A juzgar por lo que cuentan los exégetas del relato sanchista, en La Moncloa viven en una permanente sesión de yoga. ¡Ommm! se escucha por los pasillos. Todo en calma absoluta. Meditación sosegada rodeada de paz y silencio. Nadie se inquieta, nadie se alborota, aunque extramuros el asedio no cese y los pepinazos hagan temblar hasta los cimientos.
En el complejo presidencial, al parecer, viven en otro mundo. Es cruzar la verja -mejor evitando la puerta que da a la Facultad de Estadística, porque allí anidan los periodistas y algunos son unos insidiosos-, y la fea realidad se difumina. Los pájaros gorjean en los jardines y en los despachos se cantan alabanzas al jefe. El colchón es mullido y los algodones, suaves.
Sánchez sonríe al ritmo de la cadencia, así como desganada, de sus propios pasos. Aquí no pasa nada, todo en orden, el tiempo pondrá las cosas en su lugar. El presidente está decidido a resistir frente a todo y frente a todos. Los bombazos son de goma, inventadas, bulos, fango, artillería reaccionaria, jueces golpistas, prensa ultra y... la odiosa UCO.
Pase lo que pase, tranquilidad. Todo es mentira. Hay que mantenerse firmes, se dicen unos a otros, porque sin nosotros, los puros de la progresía, los moralmente superiores, los abanderados de la democracia, el país se irá por el sumidero. ¡Socialdemocracia o barbarie!, resume Bolaños.
Esta es una pantalla. La otra muestra una película distinta. Haciendo flashback se ve al presidente, también sonriente, rodeado de leales apoyos. Es la primera escena. Después, uno de ellos enhebra un discurso ante un Congreso expectante. Clama contra la corrupción, aboga por un cambio regenerador y presenta a Pedro Sánchez como el héroe que hará limpieza en la patria. Un parlamento impactante. Lo pronuncia José Luis Ábalos. Nadie sospecha de maniobras ocultas, nadie barrunta lo que está por venir.
Pasa el tiempo, sigue la película, y aunque la basura empieza a asomar por el borde de las alfombras, se tapa cuidadosamente. Pero ya no cabe más. La última toma es larga y con numerosos actores. Todos protagonizaron las escenas brillantes del comienzo y ahora reaparecen, pero la pantalla es oscura y la historia negra: Ábalos cruza la puerta de la prisión. Koldo García, también. Y antes que ellos, Santos Cerdán.
De los cuatro jinetes del Peugeot, tres saborean la miel -quien dice miel, dice chóped- de Soto del Real. Sólo queda uno, el que les aupó, el que les dio poder, el que les defendió. Ese que, al parecer, no se enteraba de nada y ahora pretende seguir en la nube.
No lo tiene fácil, no. Las escandaleras brotan por doquier. Sus caballeros entre rejas amenazando con cantar la traviata; la esposa, enredada en una eterna imputación; el hermano, listo para sentarse en el banquillo; su fiscal general, condenado; los socios, desenganchándose; Puigdemont, en plan venganza. Y la UCO, la odiosa UCO, hurgando, desempolvando y escudriñando.
Un infierno que sólo se acalla tras los muros de La Moncloa. El refugio, el remanso de paz, la clase de yoga perpetua, la infusión de adormidera relajante, el coro de las alabanzas.
No es de extrañar que Sánchez tema salir. Ni él ni los que le rodean. Nadie querría. Lo de fuera es un merdel, una maraña pringosa, pura basura con patas. Pero es la cruda realidad. Y siempre, siempre, se impone.

