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Salud

Los niños que sufren en vacaciones: "Algunos sienten ansiedad cuando no tienen una tarea o un objetivo que alcanzar"

El fin del curso escolar suele verse como el inicio de unos meses de descanso y diversión para los niños. Pero el verano no siempre se disfruta, y para algunos la falta de rutina y objetivos a corto plazo puede detonar o empeorar problemas de salud mental

Los niños que sufren en vacaciones: "Algunos sienten ansiedad cuando no tienen una tarea o un objetivo que alcanzar"
FOTOGRAFÍAS: BERNARD BISSON
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Ya han terminado las clases. Por fin. Incluso para los que más se resisten y que no han podido evitar dejarse alguna asignatura pendiente, el verano ha empezado. Cuando se es niño -o adolescente- esta época suele ser la más esperada del año. Por estas fechas internet se llena de consejos sobre cómo entretener a los niños en verano. Pero, ¿es realmente esto la solución a todos los males?

Frecuentemente olvidamos que existen niños para los que el verano puede ser un tiempo temido. Puede deberse a muchos motivos, pero en este caso nos centraremos en la salud mental de aquellos para los que los desajustes del verano empeoran su situación o sencillamente generan un problema nuevo. Las víctimas invisibles de las vacaciones.

La reacción depende siempre del caso concreto y de las circunstancias: los niños con necesidades especiales, dado que el espectro es muy amplio y diverso, pueden responder de formas muy distintas. No necesitan lo mismo aquellos con Trastornos del Espectro Autista que los que tienen TDAH. Para otros -por ejemplo, aquellos a los que les cuesta integrarse- las vacaciones pueden ser una pausa de su ansiedad. Y en medio están aquellos que, sin un problema previo aparente, empeoran considerablemente su salud mental con el desorden vacacional.

Fue precisamente esa saturación al terminar el curso lo que inspiró a los creadores del campamento Emocionali, de Santiago de Compostela para dar respuesta a un problema que, según los datos, va en aumento. Con el lema Un verano de emociones, estos profesionales de la Psicología y la educación acogen a niños de entre 3 y 10 años con el objetivo de que "reconecten con sus propios ritmos y gestionen sus tiempos al margen de la rutina escolar. Ofrecerles experimentar sin la rigidez a la que deben acogerse durante el curso escolar es fundamental para fomentar aspectos como la autonomía, creatividad, tolerancia a la incertidumbre y promover la flexibilidad cognitiva. Lo que, en suma, tendrá un impacto positivo en su capacidad de adaptación", aseguran desde el campamento.

Para contextualizar la problemática, en 2021 Save The Children alertó de que los trastornos mentales habían aumentado del 1,1% al 4% en niños de entre 4 y 14 años, según datos de la Encuesta Nacional de Salud. Además, el año pasado más del 95% de los pediatras reconocieron estar muy preocupados por el incremento de los problemas de salud mental de niños y adolescentes y, adicionalmente, se quejaron de no tener suficiente formación para atenderlos. Esto lo muestran datos conjuntos de la Sociedad de Psiquiatría Infantil de la Asociación Española de Pediatría, la Sociedad Española de Urgencias Pediátricas y la Asociación Española de Pediatría de Atención Primaria.

Sara Tarrés es psicóloga infantil y autora de libros como Mi hijo me cae mal (Plataforma, 2023). A su juicio, "no podemos romantizar el verano para todos los niños". Y se explica: "Para algunos sí es un tiempo de recuperación y bienestar, pero para otros supone enfrentarse a un vacío que desorganiza: desaparecen las rutinas, los compañeros y el entorno estructurado que les aporta seguridad".

La mayoría de los adultos seguramente lo han comprobado: aunque de cuestionable eficacia a largo plazo, es mucho más sencillo mantener la cordura cuando se está ocupado y organizado. Los más pequeños no son una excepción: "La rutina escolar juega un papel regulador", señala la psicóloga infantil. "Marca horarios, da estructura y organiza el tiempo. Para muchos niños, esta rutina es una fuente de seguridad emocional, porque saben qué toca hacer en cada momento. La previsibilidad calma".

El problema viene cuando para ellos esto es una necesidad continua, lo que muestra una falta de flexibilidad y adaptabilidad a contextos más inciertos. "Algunos —especialmente los más mayores o los perfiles más autoexigentes, perfeccionistas o muy centrados en las notas— sienten ansiedad cuando no tienen una tarea o un objetivo que alcanzar. Les cuesta simplemente descansar, aburrirse o jugar por placer, sin un propósito productivo detrás", añade Tarrés.

