Cuando PSánchez empezó a hacer lo que prometió que no haría (dormir con Pablo Iglesias, pactar con terroristas e independentistas, los indultos, la amnistía), se vio claro que quería volver locos a quienes no fueran de acuerdo con él. Ahora que ya solo dice lo contrario de lo que está haciendo, se ve que ha decidido volver locos también a los suyos. Este es ya un país enloquecido.
No se puede sostener que todo funcionaba correctamente antes del accidente de Adamuz que ocasionó tantas muertes, y ponerse al día siguiente a revisar, apuradísimos, la red ferroviaria, destinando millones al arreglo de unas vías que horas antes se encontraban, decían, en perfecto estado; no se puede porfiar asegurando que nuestro ferrocarril es de los mejores del mundo cuando el país entero sufre cientos de trayectos cancelados o interrumpidos y retrasos con estaciones tomadas por miles de pasajeros ya ni siquiera furiosos (esa fase quedó atrás hace ya meses), solo abatidos y a punto de la anulación, intoxicados de lexatines. Esto lo ven hasta los más ciegos de sus votantes, sin capacidad de discernir lo que es real de lo que les cuenta el ministro de Accidentes, ÓPuente.
No obstante, hay algo en el cerebro de algunos de ellos que empieza a carburar: se están bajando del tren que ellos mismos lanzaron a su loca carrera, y anuncian (Felipe González), como quien pone una pica en Flandes, que votarán en blanco en tanto siga a los mandos el mismo maquinista (si consideran que cruzarse de brazos es suficiente para arrancarlo de la locomotora, allá ellos; algunos habrá que decidan hacer ese trabajo limpio, y a esos tendrá FGonzález que darles las gracias algún día, al final del trayecto).
Tampoco es descartable que PSánchez esté enloqueciendo él mismo, y así lo abonan sus improvisaciones, sus miradas cada vez más ausentes y ese aspecto enfermizo que recuerda un poco a los tristes y polvorientos faquires y tragasables de los circos de nuestra infancia.
Ese acabamiento vemos también que se va contagiando a su entorno familiar y político. Sus ministros y delegados en toda España, a los que se les veía hasta hace poco de lo más verbosos, no pasan ahora de ser una recua que mira a uno y otro lado con ojos febriles, aplanada y medrosa, sin saber qué decir, temiendo el nuevo disparate que se le ocurra al recuero. Si antes no gestionaban por estar en la agitprop, ahora tampoco; cada cual parece estar pensando en cómo sortear su cesantía. Si no fuera porque no dan ninguna lástima, se dirían dignos de compasión: en Aragón primero escondieron las siglas del Psoe, y ahora se esconden detrás de un muerto, al que culpan de aquel desastre. Ya bipolares.
Y esa demencia ha empezado igualmente a contagiar a sus socios: que Gabriel Rufián, un pobre diablo, sostenga que «ha habido un discurso independentista que quizá era excluyente, incluso ofensivo» (¿quizá, incluso?; este sí que es un «resumen lírico» del procés), sólo es comparable al nuevo eslogan de la extrema izquierda: «Un paso al frente»... de Juventudes. Tienen ya el himno: «Montañas nevadas / banderas al viento, / el alma tranquila. / Yo sabré vencer».
Solo en algo lleva razón PSánchez: la crispación va en aumento (¿y cómo no?), pero cada vez habrá menos muro; a poca cordura que quede, la gente acabará teniendo que escoger entre el muro o jugarse la vida subiendo a un tren. Demasiado paciente se ha sido con los atracones de corrupción, de los fraudes y de los burdeles. Normal que la gente se pregunte qué más tiene que suceder para poner fin a la monomanía de PSánchez.
No tendría nada de extraño, pues, que algunos, desmoralizados, ya solo confíen en la visita de alguien, como en El mandarín, la fábula de Eça de Queirós: el diablo promete a Teodoro, un triste escribiente lisboeta, la fabulosa fortuna de un mandarín chino. Para que esa herencia pase a él, solo tiene que hacer sonar una campanilla y el mandarín, a quien no conoce de nada, morirá en China. La historia de Fausto, más poética, no era tan cruel: Fausto vende su alma por amor al conocimiento, y Teodoro, por dinero.
Yo en ningún caso haría sonar la campanilla, pero algunos otros tratos podría hacerlos a cambio de nada («gratis total» dicen en el Rastro).
Alguna vez he pensado qué haría uno si el diablo se presentase en casa, qué podría ofrecerle a cambio de que abreviara él esta demencial agonía sanchista.
Se ha dicho que «todo el mundo tiene un precio» (en el cine Una proposición indecente), pero a estas alturas de mi vida, cotiza uno ya poco: mi alma no valdrá gran cosa (el alma humana ya no es lo que era) y después de estos siete años de Gobierno, el juicio, si me queda algo, tampoco valdrá mucho. ¿Y humor? Quiero pensar que algo ha retenido uno (me he reído días pasados con la gran Rosa Belmonte, que habrá aprendido, como don Jacinto Benavente, que en España hoy no se puede hablar a tontas y a locas), y por eso me lo pensaría. Porque ¿cómo soportar sin humor a los que quieren convertir este país en un triste Hospicio como aquel del Nuncio de Toledo del que hablaron Lope y Cervantes?
Por esa razón escribió este su Quijote, el falto de juicio. Así que el humor no nos lo toquen. O sea, que me temo que el diablo, en mi caso, tendría que probar suerte en otra parte. Y mientras tanto, paciencia y barajar, que decía también Cervantes.

