Es una pena que al Rey no le haya surgido ningún acto importante que le obligara a ausentarse en unos días de la fiesta que se ha organizado en el Congreso para exaltar que nuestra Constitución se convierta en la más longeva de la historia de España. Y es que, por más pompa y solemnidad con la que se quiera revestir el acto, se antoja una ocasión menos de celebración que para un oportuno tirón de orejas a la clase política que nos ha tocado por su crónica desidia, que tanto está contribuyendo a agrietar la democracia. Meter ahí al monarca en danza ya se sabe que sólo sirve para diluir responsabilidades que no le atañen y como trampantojo de correcto funcionamiento institucional por más averiado que se encuentre el tinglado.
La Constitución del 78 fue un extraordinario éxito colectivo de cuyas rentas, cierto es, nos seguimos beneficiando bastante casi medio siglo después. Pero, por desgracia, el que esté a punto de ser la que más tiempo ha estado vigente desde 1812 realmente no tiene más mérito que la incapacidad manifiesta de los principales partidos para consensuar otra mejor. Ni siquiera podemos solazarnos con que la Carta Magna haya envejecido jovial, con el alicatamiento necesario y reformas estructurales que la robustezcan. Que en ese caso ya sí habría motivo para tal guateque en el Hemiciclo. La realidad es que nuestra Ley de leyes apenas ha sufrido tres remiendos minimísimos, entre ellos aquel acuerdo con nocturnidad y alevosía para lo del principio de estabilidad presupuestaria sin que se enterara de qué iba el asunto el respetable, cuando la crisis nos comía vivos. Vamos, que lo que van a celebrar las Cortes, ni más ni menos, es que la Constitución puede seguir tal cual otros cuatrocientos años, dado que el enconamiento, la incapacidad de pacto y el sectarismo político puede que hagan ya inviable que en esta España nuestra se repita un milagro de concordia como el del 78. Pues menudo jolgorio; la fiesta que le toca presidir a Felipe VI va a parecer más bien un velatorio.
No queramos tanto a la Constitución, y querámosla bien. Y, más allá del cinismo que suponen los reiterados incumplimientos de su espíritu y letra por parte de muchos de los que la homenajearán en ese acto, otros muchos se rebozarán en el consabido boicot no menos demagogo, lo que cabría por el bien de todos es no persistir en el empeño por convertirla en un fósil, en "una coraza que protege al sistema político de la gente", en expresión de Fishman y Sánchez-Cuenca, autores de Las huellas de la Transición. De esa complacencia debe huir el Jefe del Estado como de la peste si quiere dignificar la alta institución que encarna y no aparecer ante la ciudadanía como un legitimador externo de la esclerosis partidista.
A la misma Corona la perjudica sobremanera que no haya forma de emprender reformas constitucionales urgentes. Sin ir más lejos, cuanto más tiempo pasa sin que cambiemos el artículo que da prevalencia al varón sobre la mujer en el orden sucesorio, más morrocotudo puede ser el lío. Las próximas legislaturas se antojan cada vez más polarizadas, con las fuerzas antisistema a diestra y siniestra ocupando crecientes bancadas en el Hemiciclo. El concierto para modificaciones por el procedimiento agravado como la citada si hoy es difícil mañana tal vez sea sencillamente imposible, y cuando venga, que tendrá que llegar, algún nacimiento, todos a cruzar los dedos como con el segundo embarazo de Doña Letizia para que sea niña y solo niña. Pero nada, celebremos.

