Es el género de la autocita uno de los que practico con más gracia y desenvoltura. Escribí el 28 de agosto del año pasado que, aunque la tradición política española poco tiene que ver con la americana y por lo tanto con las obligaciones de sus presidentes de detallar los niveles prostáticos, «una súbita pérdida de peso y un deterioro físico como los de Sánchez merecen una explicación oficial y pormenorizada. La salud del presidente no es un asunto privado». Este lunes, Libertad Digital publicaba a primera hora de la mañana que el presidente está tratándose de una dolencia cardiovascular en el Hospital Ramón y Cajal de Madrid y citaba al jefe de Cardiología, José Luis Zamorano, como uno de los doctores que lo atiende. A media tarde ni La Moncloa ni el Hospital Ramón y Cajal habían reaccionado ante la información.
Hace meses que el Gobierno debió publicar un informe sobre la salud del presidente, cuando su deterioro físico se hizo obvio para cualquiera. Y no, desde luego, porque el presidente deba adherirse forzosamente a esa regla tan querida por la izquierda sixty de que lo personal es político. Por supuesto que lo personal no es político, excepto para los políticos. El presidente del Gobierno ejerce un poder delegado. Mi poder. Y los ciudadanos votan no solo un programa sino la aptitud para llevarlo a cabo. La capacidad funcional para ejercer un cargo pertenece a la esfera pública y la obligación del que lo ejerce es liquidar ante el público expectante cualquier sospecha de disfuncionalidad. Este presidente tiene la palabra transparencia todo el rato en la boca: y la exige a sus funcionarios, a las empresas y muchas veces a los genéricos ciudadanos. No es preciso que desclasifique sus historiales médicos, pero la coherencia institucional exige al que ejerce el poder que acepte estándares reforzados de control. El presidente es un funcionario; interino, pero funcionario: muchos de su condición deben probar su buena salud antes de ocupar plaza. Otra palabra grata a la boca presidencial es bulo. El bulo aplicado a la salud genera inestabilidad y desgaste institucional. Pero contra él solo hay una respuesta eficaz: el desmentido. Recordando, por supuesto, que desmentir no es simplemente negar. Es negar con pruebas. Y la carga de la prueba de su buena salud corresponde al presidente, que llegó a reconocer su notable adelgazamiento y su mala cara sin dar detalles de las causas.
Y lo principal, presidente Pedro Sánchez. La necesidad de que usted tranquilice a los ciudadanos.

