Petronila 37 años. Degollada por su ex pareja en Madrid. Pilar, 38 años, apuñalada por su ex pareja en Quesada (Jaén). Czarina, 43 años, degollada por su marido en Las Palmas de Gran Canaria. Isabel, 58 años, asesinada por su marido en Olvera (Cádiz). María del Carmen, 78 años, asesinada por su marido en Badajoz. Victoria, 33 años, apuñalada por su ex marido en Alhaurín el Grande (Málaga). Belén, 52 años, asesinada por su ex pareja en Mos (Pontevedra). Ana María, 64 años, asesinada por su ex pareja en el centro de salud donde trabajaba como enfermera.
Las noticias de asesinatos de mujeres se suceden como si nada. Muchas de las asesinadas habían denunciado. Algunas habían retirado la denuncia y seguían viviendo con su agresor.
Los asesinatos conviven en el tiempo y en el espacio con otras noticias que, siendo distintas, se parecen. Lo llamamos violencia machista, pero realmente es una violencia de poder, del poder que ejercen los hombres sobre vidas, haciendas, y mujeres. Poder jerárquico, poder emocional o el poder putrefacto de Epstein. Príncipes, princesas, prohombres de la intelectualidad de izquierdas, amos del universo tecnológico, directores de cine, ex presidentes de EEUU, primeras damas, presidentes de EEUU, ministros, millonarios, gurús del bienestar y del malestar. La lista del Gotha que corrompió el tal Epstein es increíble, de puro infinita. Adictos a las «chicas» y los menores que les proporcionaba el magnate para su esparcimiento. Los pobres al servicio del poder de los ricos. El poder que se ejerce en la impunidad, sencillamente, porque desde la cima del mundo se creen con derecho hacerlo. Y aunque siempre van rodeados de asesores, secretarios, colaboradores, amigos, guardaespaldas, informáticos, amas de llaves, chóferes, sastres, camareros, y de espejos, nadie supo de los abusos, nadie vio a las víctimas invisibles.
Otro personaje ha venido a sumarse a esta tanda de noticias. Una inspectora de policía ha denunciado por violación con pruebas fehacientes al máximo jefe de la Policía Nacional. Que se dice pronto. Por la mañana perseguía a los delincuentes y por la tarde se comportaba como tal con su subordinada. Lo hizo porque podía. Porque ella le gustaba y todo lo que le gustaba era suyo. Y lo hizo sin que nadie supiera nada. Estaba rodeado de gente a todas horas, pero nadie vio nada de lo que hacía, nadie oyó nada, ni conocían a la inspectora, ni en la oficina la vieron triste.

