() Esta Navidad, ya anocheciendo, salí a hacer el último camino de Ache. La mataron hace 26 años. Siempre llega el momento de escribir cómo es posible que haya pasado tanto tiempo. Ache murió apuñalada una madrugada de noviembre, en una calle del barrio de Gracia. He escrito varias veces sobre ella desde que sus padrinos, buenos amigos míos, me dieran la noticia. Escribí en el primer aniversario, cuatro años después, seis, y la última vez hace casi quince. Cómo ha podido pasar tanto tiempo.
El 19 de noviembre de 1999, pasadas las dos de la mañana, Ángeles Chibán, Ache, salía de este lugar, el número 8 de la calle Bolívar, una calle corta y empinada, que va de la avenida de Vallcarca a la de la República Argentina. En los bajos estaba La Reina d'Àfrica, un antro juvenil donde había música, bebida y conversación. Iba, como tantas otras noches, de allí a su casa. Ache acababa de cumplir 21 años. Era salteña, de San Lorenzo, al norte de Argentina, pero vivía en Buenos Aires, con su familia. Había venido a estudiar Sociología en Barcelona y compartía un piso con amigas en Gracia.
La noche era de perros. Unos cuatro grados. Y, sobre todo, el viento. La edición catalana del diario El País daría cuenta en su portada, bajo una foto de Manolo S. Urbano: «Retirar árboles, ramas caídas y toldos rotos, y revisar fachadas. Ése fue fundamentalmente el trabajo de los bomberos ayer de madrugada, después que azotara Barcelona un fuerte viento con rachas de 82 kilómetros por hora en algunas zonas». Estaba más que justificado que alguno de los amigos con los que estaba saliendo de La Reina d’Àfrica se ofreciera a llevarla a casa. Pero no quiso. Era un paseo de 15 minutos y cuesta abajo. Ni la ruta ni la hora le intimidaban. Más de una vez había dicho que Barcelona era segura, a diferencia de aquel Buenos Aires. Una percepción justa. En 1999 hubo en Argentina 2.668 homicidios (7,4 por 100.000 habitantes). En España, 458 (1,2). La tasa argentina era más de 6 veces la española.
La plaza Lesseps que cruzo camino de la calle Torrent de l’Olla es distinta de la de ayer. No sabría decir cuál más absurda y siniestra. Voy caminando a una hora todavía confortable, mientras vuelven a casa las familias envueltas en vapor de escudella y acarreando regalos. Es verdad que sopla el aire de un crimen, pero Lesseps es un matojo de metales. Cuando Ache enfilaría Torrent de l’Olla —nadie ha dicho que lo hiciera ni consta que alguna de las escasísimas cámaras callejeras de entonces recogiera su paso, pero es el único camino lógico— pasaría por delante de una comisaría de la Policía en la esquina con Nil Fabra, que ya no existe. Tampoco las comisarías tenían entonces cámaras. La Policía estaba realmente activa aquella noche. Dijo El País: «La Guardia Urbana también se encargó, sobre todo entre las 22.00 y las 5.30 horas, de colocar vallas y contenedores movidos, y retirar algunas farolas, señales inutilizadas por el viento e incluso un par de semáforos partidos».
Ache caminaría 450 metros por Torrent de l’Olla. Se da por hecho que iba sola. Pero no es un hecho. La calle, ancha para un par de coches, es una de las dos principales del barrio. Las aceras son estrechas y creo que aún lo eran más entonces. El sentido del tráfico es y era de bajada y es probable que algún coche pasara. Menos fe tengo en que se cruzara con alguien, salvo, quizá, con su asesino. No sé si el ruido del viento silenciaría los pasos de uno que la estuviera siguiendo. Se calcula que eran poco más de las dos y media cuando giró a la izquierda por Robí, una calleja típica de Gracia, ancha para un coche. A mi lado apenas pasa nadie. Ache anduvo 140 metros por la calleja. Un par de minutos como máximo. Cabe pensar que detrás ya iría su asesino. Aunque no es imposible que él viniera de frente. Pero en ese caso solo podrían haber pasado segundos desde que la vio hasta que decidió atacarla. Es improbable.
