nutre, el que sirve para algo y, sobre todo, para que uno esté con uno y simplemente, como dicen en las meditaciones guiadas, sea.
Éramos: la luna, el azul, la escultura. Y una jovencita dando vueltas que, finalmente, acabó junto a mí contándome sus aventuras. Me dijo que llevaba todo el día a prueba, trabajando para una ONG -cuyo nombre he decidido omitir- que esperaba de ella por lo menos a un nuevo miembro: una persona que le diera su nombre y apellidos, teléfono, correo electrónico y domiciliación bancaria. Y que si lo conseguía, le daría trabajo.
Yo le dije que no, que no iba a hacerme miembro de nada. Y hasta le di razones: le expliqué que ya era miembro de dos organizaciones y no podía permitirme serlo de otra más. Ella entendió, me dio las gracias y siguió dando vueltas por Plaza de Castilla, abordando a desconocidos. Yo seguí esperando el 66 hasta que, de repente, la vi corriendo hacia mí para contarme que su compañera ya había conseguido uno. Añadió: «Por supuesto, la he felicitado, pero no me ha hecho ni pizca de gracia».
Con esta naturalidad al hablar de la propia asunción de pensamientos que no nos encantan me conquistó. Nora lo notó e insistió: «Por favor, ¿podrías apuntarte y, cuando te llamen, dices que has cambiado de opinión?». Sin contestarle le pregunté si estaba estudiando, y respondió que quería ser enfermera y se había matriculado en un sitio privado pero, ahora, se arrepentía, porque sus padres tenían que hacer un esfuerzo económico demasiado grande, ¡y que por eso necesitaba ese trabajo! Para aliviar la carga. Nora: eres la persona a la que más admiro en este momento.

