Los agoreros decían que, con la mayoría conservadora en el Supremo, la dictadura de Trump era cuestión de tiempo. No tenían en cuenta que en EEUU la separación de poderes es real y que tres de los magistrados que parecían más proclives a apoyar las políticas de Trump votarían con los demócratas para anular la mayor parte de los aranceles.
Hace seis años, cuando Amy Coney Barrett, una de las que Trump denomina traidoras, sustituyó a la venerada Ruth Bader Ginsburg, se vino a decir que la juez, con una carrera brillantísima, se dedicaría a lamer la suela de los zapatos del republicano para agradecerle su nombramiento.
Tengo una amiga listísima que estudió Derecho con ella y que se declara republicana de Chappaqua, el mismo distrito en el que vive Hillary Clinton y que vota masivamente progresista. Para ella, cada vez que Amy Coney Barrett se une a los progresistas en el Supremo (y con ésta ya van seis veces), lo hace por miedo a la presión de la opinión pública. Sin embargo, seguramente lo hace porque es una excelente jurista, con un criterio propio en el que prima el respeto a la ley. Eso es lo que parece traslucir en Listening to the Law (Escuchando la ley. Reflexiones sobre el Tribunal Supremo y la Constitución), en el que explica el funcionamiento de la Corte y su experincia personal.
Uno de los factores negativos por los que los medios progresistas despotricaban contra el nombramiento de Amy Coney Barrett era que fuera católica y madre de siete hijos, lo que, según ellos, condicionaría su postura ante al aborto.
Es curioso observar la equidistancia de ciertos gobiernos, como el de Pedro Sánchez, entre Estados Unidos y China. Trump saldrá de la Casa Blanca en 2028, con pérdida de mayorías en otoño si se cumplen las previsiones para las midterms, y Xi ya ha decapitado a la mayoría de los generales y rivales que podían cuestionar su gobierno, que ha superado ya los dos mandatos que se habían impuesto tras la muerte de Mao. Por otro lado, el ingreso en prisión de Jimmy Lai prueba que no tiene intención alguna de respetar ningún compromiso con la libertad de expresión.
Los contrapoderes de la democracia frenan, de momento, las políticas de Trump (¿acaso no están socavando los medios su credibilidad en el caso Epstein?); sin embargo, China sigue firme en su camino de apuntalar la dictadura. Esto deberían tenerlo claro los gobiernos de Europa. También el de Sánchez.

