LUCES PARA LA CONSTITUCIÓN

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Armando Zerolo: "La derecha liberal no puede pactar con la derecha ultra, son antagónicas"

Profesor de Filosofía Política y Derecho en el CEU, articulista y opinador, Armando Zerolo (Madrid, 1978) lleva tiempo reflexionando sobre la pugna en el seno de la derecha. Ahora publica el ensayo colectivo ‘La derecha desnortada’ (Península)

Armando Zerolo: "La derecha liberal no puede pactar con la derecha ultra, son antagónicas"
Elena Iribas
Actualizado

En estos momentos, la derecha occidental vive una guerra civil ideológica, cultural y de poder entre los partidos liberal-conservadores clásicos –como el PP o los ‘tories’ británicos– y la nueva derecha antiliberal, como Vox, Le Pen o Farage. Incluso la pugna se da en el seno del trumpismo entre las diferentes corrientes, como los MAGA, los tecnolibertarios o los neorreaccionarios... Usted define este panorama global como la «derecha desnortada», que puede ser también una derecha fracturada.
Hay una línea política en la derecha que ha perdido el norte y no se ubica bien en el panorama. La política siempre es coyuntural y responde a nuevas realidades. Se puede, por tanto, perder el norte porque uno se queda anclado en paradigmas antiguos –por ejemplo, el de bloques tras la Segunda Guerra Mundial, de una derecha liberal frente a una izquierda comunista– o porque se vuelve a marcos antiguos que ya estaban olvidados, como las pulsiones más autoritarias, comunitaristas, de unión del «trono y el altar». La derecha, por alguna razón, ha perdido los marcos y no sabe responder a los nuevos retos que plantean la globalización, el trumpismo, la amenaza rusa o la tecnología. Yo no diría que hay una derecha fragmentada; lo que ocurre es que hay algo que no es de derechas y que está siendo asumido benévolamente por la derecha.
¿Esto explicaría la coincidencia programática entre Vox y Podemos, o entre Le Pen y Mélenchon, en su rechazo a la globalización, al libre mercado o a la Unión Europea? Así como que crezcan en los mismos electorados: clase obrera, jóvenes, el campo...
La derecha que no sabe cómo hacer frente a los retos de su época –como la hiperconectividad, el encarecimiento de la vivienda o el sentimiento entre los jóvenes de que son los perdedores de la globalización– ha olvidado que el modo de responder a todo ello es el parlamentarismo, la discusión ordenada, una política encauzada a través de instituciones, leyes, pactos y el multilateralismo. Por alguna razón, cierta parte de la derecha ha perdido la confianza en estos modos, los considera ineficaces y, además, se siente perdedora. Entonces, lo que ha hecho es aprender de la izquierda un discurso antisistema de escraches, de «rodea el Parlamento», etc. Esta derecha pensó que, si el Parlamento ya no servía y la izquierda se imponía en la calle, debía adoptar esa misma estrategia para dejar de ser «los tontos que pierden la partida». Por eso, cierta derecha se dejó contagiar por la izquierda radical, tanto en sus modos y estrategia como en el fondo, al empezar a ser moralista y creer que desde el poder se pueden imponer las costumbres, la religión o la cultura, sin necesidad de diálogo ni de una visión pluralista de la sociedad. También esta derecha ha recuperado una preocupación social muy influenciada por lo que pasó en los años 30 del siglo pasado: un sindicalismo vertical, muy al estilo de Falange en España o de la izquierda radical francesa, que acabó incorporándose a la derecha más radical, al fascismo italiano (recordemos que el Partido Comunista expulsa a Mussolini por radical) o el nacionalsocialismo alemán.
Hemos pasado de un llamamiento a combatir el wokismo desde la derecha a un «wokismo de derechas» que aboga por la cancelación del contrario, se presenta como la eterna víctima y agita la dicotomía amigo-enemigo. ¿La guerra cultural ha acabado contribuyendo al desnortamiento de cierta derecha?
La derecha dejó de ser liberal cuando aceptó el marco de la peor izquierda de la batalla cultural, porque esta supone que la cultura se impone y se defiende desde el poder. La derecha que asume eso se convierte en la peor derecha, heredera de esa corriente moralizante que a principios del siglo XIX era la del «trono y el altar» y que a principios del siglo XX es la colectivista que acabó traduciéndose en falangismo y nacionalsocialismo.
¿Entonces usted cree que el modelo de gobierno de Mariano Rajoy en el PP, al que vació de ideología para instaurar un pragmatismo absolutista –el partido como una gran gestoría–, es la senda que debe adoptar la derecha española de nuevo?
