(Los justos) Me preguntó Max de qué trataba el Jornal que iba a escribir y le contesté que del líder del mundo libre. «¿Trump o Sánchez?», dudó. Era una duda razonable, pero acusaba la imperdonable falta de lectura del artículo de Araceli Mangas en el periódico: «Se acelera el fin de la democracia en EEUU después de 250 años (…). Hoy, EEUU es el destructor de Occidente y de la democracia», sentenciaba la académica moral y política, cuyos exhibidos conocimientos sobre el Derecho Internacional no le alcanzan para saber ni lo que es una dictadura ni lo que es una democracia.
De modo que Pedro Sánchez. «Némesis de Trump», dice el Financial Times, aunque como es un diario económico tiene que añadir que el presidente tal vez haya «calculado mal» sus últimos movimientos. Me ocupo desde hace años de la prensa extranjera, sintagma. Con ella se produce el conocido fenómeno de leer en el periódico algo que te atañe o que conoces bien: «Si esto dicen de lo que conozco, lo que no dirán de lo que desconozco». La prensa extranjera solo se entiende por completo cuando uno piensa en La Voz de Galicia hablándole de tú a tú al Kremlin. Y así veo yo al editorialista del FT, mascullando cuando se apresta a cerrar una de sus piezas españolas: «Se van a enterar en La Moncloa». Sánchez no es la némesis de Trump, sino su simétrico. Bastaría ver cómo miente. O el tacto aceitoso de sus convicciones. Y concretando: sus señalamientos de jueces y periodistas, el desprecio del poder legislativo y su pasión patriótica, este Spanish first que Sánchez entonó ayer cuando les dijo a los ciudadanos que no deben pagar la guerra de sus bolsillos. Solo hay algo que los separa: Sánchez usa muchas veces la solemnidad del bobo y Trump casi nunca se toma en serio a sí mismo, cínico preludio de hasta qué punto se toma en serio a los demás.
Ahora bien, que la prensa extranjera haya elegido al presidente como su nuevo bibelot de temporada y que en la celebración participen la actriz Susan Sarandon, la economista Mariana Mazzucato o el escritor Emmanuel Carrère no debe menospreciar la influencia local de su erección. Esta apreciación se basa, desde luego, en la ciencia estadística: dos de cada tres españoles, aprox, están en contra de la guerra en Irán. Pero también en los relatos poéticos. Uno de los perros más inteligentes de España, el del célebre podémico Ramón Espinar, lo dejó dicho muy guau el otro día: «Ha sido emocionante bajar hoy a la perra a las 7 de la mañana y sentir que pisaba las calles de la capital de la primera potencia moral del mundo. España es el faro al que miran las gentes que quieren paz y democracia hoy en el planeta. Qué orgullo de país». Aun conociendo al perro de Espinar, parece cachondeo, y por eso pregunté entre sus conocidos. Lo dice en serio, me dijeron; puede que estuviera volviendo del after, pero lo dice en serio. A mí me hizo dudar lo de faro, francamente. Es un asunto puramente psiquiátrico que alguien repita, después de aquel, que España es el faro de Occidente. Pero el diván de Franco es el mismo que el de Sánchez: un país aislado, humillado y secundario, que se cuenta cuentos. Y al que las Brigadas Internacionales manejan cada vez que quieren meterse un pico de poesía ambulante. El viernes, por cierto, escribía un artículo en el Times el brigadista Paco Cerdà, al que por fin hemos conseguido enderezar el rumbo: «Cuando escuché al presidente Trump decir que España es un aliado terrible y que no tiene nada que Estados Unidos necesite, cuando vi que el líder del llamado mundo libre amenazaba con cortar todo comercio con España, sentí un orgullo inusual de ser español. Hay algo épico en sufrir la furia de un tirano, especialmente cuando esa furia surge de la negativa a ser su vasallo». Lo envidiable de los españoles, especialmente de los que hablan valenciano, es lo barata que les sale la épica.
