Dicen que los cines agonizan, como viejos faros que apenas parpadean sobre la penumbra de unas salas vacías. Pero algunos siguen empeñados en protagonizar batallas de supervivencia tan épicas como las que libran las pantallas de sus vientres. En Madrid están el de Embajadores, un pulso a la gentrificación que avanza desde Lavapiés en un enjambre de maletas traqueteando día y noche sobre el pavimento. El último domingo de lluvia se llenó de creyentes en una religión que ha ido desangrándose de fieles a manos del streaming. Acudían a ver la reposición de Centauros del desierto, un western de otro siglo capaz de rebajar la aspereza de este enero destemplado para hacer honor a su condición de clásico. Es decir a su rotunda modernidad.
La película de John Ford es uno de los testimonios más escalofriantes jamás filmados sobre el racismo en EEUU. John Wayne encarna en él a un supremacista producto de una lógica cada día más en vigor con el trumpismo: la nación construida sobre la frontera, la exclusión y la violencia. El outsider que no persigue el orden ni la justicia, sino la pureza y la jerarquía. El vaquero -desabrido, sarcástico, cruel y (por eso mismo) tremendamente solo- que divide el país en blanco y negro. A un lado los que pertenecen a la nación; al otro, los que deben ser expulsados en función de categorías identitarias. El gesto le convierte en figura central del mito americano: el guardián racial de una supuesta frontera moral.
Al salir del cine me acordé del nombramiento días antes del nuevo zar de frontera del Gobierno de cowboys que opera desde el fuerte de la Casa Blanca. Una figura sin espuelas ni caballo que picar contra el crepúsculo incendiado de Monument Valley, pero con el mismo espíritu bajo la corbata: Tom Homan, ex director interino del ICE y traducción contemporánea de Ethan Edwards, el personaje de John Wayne. El hombre que contempla la diferencia como amenaza, la compasión como debilidad y la fuerza como derecho. Homan -un moderado frente a su colega Greg Bovino, al que han descabalgado por la violencia de la represión en Minneapolis- ha defendido redadas masivas, separaciones familiares y deportaciones exprés como necesidades para «restaurar el orden». El mismo desplazamiento moral que en Centauros del desierto permite a John Wayne plantearse si su sobrina sigue siendo humana tras convivir con los comanches.
Al final, Ethan queda fuera del hogar, literalmente en el umbral. No encaja en la comunidad que dice defender. Un destino paradójico para quien construye por la fuerza una nación a la que nunca llega a pertenecer del todo.

