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La cariátide

Ser uno mismo en familia propia y ajena, en la sobremesa y en el café

Me pregunto si aún sucede que le invitan a uno a comer, en casa ajena como decíamos al principio, y se acaba comiendo algo que no gusta nada

Una familia comparte naranjas de postre en enero de 1943
Una familia comparte naranjas de postre en enero de 1943Hermes PatoEFE
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Despertarse en casa ajena entraña casi siempre algo de misterio. Uno se pregunta si será mejor ducharse antes de aparecer en el desayuno o si puede permitirse acudir en bata y zapatillas a un café con leche compartido. O lo que toque, porque si algo tienen las familias es que cada uno de los miembros puede ser de su padre o de su madre. De forma que la bandeja del café, haga usted la sobremesa en el comedor, la cocina o el salón, se convierte en una pequeña obra de arte y también de ingeniería.

Está el que lo toma con la leche ardiendo, el de la leche fría, el del solo, el del cortado y el que parece toffee, de tanto azúcar que lleva. Luego están las medidas. Hasta aquí de café, hasta aquí de leche. Y como me la pongas caliente, me estás fastidiando este placer del que tantos seguimos disfrutando. Aunque en mi caso prolifera más el descafeinado, he de confesar. Confesaré más: hay en los Yanke cierta tendencia a la hipertensión y no me he escapado de tenerla. Solemos también tener la nariz grande y los ojos claros y, cuando llega la Navidad, somos capaces de disfrutar sólo con platos fríos, lo que antes se solía llamar entremeses.

No necesitamos calderetas de ningún tipo, ni cordero ni pavo asado ni consomé ni sopa de pescado. Podría resumirse en aquella cita de Ana Karenina en la que se afirma que «todas las familias felices se parecen unas a otras, y cada una es infeliz a su manera». Yo es que siempre fui más de Milan Kundera, y no únicamente de La insoportable levedad del ser, aunque guardo un especial cariño por un personaje -si se le puede calificar así-: Karenin. Qué tiene que ver Tolstói con el de Brno pues no lo sé ahora mismo, porque cada uno, también, lee o enlaza como le da la gana.

Me pregunto si aún sucede que le invitan a uno a comer, en casa ajena como decíamos al principio, y se acaba comiendo algo que no le gusta nada. Si superadas ya tantas cosas la costumbre es ahora otra: decir, educadamente espero, que las endivias con queso gorgonzola y nueces resultan imposible de ingerir, y que el anfitrión se las apañe con la cuestión, que yo solucionaría preguntando: «¿Te hago una tortilla? ¿De queso? ¿De espárragos? ¿De atún? ¿De cebolla?».

Llegados a este punto, diré la verdad: mi intención era hablar de cómo ser individuo dentro de la propia familia y cómo seguir siendolo en otros contextos. Cómo aprender a tener mano izquierda, a callar cuando corresponde y a hablar cuando sea necesario o si a nosotros nos lo parece o nos sale a cuenta. La libertad está guay, pero la mesura también.