No cabe engañarse: cuando Sánchez planta cara a Estados Unidos activa un meme secular, transmitido entre múltiples generaciones, que va desde el Maine a Zapatero, y que siempre vocea lo mismo: «Si ellos tienen Onu, nosotros tenemos dos». El antiamericanismo español es absolutamente transversal. Más transversal que en Italia y que en Francia, países que cargan con el suyo, pero que, al fin y al cabo, deben a los americanos su libertad. Este sábado venía en El País una entrevista con Matteo Renzi, que fue primer ministro italiano y líder del Partido Democrático. Le preguntan por el Derecho Internacional, ese pongo: «Tiene que valer siempre. Pero el derecho internacional significa que las chicas iraníes no pueden ser asesinadas por no llevar el velo. Le digo esto a mi amigo Pedro Sánchez: el derecho internacional también debe aplicarse a Maduro, porque cuando Maduro gana las elecciones incorrectamente, es impensable invocar el derecho internacional contra Trump y no contra Maduro. El derecho internacional se aplica siempre o nunca se aplica». Una feliz obviedad. Pero nadie la ha dicho en España. Del líder gallego poco se espera en este sentido tajante. Por ontología. Pero es que incluso el trumpismo de Vox tiene que convivir con la clamorosa ausencia de soldados en sus filas: el caballista Abascal solo lleva garrocha.
Trump es un fantoche. Un hombre sin principios. Y su salud mental merece una evaluación rigurosa. Pero la cuestión importante no es Trump. Es América. Ahí va una lista para nuestra recientemente escandalizada Mangas: Irán, 1953. Guatemala, 1954. Brasil, 1964. Chile, 1973. Algunas de las intervenciones de aquel Estados Unidos. City upon a Hill: el país del puritano John Winthrop. Allí donde debía vivirse de modo ejemplar, porque los ojos del mundo estarían siempre puestos sobre él. Todos aquellos países tenían gobiernos democráticos. Precarios, pero democráticos. Y se convirtieron en dictaduras con la decisiva ayuda de Estados Unidos. Ni siquiera Vietnam, pese a la propaganda, escapó por completo de esa lógica. Luego Estados Unidos fracasó en Afganistán, fracasó en Irak y fracasó en Libia. Pero ninguno de esos países eran democráticos. Habrá que ver qué sucede en Venezuela y en Irán. Pero los dos países eran crueles tiranías. ¿Acaso no merece subrayarse el itinerario? ¿Acaso no merece meditarse la inflexión de América? ¿Acaso no hay nada que decir sobre el proceso de pacificación universal, sobre la democracia axiomática, sobre el progreso humano y sobre la calidad de la luz que destella en la colina?
Pero ahí van los perros españoles ladrando al alba.
(Por alusiones) Una jovencita Bermúdez, que destruyó unos años de la vida del periodista Saül Gordillo con el indispensable apoyo de unas jueces inmorales e ignorantes, acaba de publicar un libro (Els pecats d’una feminista, Ara Llibres) que prolonga el negocio abierto aquella noche en la discoteca Apolo de Barcelona. Como describí en su día, la jovencita y el periodista coquetearon durante unos minutos en la pista de baile. El coqueteo, puramente gestual e inocentón, fue registrado por las cámaras de seguridad. Vi esas imágenes y puedo decir que Bermúdez mintió cuando denunció un supuesto abuso de Gordillo y que las jueces creyeron antes a sus propios ojos que a la verdad de los hechos, lo que en un juez merece reproche y castigo. El libro de la jovencita se abre con muchos pujos: «Cada una de las páginas de este libro pretende que lo acabes de leer con ganas de salir a quemarlo todo», escribe. Pero lo único que podría quemarse es el propio libro, si no fuera porque su carácter ínfimo y amuermante haría imposible que prendiera. Las cien cuartillas se inscriben en la literatura juvenil del editorialismo butterfly y descubren, por pasiva, la farsa de Bermúdez. Si en ningún momento describe ni menciona los hechos de aquella noche es porque no puede. Como en la misma vergonzosa sentencia que la llevó a la fama, los hechos se han esfumado de su libro. Y solo quedan sus hipócritas y usureras endechas.
(Ganado el 7 de marzo, a las 12:17, recibiendo la portada de Good Slut (Constable), el manifiesto de Zoe Strimpel que me envía Landaluce, viendo a ver si lo traduzco como Mala puta, más fácil su subtítulo: «Cómo el dinero, el sexo y el poder liberan a las mujeres» e imposible hacerlo con su lema: Better to be free and miserable than unfree and miserable, pero rendido a la bella potencia de su portada, tres chiles rojos envaginados, y el del medio roto para que los labios internos refuljan, a ver quién es capaz, luego de esto, de seguir usando para cualquier circunstancia análoga el adjetivo picante, que quedará como quedaron «las perlas de tu boca», el primero un genio, el último un imbécil)