Desde su experiencia como psicólogo y orientador educativo, Sergio Cook comenta que en algunos casos, "sobre todo en aquellas familias que no pueden pasar tiempo con sus hijos durante los periodos vacacionales o en las que sus hijos pasan muchas horas solos en casa, los menores pueden llegar a odiar las vacaciones y desear que vuelva de nuevo el colegio, haciendo que se invierta el modelo de ansiedad: tienen mayor ansiedad durante las vacaciones que durante el colegio".

Lo que pasa en verano -más que en otros periodos escolares de vacaciones, al ser el más largo- es que la estructura se suele perder. El propósito que guía al niño -muchas veces, y desafortunadamente, en piloto automático- a lo largo del curso desaparece de un día para otro. "La presión académica suele disminuir en verano, y eso es un aspecto positivo. Alguien se esfuerza durante un periodo de tiempo para obtener unos logros y, al darle las notas, finaliza esa presión académica del alumno hasta el curso siguiente", dice Cook.

El problema es cuando esa ausencia de presión detona cuadros ansiosos o agrava problemas ya existentes. Pero, ¿por qué esta cruz desde edades tan tempranas? Quizá esa palabra, productividad -o hiperproductividad, quizá-, nos dé una pista. Tarrés asegura: "Esto no habla solo de ellos, habla de nosotros como sociedad: desde muy pequeños les enseñamos a estar ocupados, a rendir, a producir resultados, y no tanto a disfrutar del proceso o del tiempo vacío. Hemos convertido el ocio en algo que hay que llenar de actividades y productividad, en lugar de un espacio donde simplemente estar, descansar y disfrutar".

En el campamento Emocionali centran su actividad en trabajar "desde el juego, la creatividad y el vínculo. Introducir emoción y juego en el aprendizaje de los niños lo multiplica, y lo hace más significativo", aseguran sus responsables. "Realizamos talleres de expresión emocional, dinámicas de resolución de conflictos, actividades sensoriales, momentos de relajación y juegos cooperativos. Todo con un lenguaje que entienden: el de la risa, el cuerpo y la imaginación. Aparentemente solo están jugando, pero en realidad están también aprendiendo a identificar cómo se sienten, a ponerle palabras a esas emociones, a calmarse, a convivir y a respetarse", aseguran.

Desde la dirección del campamento consideran también que, "aunque la educación emocional parece estar en boga, muchas veces es más el titular que la realidad. Se ha avanzado mucho, pero queda mucho camino por andar, y los primeros que debemos hacerlo somos nosotros, los adultos: madres, padres, educadores... No podemos educar en inteligencia emocional si no hemos trabajado en la nuestra. Cuando señalamos a niños y adolescentes, no debemos olvidar que son hijos de la sociedad y del sistema al que pertenecen, y por eso es responsabilidad de todos como comunidad dar respuesta".

Carolina Lucio, con cuatro hijos en edad escolar, reconoce que hoy en día se sobrecarga a los niños. "Creo que es un poco más intenso que cuando nosotros estudiábamos [ella tiene 46 años]. Nosotros mismos los tenemos inscritos en un montón de actividades, algunas de ellas requieren de mucho esfuerzo tanto de los niños como de los padres, lo que puede frustrar mucho. Y creo que muchas veces esa línea se cruza y sí les afecta. Entonces, cuando llegan las vacaciones, pasan de una actividad demasiado intensa muchas veces a nada".

La sobrecarga de actividades durante el curso, como describe esta madre, contrasta con las necesidades específicas de otros perfiles, como los niños con trastornos del neurodesarrollo. "La clave está en ofrecer un entorno adaptado: mantener algunas rutinas básicas, prepararlos con antelación a los cambios, proponer actividades que disfruten y respeten su ritmo y ofrecer espacios tranquilos donde puedan autorregularse", dice Tarrés.

Todas estas circunstancias, sin embargo, varían mucho con la edad, y los más pequeños son quienes necesitan más presencia y estructura según Tarrés. "Es importante encontrar el equilibrio: ofrecer flexibilidad pero dentro de unos márgenes. A veces, como adultos, sentimos culpa por poner horarios o límites durante el verano, pero no ponerlos genera más inseguridad que bienestar.