He llegado yo también. Es un portal de dimensión considerable, que comprende dos fincas (la número 18 y la número 22), separadas por la entrada a un parking de uso privado. En el centro hay una garita acristalada de portero, con un sillón, vacía a esta hora. Detrás de la garita había un vestíbulo, en el que solían dormir vagabundos. Hoy el acceso está cerrado por una puerta metálica, pero fue en aquel hueco, resguardado de la vista de la calle, hasta donde el asesino arrastró a Ache, la trato de violar y donde acabó matándola.
Doy vueltas y pienso en Maurice Godwin, y en aquel libro, El rastreador, que leí hace 20 años, y sobre el que escribí, ya evocando la muerte de Ache: «Godwin está convencido de que el lugar donde actúa un criminal de este tipo es significativo, que el criminal tiene allí anclajes diversos que pueden conducir a su identificación. Puede que viva en la zona, que trabaje, que pasara su infancia o que residiera una antigua novia. El lugar, en fin, no es arbitrario». Cuando lo escribí no había ido al lugar. En todo el camino que anduvo Ache, y especialmente en los últimos 140 metros más solitarios, no había sitio de anclaje más idóneo.
Herida de muerte, la muchacha aún pudo decir al primer policía que la atendió que se llamaba Ángeles y habían intentado violarla. No pronunció otro nombre, así que no parece que conociera a su agresor. Aunque algunos vecinos dijeron que habían visto correr a un hombre encapuchado. Nadie sabe tampoco si el asesino conocía a Ache, aunque fuera de vista, o fue su encuentro tan letal como casual. Pero nadie me convencerá de que se trató de un depredador solitario que eligió el sitio por azar, cuando su víctima pasaba por allí. El asesino quizá no supiera que, cuando la atacó, Ache estaba a solo setenta miserables metros de su casa, nada más torcer por la calle de Santa Creu. Pero el asesino conocía ese portal. Viviría, trabajaría, tendría una novia o sufriría una infancia humillada: pero creo que esta ley de Godwin también se cumple.
Una noche de perros. Fue raro y mortífero que Ache se prestara a atravesarla. Pero tampoco parece la noche idónea para que hubiera un perro más. Cuando llegue a casa buscaré algún paper sobre la relación entre la meteorología y el depredador sexual. Pero mientras tanto razono sobre obviedades. El frío y el viento reducen el mercado de encuentros. No impiden el crimen, pero lo encarecen. Como cualquier animal de caza, el asesino evita un contexto de alto coste y baja recompensa. No era una noche ecológicamente favorable. El asesino iba armado con un cuchillo de 17 centímetros, lo que indica su intención. De modo que las circunstancias obligan a pensar que tal vez el asesino no buscara a cualquiera, sino a Ache, y que conociera con algún detalle obsesivo sus movimientos. Ni antes ni después hubo noticia en Barcelona de un violador con semejante machete, ni un apuñalamiento tan salvaje que dejara fuera los intestinos de la víctima. Llevo mucho tiempo preguntando por la vida de Ache. Por sus cronopios, y alguno que fingiera. Hay poco pasado a los 21 años. No se sabe que hubiera ni espacio ni tiempo para que cuajara una venganza tan pavorosa. Pero el mal también se inventa.
La Policía encontró al día siguiente, en las proximidades, el cuchillo dentro de una papelera y la bolsa de la víctima, que el asesino se llevó, debajo de un coche. En la bolsa había tabaco, un libro (El arte de amar, de Erich Fromm, escribieron en L'independent de Gràcia el 19 de enero de 2020) y algo de dinero. Ni en el cuerpo ni en la ropa ni en la bolsa de la muchacha la Policía encontró huellas ni restos de otro Adn que no fuera el suyo. Tampoco sacaron nada del cuchillo.
Va a llover.
(Ganado el 27 de diciembre, a las 16:57, y gracias a Margarita, del grupo de homicidios de la Policía Nacional, que hace veinte años me dijo que la tumba de Ángeles Chibán estaba abierta y que ningún policía admitirá nunca que sea imposible cerrarla; y que hace nueve días, al filo ya de jubilarse, repasó conmigo las dos cajas con todo lo que hicieron, censos de vagabundos, de cuchilleros, hospitales, coartadas, cárceles, cualquiera que la hubiese conocido, y que preguntándole yo al final por lo que cabría esperar solo dijo, amargamente, un trapo con su sangre seca, o que confiese)

