COLUMNISTAS
Bajad las armas

El hombre detrás de la mujer que va detrás del hombre

En la añoranza del romance clásico se percibe el fracaso de un empeño ideológico: la demonización del amor romántico

Margot Robbie y Jacob Elordi, durante la promoción de 'Cumbres borrascosas'.
Margot Robbie y Jacob Elordi, durante la promoción de 'Cumbres borrascosas'.AP
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Después de llegar a la política y al fútbol era cuestión de tiempo que la nostalgia alcanzase también al amor. Cómo será la cosa que Cumbres borrascosas -la película, no la novela- acumula semanas en lo más alto de la taquilla contra las advertencias unánimes de los críticos. Dicen que las salas huelen a derrame de hormona tontorrona. Y que manadas de zetas anhelantes de amores analógicos se internan en esos extraños hangares mal iluminados que los buméridos llaman cines.

¿Qué misterio persiguen ahí dentro capaz de compensarles la privación de dos horas de actividad en Instagram o TiKTok? Buscan aquello que su época les ha vedado: una historia de amor sin internet. Una pasión como Dios o el diablo mandan, protagonizada por el galán del momento y la mujer de bandera: Margot Robbie y Jacob Elordi. O sea, lo de siempre. Y en concreto, lo de siempre que alguien pensó que podía dejar de ser lo de siempre en virtud de una turra minoritaria parida en cuatro seminarios autopercibidos como mediterráneos y divulgada por tres podcasters de pelo azul subvencionadas por el ministerio. En la desacomplejada añoranza del romance clásico percibimos el fracaso de un empeño ideológico: la demonización del amor romántico. Quizá porque, como sabrá Woody Allen, la manera de acabar de una vez por todas con el amor romántico nunca fue cuestión de teoría sino de práctica.

Y mientras la vida sale a su encuentro, la muchachada ve vídeos de futbolistas a los que no ha visto jugar, vota a partidos que prometen restaurar los valores de regímenes que no ha vivido y manifiesta su contracultural aspiración al compromiso monógamo que se juraron sus abuelos. Si esta tendencia se confirma, entonces la moda del hombre performativo, la estrategia del aliado que finge su propia emasculación cultural para acceder al interés de la feminista de buen ver, tiene los días contados. No digo que vuelva el hombre, como en el anuncio de colonia, sino que empieza a marcharse el niño: el efebo indiferenciado sobre el que cierta industria de la extravagancia pretendió levantar una imposible hegemonía.

Sin irnos más lejos, los mileniales más viejos o los equis más jóvenes podríamos fascinar a los zetas con el relato de nuestros usos amorosos. Contarles la sensación de marcar el teléfono fijo de la casa de nuestra novia desde una cabina de teléfono, y que cogiera su padre. Enseñarles el cajón donde guardamos nuestra amarillenta colección de cartas manuscritas, tapadas por las cintas de canciones grabadas directamente de Los 40. Sería interesante sentarnos juntos a contrastar el tiempo en que ellas los preferían sensibles con este otro tiempo en que vuelven a preferirlos machos, porque están de sensibles hasta el moño.

No sé si atribuirlo a la ingeniería social, a una cuestión de carácter o sencillamente a la buena educación, pero en mi quinta solo veo varones satisfechos del equilibrio alcanzado entre trabajo y hogar. Hombres que resolvieron hace mucho el falso dilema entre domesticidad y virilidad. Umbral le confesó a Gistau que no sabía qué contenían los cajones de su cocina, pero nosotros acudimos al supermercado con la alegría de un expedicionario inglés, gastamos fortunas en ambientadores y especias, hemos desarrollado un método científico para colocar la ensaladera en el lavaplatos sin que roce con la hélice y perdemos la paz de espíritu si la colada arroja un calcetín viudo, desparejado por causas que solo Iker Jiménez sabría desentrañar. Somos marujos sin culpa, felices amos de casa a la misma distancia de El Fary que de Eduardo Casanova.

Y a pesar de todo, en vísperas de otro 8 de marzo seguimos oyendo llamamientos oficiales a la igualdad pendiente. Es bueno que así sea, porque entre nosotros aún suspenden demasiados el examen básico de feminismo. Pero junto a esos ecos patriarcales proliferan nativos (y nativas) de la cultura igualitaria que echan de menos precisamente la diferencia que se les ha hurtado. Demandan el rol que no fluye sino que permanece, la complementariedad que se ansía sin confesarlo, la estabilidad perdida antes siquiera de estrenarla. Y en esa lucha futura, los chicos andan más perdidos que las chicas. Serán otra vez ellas, comisionadas desde el origen para tareas de selección, las que restauren el equilibrio de la especie. Como según Science ya hicieron las sapiens hace 50.000 años, cuando eligieron aparearse con los neandertales. Los primeros empotradores. Y vuelta a empezar.