El verano, además, amplifica las desigualdades socioeconómicas. "No es lo mismo vivirlo con recursos y apoyo social que en un hogar con dificultades económicas, sobrecarga emocional o poco acceso a espacios de ocio y descanso. Y esto no siempre tiene que ver con la voluntad de las familias, sino con sus circunstancias", recuerda la psicóloga.

En todos los casos, el orientador Cook considera que si los padres disfrutasen de más vacaciones quizá podría ser lo mejor para la continuidad emocional de las familias, al poder pasar más tiempo en familia.

Tarrés discrepa y pide "revisar el calendario escolar desde una mirada más realista" y se pregunta: "¿Tiene sentido que las vacaciones sean tan largas si muchas familias no pueden conciliar ni ofrecer actividades durante ese tiempo? Quizá sería necesario equilibrar los tiempos de descanso, pero también dotar a las familias y a la sociedad de recursos para que esas vacaciones sean realmente un periodo de bienestar, no solo un paréntesis difícil de gestionar".

Más allá de cuánto duran las vacaciones, lo que realmente condiciona su impacto es cómo pueden o no sostenerlas las familias. El hecho de que la mayoría de padres no sepan qué hacer tanto tiempo con sus hijos y que sus recursos sean limitados genera también un estrés en ellos que, naturalmente, se transmite en el entorno familiar y genera un bucle de malestar. Pese a la diferencia de criterio entre Tarrés y Cook, en el fondo ambos apuntan a lo mismo: el sistema no está preparado para sostener a niños ni a padres durante el paréntesis más largo del año.

"Algunos pasan largas horas solos o al cuidado de personas mayores que no siempre pueden ofrecerles el juego o la actividad que necesitan. Otros acaban refugiándose en las pantallas, que se convierten en el plan principal del día porque es lo único que tienen a su alcance", dice Tarrés. Según ella, esto es un error por ser un parche y porque las redes sociales "añaden otra capa de dificultad: ven a otros disfrutando de vacaciones, viajes o actividades que ellos no tienen, y esto puede alimentar sentimientos de comparación, exclusión o tristeza". Cook coincide en esta idea y defiende limitarles el uso del teléfono en verano.

Quizá el debate deba estar en por qué nuestras nuevas generaciones, desde edades tan tempranas, tienen tanta necesidad de seguir una estricta lista de tareas diarias como quien vive la vida como una lista en la que ir añadiendo checks. Que un niño se sienta perdido sin la productividad que requiere el ambiente escolar puede ser señal de que estamos educando desde una visión tóxica de la dualidad de trabajo y ocio. Como tantos otros, este es un problema estructural donde no puede ignorarse el contexto social y que no mejorará poniendo una tirita, sino solo atajando el problema desde la raíz.

Para Cook el modelo educativo actual no tiene "en absoluto" en cuenta la salud mental de los alumnos de manera suficiente. "Han añadido al Coordinador de Bienestar en los colegios, pero esta figura apenas dispone de horas libres para todos los estudiantes del centro, y solo atiende a los involucrados en algún tipo de protocolo de absentismo, acoso escolar, autolesiones o ideas suicidas, etcétera. Por experiencia, los casos aumentan año tras año y no todas las familias disponen de solvencia económica para llevar a sus hijos a un psicólogo privado, teniendo en cuenta que la atención del psicólogo público es una vez al mes... Totalmente insuficiente". Y Cook va más allá en su crítica a nuestra negligencia como sociedad para abordar el problema: "No solo es insuficiente en el sistema educativo, sino en el sistema sanitario en general... Tenemos un gran asunto pendiente entre manos".

El verano no siempre cura, pero tampoco es el problema. Sí lo es el vacío que dejamos cuando no enseñamos a los niños a convivir con lo incierto, cuando todo en su día a día está tan pautado que el más mínimo desajuste los desestabiliza. Les damos estructura, pero no flexibilidad; normas, pero no autonomía. Hemos convertido el descanso en una anomalía. Constata Sara Tarrés que "el sistema educativo no puede sostener por sí solo la salud mental de los niños, pero sí puede dejar de ser un espacio que, en ocasiones, agrava su malestar". Lo mismo sucede con el resto del sistema: "Tienen que sentirse valiosos por lo que son, no por lo que logran".