Muchas personas no se conforman con ser personas. Quieren más y, llegado el momento, sin saber cómo, se convierten en personajes. Entonces es cuando descubrimos que el personaje se ha comido a la persona. Esto seguro que les suena.
Cuando éramos pequeños cada cual estaba en su sitio. Un mundo pequeño y pobre en su simpleza. El boticario no quería ser el cura y el alcalde no quería ser el médico. Había que conformarse, decían nuestras madres.
Tardé bastante en darme cuenta de que muchas personas se habían convertido en personajes sin yo enterarme. De repente un día aparecían diciendo y haciendo cosas raras sin que ellas ni ellos mismos se dieran ni cuenta.
La razón por la que se produce esta metamorfosis es la primera entrada de la RAE: «Personaje. Una persona de distinción, calidad o representación en la vida pública». La vida pública es el escenario. El lugar donde algunas personas se cambian gustosas por su representación, por la fama, por el poder, por la distinción, porque les miren, porque les halaguen, porque nadie les tosa, porque allá donde vayan sean los protagonistas.
Como ya soy mayor, he presenciado muchos fenómenos de este tipo. Y no me refiero a las personas que han sido elegidos presidentes del Gobierno y acaban convertidos en personajes. Eso es hasta lógico. Presidente solo hay uno cada vez.
Me refiero a los escritores que no se conforman con vender libros, tener premios y que les paguen mucho; también quieren ser guías espirituales y temporales de España y, en algún caso, del mundo entero. Me refiero a cargos políticos pequeños o medianos que se creen presidentes y confunden su perfil de redes con la realidad de la calle. Me refiero a personas que llegan a la sede de alguno de los poderes del Estado y caen en todas las adicciones posibles pensando que la vida es Jauja y que ellos sí son distintos, y sí se pueden permitir lo que no se pueden permitir.
Me refiero a colegas periodistas que, además de periodistas, quieren ser famosos y dictar a la política lo que tiene que hacer. Y a otros que se levantan pensando en que los 40 millones de españoles no desayunan ni comen ni cenan hasta que no escuchan su opinión para saber qué es lo que tienen que pensar. Y, claro, no tienen otro remedio que proporcionar criterio a sus fieles devotos. No vaya a ser que acaben descarriados y perdidos por la vida.

