Tan «babosos», «asquerosos» y «deleznables» son los comportamientos de Paco Salazar, en palabras de la ministra Ana Redondo, como los de quienes (ellos y ellas), habiendo tenido conocimiento de sus bellaquerías, no las denunciaron. Pero, claro, no menos babosos, asquerosos y deleznables son los comportamientos de PSánchez, responsable político de ese Salazar a quien no pudo entregar la secretaría de organización del Psoe, sólo porque el escándalo se le adelantó unas horas. Y, por supuesto, responsable también de comportamientos aún más graves que le han llevado a arrastrarse ante Carles Puigdemont al que un día prometió traer él a rastras ante la justicia española.
A estas horas ya han dado la vuelta al mundo varias veces las declaraciones de Sánchez respecto de su íntimo amigo José Luis Ábalos, encarcelado por toda clase de fechorías.
Esas declaraciones se recordarán como modelo de cinismo (variación del clásico: «Hijo, aunque vuelvas a casa oliendo a puta, tú niega siempre; eso salvará tu matrimonio»; y mira por dónde ese consejo lo han estado cumpliendo literalmente hasta que Sánchez y su Gobierno, el Psoe, Ábalos, Koldo y Cerdán no han podido negar por más tiempo todo lo que sabemos).
A los asesores del presidente del Gobierno seguramente tampoco les habrá convencido el argumento cocinado por ellos. Pueden ser tan amorales como su jefe, pero seguro que serán un poco más inteligentes (tampoco necesitan mucho) y le habrán dicho que la única manera de colar un embuste tan grande como ese era soltarlo con la voz firme, a la carrera, como quien salta un regato afirmando los pies en piedras algo distanciadas y resbaladizas. Y eso hizo. Engoló la voz como es uso en él, y habló sin pestañear, sin mover ni un solo músculo de la cara (de los pocos que le quedan en ella, más dura que nunca): «Una cosa es que tuviera una confianza política en él, que la tuve, es evidente, y otra cosa es que desde un punto de vista personal era un gran desconocido para mí...». Al pisar esta piedra tuvo dos opciones, o soltar él mismo la carcajada y caerse al agua, o enfatizar las últimas palabras, esas que sus asesores seguramente le presentaron subrayadas con boli rojo. Y esto último hizo. Repitió con más seguridad aún si cabe, y fingiendo pesar: «un gran desconocido para mí».
La entrevistadora, Gemma Nierga, no le recordó a Sánchez a propósito de Ábalos lo que soltó en el entierro de Ernest Lluch, asesinado por Eta («ustedes dos que pueden, dialoguen por favor»), pero tampoco que Ábalos está en la cárcel no por la relación personal que mantuvieran, ni siquiera por las puterías del encarcelado, sino por los presuntos delitos cometidos desde los cargos políticos a los que el presidente de Gobierno le promovió y por el mal uso que todos ellos han hecho de la política (y que siguen haciendo, pues que ninguno de los implicados, de Begoña a Zapatero, pasando por toda la banda, está colaborando con la justicia ni ayudando a esclarecer esos delitos, que son muchos).
La intriga que tiene uno ahora es saber si los asesores de la Moncloa que improvisaron ese razonamiento para el presidente Sánchez son los mismos que le dieron a la portavoz del Gobierno Pilar Alegría el suyo. Porque va exactamente por el camino contrario.
Al tal Salazar se le apartó en julio de su puesto por una conducta en verdad abominable de puro cutre, pero desde entonces La Moncloa y el partido socialista han tratado de esconderla, olvidarla y convencer a sus víctimas para que también la olviden. Tampoco quieren colaborar con la justicia y ni siquiera han llevado el caso a la fiscalía. Y apenas unos días antes de que un periódico removiera el sucio asunto, ayer como quien dice, Pilar Alegría quedó citada con Salazar. ¡Para comer... y solazarse («salazarse» estrictu sensu)! De no haber habido foto del vituperio, tampoco nadie se hubiera enterado. Embarazosa situación, no cabe duda. Como la ministra Redondo, Alegría (alegría, alegría), al fin desenmascarada, envió por delante su gran lanzada a moro muerto. «Vomitivo... Vomitivo» (también lo repitió dos veces).
Pero aquí es donde los guionistas de La Moncloa debieron hacerse un pequeño lío. ¿Qué responder cuando algún o alguna no-nierga le preguntara qué hacía comiendo en noviembre con alguien tan baboso, asqueroso y deleznable a quien dijo, «si no recuerdo mal», se le había cesado en julio «de manera fulminante»? Ni corta ni perezosa: «El almuerzo [con Salazar] se circunscribe única y exclusivamente en el ámbito personal».
O sea, que si Sánchez trata de quitarse de encima la responsabilidad política parapetándose en la ignorancia de la vida personal de Ábalos, Alegría confía en que su relación personal con Salazar le preserve de cualquier responsabilidad política por unos hechos gravísimos que ella, como todo el mundo en La Moncloa y en Ferraz, conocía desde julio.
Durante estos últimos siete años el Gobierno ha negado que existiera nada parecido a «sanchismo». Tinta Libre, una publicación del gubernamental El País, sigue negando que en España haya sanchismo, pero le dedica su último bodrio al «Antisanchismo», en la línea de los guionistas de la Moncloa de afirmar una cosa y la contraria.
Nos depara el futuro un gran número de hechos que harán inverosímil cualquier novela futura, pero lo serán más aún las explicaciones irracionales que pueden confirmar la minoría de edad de siete millones de votantes socialistas.

