Ha muerto la madre de un amigo. Muy mayor, sin dolores, sin sufrir, durmiendo. Firmaría yo una muerte así, pensamos y decimos todos. La orfandad, sin embargo, no tiene edad. Duele y no deja de doler, seas joven o mayor. La orfandad abre un inmenso cráter en el cuerpo y en el alma y un agujero debajo de los pies por el que te caes sin remisión.
Por ese desamparo nos caemos todos. Algunos más temprano y otros más tarde. Yo, tú y él. Él. Emmanuel Carrère, uno de nuestros escritores más queridos, leídos y admirados. El escritor francés, qué suerte pensamos los de aquí abajo, ha llorado en un libro la vida y muerte de su madre. Koljós es el homenaje póstumo que todos los huérfanos querríamos para nuestra madre.
«Quise a mi madre en la infancia como nunca en la vida he querido ni querré a nadie». Ese amor sin límites ha modelado la vida profesional, sentimental y psicoanalítica de Carrère. Ese amor lo ha convertido en gran literatura de alto impacto emocional. La gloria literaria es la mayor de todas las glorias. El escritor persiguió la gloria de su madre. Hasta que la logró. Tenía pendiente el duelo ante el universo entero. El hijo que nunca creyó estar a la altura porque era imposible estar a la altura de una mujer que era la reencarnación de la República Francesa, la historiadora de culto, la zarina, la descendiente de una estirpe de príncipes rusos y nobles georgianos.
La madre de Carrère no era una madre amorosa. Y él nos cuenta cómo ha cargado con esa cruz en sus relaciones amorosas. La madre de Carrère murió como la mía, que no tenía su estirpe ni había ido a la escuela, pero sí era madre amorosa, abnegada y hacía fácil la vida de la gente. Me conmovió que los detalles de sus muertes fueran idénticos. Murieron de cáncer, con el cuerpo a la vez raquítico e hinchado, con la boca abierta y la respiración agitada, sin querer dar pena, todo está bien, dijeron al confesor, a sus hijos, y a sus amistades. La de Carrère murió a los 94, la mía a los 65.
La de Charline, pareja del escritor, a los 56. «No somos iguales ante la muerte. Tu madre tiene médico, confesor, prepara sus funerales del Estado, tu madre es Luis XIV. Tienes reconocimiento como escritor, salud excelente, buenos genes, ningún problema de dinero, y te has convertido en un especialista del sufrimiento psíquico», le dice ella bajándole del Olimpo donde su madre está enterrada. Junto con todas las demás.

