El aspecto más perturbador del caso de Móstoles no es si las acusaciones contra el alcalde son ciertas. Eso lo determinará la justicia. Lo más preocupante, en este y en casos similares, es que la misma jerarquía que posibilita los supuestos abusos sea la responsable de investigarlos. No se me ocurre una cadena de mando tan carente de neutralidad como la que recorre un partido político. Cuando la conducta la determinan la gestión reputacional, el cálculo electoral y la ambición de ascenso o permanencia, los incentivos no se alinean con la transparencia, sino con la contención.
El alcalde dice que todo es una fabricación de Moncloa para tapar las «miserias del PSOE». Es una acusación extraña. Sánchez es hábil cortinista de humo, pero no lo veo añadiendo al alcalde de Móstoles a su lista de hombres indeseables: «Donald Trump, Elon Musk y Manuel Bautista». No lo veo. Tampoco que una mujer que militaba en el Partido Popular desde hace años denuncie en falso a su superior a instancias de Moncloa. Cosa distinta es que Moncloa lo esté utilizando para dañar al PP. Y, en todo caso, nada tienen que ver estas batallitas con que la acusación sea cierta. Y si, como repiten desde el PP, todo es una fabricación de la víctima, se hace menos comprensible que no hubiera una investigación cuidadosa para esclarecer los hechos desde el primer momento.
Las acusaciones de acoso en política son especialmente corrosivas porque ponen a prueba no solo la conducta individual, sino la credibilidad del sistema. Y los partidos gestionan las denuncias internas con menos integridad que una peña. Ni el Partido Popular ni el PSOE ni Sumar han entendido que no les corresponde determinar la culpabilidad del acusado. Tampoco la credibilidad de las instituciones democráticas depende de que las acusaciones sean ciertas. Depende de que los ciudadanos crean que dichas acusaciones serán examinadas con independencia y rigor.
Cuando la víctima pidió ayuda, el Partido Popular no estuvo allí, y hoy repite que no hay caso, como si eso les eximiera de la responsabilidad de responder. Imaginen a unos bomberos que deciden ignorar una alerta porque no dan credibilidad a la llamada. Quizá estén en lo cierto y no haya fuego, pero su responsabilidad no es juzgar, sino acudir. Una acusación de acoso no es una sentencia. Es una alarma, y las alarmas siempre requieren respuesta.