No. El problema de la época de Rajoy es que nos tendió una trampa: o se imponen las ideas o no hay ideas. Pues ni lo uno ni lo otro. Yo sostengo que son necesarias las ideas, la ideología, pero que estas se ponen en circulación en el debate público sin necesidad de imponerlas desde el poder. Rajoy leyó mal su momento histórico: en un tiempo en el que las sociedades europeas ya empezaban a reclamar más seguridad, más claridad de sus gobernantes y más defensa de algunas ideas básicas, la lectura que él hizo es que lo mejor era no hablar de nada y no meterse en líos. Es lo que yo llamo la «nada militante»: no hacerlo ni bien ni mal.
Hay quien sostiene que los problemas de la derecha española empiezan con la foto de la manifestación de Colón de Casado, Rivera y Abascal, que luego Pedro Sánchez ha sabido utilizar como palanca de división.
El problema de esa foto para el PP es que ofreció la imagen de que ellos ponían las formas, pero que las ideas las ponían Ciudadanos y Vox. Y las ideas acabaron derivando en «Dios, patria y familia». Yo puedo estar de acuerdo con esas ideas, pero no de la manera en que las propone hoy Vox. No estoy a favor de que se imponga una religión y se persiga a los que tienen una diferente, ni creo en una patria nacionalista, ni que la natalidad esté al servicio del Estado, como dice Orban. Las ideas se deben defender en una discusión abierta, pública y constructiva. No creo que debamos escoger entre el vacío de no defender las ideas de la derecha o el lado de Vox y sus modos. Muchos no estamos cómodos en ninguno de estos dos polos. Pero la división de la derecha empieza en la época de Zapatero.
¿Por qué?
Zapatero hizo una lectura inteligente pero maquiavélica: como España se había vuelto sociológicamente de centroderecha, si los socialistas querían ganar, tenían que crispar, romper lo que de facto estaba unido y asociarse con todo aquello que no fuera la derecha para así acorralarla y expulsarla de las instituciones. Ese es el espíritu del Pacto del Tinell. La izquierda asumió que, si quería sobrevivir, tenía que arrinconar a la derecha. Pero es que, además, hubo una derecha muy poco inteligente, porque Zapatero tenía razón en una cosa: España se había hecho de centroderecha. Ya no había lucha obrera, no había desheredados ni perdedores de la historia. Por tanto, la derecha no supo capitalizar eso y unirlo; no supo aprovechar la base electoral que tenía y la rompió cuando Rajoy, en el congreso del PP en Valencia, proclamó que en el partido no había espacio ni para liberales ni para conservadores, invitándoles a irse.
Siguiendo su reflexión sobre los efectos de Zapatero en la derecha, ¿cree que pasa lo mismo con Sánchez? Es decir, ¿el antisanchismo ha acabado por desnortar y fracturar a la derecha?
En su momento escribí que el antisanchismo era la criptonita de la derecha que, como le sucedió a Superman, le ha hecho perder sus poderes. Por varias razones: se asume que la continuidad de Sánchez en el poder es tan negativa que no hace falta proponer un proyecto alternativo ni hablar de ideas que trasciendan la coyuntura. Por otro lado, la derecha antisanchista se ha dedicado básicamente a la crítica, y esto ha provocado falta de propuestas. Ahora mismo el votante medio no sabe qué propone la derecha sobre las redes sociales, sobre nuestra relación con Trump o sobre el campo; su único programa parece ser que Sánchez se debe irse. Pero, a la vez, el antisanchismo provoca un efecto aún más nocivo: el sentimiento antisistema. A base de sentencias gruesas –como que Sánchez ha dado un golpe de Estado o que la democracia ya no funciona–, se está induciendo un pensamiento antisistema, sobre todo entre los jóvenes. Si te has politizado escuchando que la democracia no funciona y que el presidente es un dictador, lo más normal es convertirte en un antisistema. El antisanchismo ha vaciado a la derecha de programa.
¿Cuán influyentes son Trump y el movimiento MAGA en la actual derecha española?
El cansancio de mucha gente hace que la parte antiinstitucional de Trump les atraiga y deseen un «golpe sobre la mesa». Eso fue el asalto al Capitolio. Pero esto concurre con un juicio maximalista de los MAGA (Make America Great Again) que venden la decadencia moral de Occidente y acusa al liberalismo de hacernos perdedores de la globalización. Hay gente que compra ese discurso falso de que nuestros nietos van a vivir peor o que hemos degenerado culturalmente. Es el sentimiento romántico de un pasado idealizado, y ya sabemos que el romanticismo es el caldo de cultivo de todo nacionalismo. La fortaleza de Trump es que gana y ostenta el poder de manera contundente, secuestra ; ese poder fascina a cierta derecha.
