Sidney Sweeney ha vuelto a dar la campanada en los Globos de Oro sin llevarse ningún premio. La actriz norteamericana confirmó que no los necesita al acaparar en la alfombra roja el mismo foco que en la prensa mainstream, que este año ha cubierto todos los charcos políticos en los que se ha ido metiendo hasta convertirse en icono del trumpismo genético (gracias a aquel anuncio de vaqueros que se veía como un accidente).
La fórmula Sweeney, un éxito de público crucificado por la crítica que asegura la escalada en vertical de su caché, entronca con una iconografía de belleza despectiva que atraviesa siglos de arte y de cine. Seductoras desde el desdén cuya estética apela a ese obstinado empeño de la naturaleza humana en inclinar la cabeza ante un desprecio que asume como superioridad. Y que la diva se ha esforzado por cultivar a base de intentar agradar lo menos posible.
El mensaje es que la belleza ni pide permiso ni busca complicidades emocionales: la belleza subyuga. Una actitud alineada con estos tiempos neocoloniales en los que el amor y la política campan convertidos en juegos de suma cero en los que la cosa no va de negociar, sino de asegurar vasallajes y extraer recursos (ya sean tierras raras, sexo o afecto). El estandarte cultural de ese nuevo mantra geopolítico son estos rostros que encarnan que no han venido aquí para ser amables, sino para avisarte de que en el mundo que viene también hay que ser preparacionista emocional y hacerse una mochila autosuficiente para sobrevivir sin necesitar en absoluto a los demás.
El modelo no es nuevo, viene moldeándose desde un hieratismo bizantino que separaba lo humano de lo sagrado para desembocar en la expresión de una feminidad renacentista que consideraba plebeya la sonrisa e ideal aquello de permanecer imperturbable. El cine heredó y amplificó esa tradición consagrando el arquetipo de mujer fatal. Una soberana chorrada que Laurent Bacall deconstruyó felizmente a su vejez en una entrevista en la que le preguntaron por su famosa mirada felina: «Era tímida y me daba vergüenza mirar de frente». Pero el cuento era rentable y en los años 40 se explotó a conciencia: Greta Garbo convirtió el desapego en misterio. Marlene Dietrich, en superioridad moral. Bette Davis, en arma dramática. La diferencia con Sweeney es que todas ellas manejaban el arte de ser arrogantes sin resultar antipáticas.
Aunque es mirar sus fascinantes bellezas intocables y pensar en el trabajito que debe dar lo de ser todo el tiempo inaccesible.

