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Misantropías

Revuelo en la guardería

Ante una derecha incapaz de armar un discurso coherente en materia exterior, la izquierda sueña con unas elecciones en las que se vote de nuevo contra Aznar

El presidente del Gobierno español, Pedro Sánchez.
El presidente del Gobierno español, Pedro Sánchez.EFE
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Ha escrito Daniel Gascón que la política exterior española es siempre política interior; yo añado que nuestra política interior solo es tacticismo electoral. Y si a alguien -ingenuo- aún le quedaba alguna duda, ahí tenemos el espectáculo que ha montado Pedro Sánchez a cuenta de la muy cuestionable guerra de Trump contra Irán. El líder socialista se plantó ante las cámaras como si viviéramos en una democracia presidencialista y leyó su discurso sin aceptar preguntas de unos periodistas que quizá deberían reconsiderar su asistencia a estas plasmáticas comparecencias; negó a los americanos el uso de sus bases -aunque parecen seguir usándolas como si tal cosa- y nos habló del «trío de las Azores» con objeto de rememorar viejas pasiones insurgentes. Para completar la jugada, el ministro Puente exhibió la bandera nacional en su red social de referencia: los bots oficialistas se lanzaron a hablar de patriotismo. ¡No a la guerra! Bien. Si la guerra diera votos, por descontado, el eslogan sería diferente. Se trata de que el gato, blanco o negro, cace ratones. Y si los ratones son los votos de los españoles, tampoco parece que el gato tenga que esforzarse demasiado: basta con sacar la pancarta.

Porque puede hablarse en serio de esta guerra o puede hablarse del uso propagandístico que Sánchez hace de ella; hablar de las dos cosas a la vez se antoja complicado. Y de hecho sorprende que trucos tan gastados como el suyo puedan seguir funcionando a estas alturas: la carne es triste y hemos visto todas las sátiras políticas de Hollywood. Quien desea creer, sin embargo, acaba creyendo. Y a ese ejército espiritual de reserva se dirigen los estrategas socialistas, que han encontrado en el no a la guerra un mensaje tan potente como aquel «derecho a decidir» enarbolado por el separatismo catalán: lenguaje para niños grandes en busca de emociones fuertes. En esta ocasión, el Gran Satán no es la España reaccionaria que oprime a Cataluña, sino ese grotesco Donald Trump que compone el villano perfecto; ante una derecha incapaz de armar un discurso coherente en materia exterior, la izquierda sueña con unas elecciones en las que se vote de nuevo contra Aznar. Y para que esa maniobra tenga éxito, el público tiene que aceptar la premisa de que Pedro Sánchez es un sujeto moral cuyas convicciones le impelen a actuar en defensa de la paz mundial: que nadie descarte que así suceda. Tal vez la democracia española, en fin, no dé para más. ¡Si al menos los trenes salieran en hora!