Esa idea de la decadencia de Europa también ha hecho que parte de la derecha radical haya visto en Putin a un defensor de la cristiandad.
Si la derecha liberal es culpable de algo, es de una dejación culposa del asunto religioso. No han intentado comprender la importancia del hecho religioso en las sociedades occidentales. Por eso, cuando surge el revival católico, no saben por dónde les viene. Putin, por la tradición ultraortodoxa rusa, lo entiende perfectamente, y de hecho corrigió la época soviética introduciendo de nuevo la unión del trono y el altar. Eso hace que algunos en ambientes católicos conservadores crean que Moscú es la «tercera Roma» y que Putin defiende valores espirituales, cuando lo que hace es instrumentalizar la religión para fortalecer su poder. Por suerte, la guerra de Ucrania ha hecho que ese apoyo disminuya.
¿Cómo explica el choque de Vox con la Conferencia Episcopal Española tras la regularización de inmigrantes aprobada por el Gobierno?
Es un comportamiento prototípico de la derecha radical; ya pasó en los años 20 y 30. Los católicos solemos ser los «tontos útiles» del fascismo, porque este se presenta con una cara simpática, defendiendo valores tradicionales que resultan familiares –familia, Dios, patria– y así consolida una base electoral de un 6% aproximadamente. Eso hizo Vox al principio (recordemos a Abascal en Vistalegre con el escapulario), pero para aumentar ese apoyo y llegar a una mayoría social, decidió dejar de asumir los valores católicos. La pugna con la Conferencia Episcopal era previsible: la ultraderecha siente que la Iglesia institucional es un obstáculo para su crecimiento en las urnas.
Estos problemas que sufre la derecha, llamémosle, clásica, son muy parecidos a los que sufre la socialdemocracia ante el auge de la extrema izquierda. ¿Estamos, pues, ante un choque entre quienes defienden, a diestra y siniestra, la democracia liberal nacida tras la Segunda Guerra Mundial y aquellos que abogan por derrocar el sistema?
No tengo dudas de ello. Lo que realmente está en peligro hoy es el marco liberal, que es el que defiende la libertad en su más profundo significado: estoy dispuesto a no imponerte mis ideas porque acepto tu derecho a defender las tuyas. Es una defensa de la tolerancia muy profunda. Este embate antiliberal pone en riesgo nuestra democracia. Pero tampoco hemos de minusvalorar la capacidad europea de autocrítica y regeneración. Estamos en un momento crítico. Podemos avanzar hacia una nueva regeneración o hacia una nueva catástrofe.
Vayamos a la coyuntura española. El PP se enfrenta al dilema de formar o no gobierno con Vox. ¿Qué debe hacer Feijóo pensando en las elecciones generales?
La derecha no suma ni va a sumar, porque el PP y Vox son dos productos distintos. Entre otras razones, porque Vox no quiere gobernar con el PP; las condiciones que pone son imposibles porque le pide al PP que deje de ser el PP. Para Vox, tanto el PSOE como el PP son socialdemócratas y tienen la culpa de todo. El proyecto de la derecha liberal es antagónico al de la derecha identitaria. Ir contra Sánchez no puede justificar que las ideas identitarias entren en el Gobierno, a menos que el pacto sea razonable y el PP no renuncie a sus principios. Otra cosa que está por ver es que en las generales el PP y Vox sumen aritméticamente, no estoy tan seguro de ello.
¿Cómo cree que influyen las redes sociales y los nuevos formatos de comunicación en esta guerra entre las derechas?
Las redes sociales están dominadas por los extremistas y se han convertido en una gran amenaza para la democracia. Cada vez veo más clara la necesidad de que los Estados intervengan. Lo digo porque la democracia se asienta sobre un régimen abierto de discusión, sobre la opinión pública. En cambio, las redes sociales forman una opinión pública controlada y dirigida por los propietarios de las empresas tecnológicas. Cuando la plaza pública, el foro tradicional, es de propiedad privada, el debate ya no es del todo público, está adulterado. Soy por eso un firme defensor de que la Unión Europea ponga límites y control a las redes sociales.

Madrid, 1978. Es profesor de Ciencias Políticas y Derecho en la Universidad CEU-San Pablo.

Autor de los libros Contra la tercera España, Contra la ruptura y Época de idiotas, y coordinador del ensayo 'La derecha desnortada' (Península), en el que colaboran, entre otros, David Jiménez Torres y David Mejía.