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Paco Lobatón (Jerez de la Frontera, 1951) ha sido muchas cosas: activista por la democracia, preso, exiliado, conductor del Telediario cuando lo veían 20 millones de personas, periodista multipremiado… Pero, por encima de todo, en el imaginario colectivo es y será el presentador de ‘Quién sabe dónde’, aquel programa que desde 1992 a 1998 movilizaba a España en busca de sus desaparecidos, a menudo olvidados en aquellos años donde el entusiasmo general no quería noticias tristes. Por desgracia, lo que él creó se corrompió con el tiempo y el amarillismo, pero aquel espacio fue un ejemplo de servicio público que, a pequeña escala, ha recuperado ahora con una sección en ‘Directo al grano’, de TVE.
- Has vuelto.
- Sí, aunque en cierto modo nunca me he ido del todo y, desde que acabó ‘Quién sabe dónde’ en 1998, he seguido llamando a la casa madre, Radiotelevisión Española, porque siempre he pensado que la experiencia tan formidable que supuso aquel programa debería tener continuidad. Por dos razones: para darle voz a los familiares de personas desaparecidas y para dar al resto de los ciudadanos la posibilidad de ayudar, como ayudaron entonces a resolver el 70% de los casos que acometimos, muchos de ellos con final feliz. Ese punto de encuentro que puede ser la televisión para resolver situaciones tan dolorosas es una de las motivaciones que me han mantenido en este tema.
- ¿Has seguido involucrado en la búsqueda de desaparecidos a nivel personal desde que acabó el programa?
- Sí. Ya en los años 90 establecí una relación de colaboración a título personal con las familias más activas, como por ejemplo los padres de Cristina Bergua, que pusieron en pie una asociación pionera de familiares. Y luego, cuando se acaba el programa, llamé una y otra vez a los distintos directores de RTVE para intentar recuperar el formato y no hubo manera de que se abriera un espacio, así que decidí promover la fundación QSD Global, que acaba de cumplir diez años.
- En cierto modo, ‘Quién sabe dónde’ nos mostró lo que ocultaba bajo la alfombra aquella España feliz de los 90.
- Cierto. En mi biografía personal y como periodista viví los dos lados, porque yo había empezado en televisión presentando los Telediarios de los años 80, con Ángeles Caso como compañera en el de la noche. Estábamos en la flor y nata de la profesión y de la actualidad, cubriendo noticias en Moncloa, siguiendo en sus viajes a los Reyes, encargándome de la información parlamentaria… Y de esa España donde todo parecía espléndido, de repente, pasé a comunicarme con familias que venían a contar la historia doliente de una desaparición de un ser querido. Fue un buen baño de realidad para mí y para todo el país. Mostramos la cara B de una España feliz.
- ¿La sociedad no quería mirar o no sabía que eso pasaba?
- No lo sabía, yo mismo ignoraba completamente esa realidad. El programa empezó en La 2 con Ernesto Sáenz de Buruaga y fue un formato importado de Italia, donde sigue existiendo sin interrupciones y con muy buena respuesta. En La 2 ya tuvo un eco muy bueno y por eso la dirección de TVE lo pasó a la primera cadena, que fue cuando me implican a mí. Yo le había hecho una entrevista sobre el programa en RNE a Ernesto y me llamó mucho la atención lo que me contó. Enseguida vislumbré su interés, pero no imaginaba ni remotamente que unos meses después alguien me iba a proponer asumirlo. En cuanto lo hice, ratifiqué enseguida que era un tema importante a tratar.
- Las audiencias os dieron la razón.
- Sí, fueron espléndidas desde el principio. Había muchos casos pendientes de ser atendidos, de ser escuchados. Aún había mucho silencio en España. El silencio de la dictadura era como una de esas nubes tóxicas que tardan mucho en desaparecer y pesaba sobre la necesidad que tenía mucha gente de contar sus historias, de decir pues yo tengo un hijo, un padre, un tío o un amigo que ha desaparecido. Cuando el programa abre esa posibilidad, desencadena todo ese impulso que estaba reprimido. Y esa es la explicación de su éxito.
- ¿Te preocupaba cruzar la línea del sensacionalismo?
- Claro, siempre tuve muy presente lo que no se podía hacer. A los tres meses de llegar, asumí la plena responsabilidad del programa como director y productor y la condición que puse fue que en cada caso que tratáramos hubiera una petición expresa de la familia y una denuncia oficial previa ante la Policía o la Guardia Civil. Ayudar a la gente que nos lo pidiera, no ir nosotros a explotar el dolor ajeno. Ahora RTVE Play repesca algunos programas antiguos y recientemente colocó mi primer ‘Quién sabe dónde’ y al principio ya hago esta declaración de principios, que luego mantuvimos.
- Pero vuestro éxito provocó un furor con los casos de personas desaparecidas en todas las cadenas y ahí ya sí se cruzaron todos los límites.
- Es cierto. ‘Quién sabe dónde’ evidenció que había un filón periodístico con muchas historias por contar y mucha gente interesada en ellas. Una vez que se demuestra que eso funciona, que la sociedad española lo recibe de una manera masiva, todas las cadenas quieren su trozo. Pero, para mí, lo más importante de esa respuesta al programa no fue la cantidad sino la calidad: gente que quería ayudar, no ver sufrir a otros, y ayudaba. Creo que la calidad de la respuesta depende de la calidad de la propuesta y la gente percibió que nosotros estábamos trabajando con mucho cuidado, que no lo hacíamos de cualquier manera, verificábamos todo para estar seguros de que la búsqueda era una búsqueda limpia y que al contar la historia no hacíamos daño a gente que ya estaba dañada. De hecho, incorporamos dos psicólogos cuando todavía no eran algo habitual.
- No todos los programas mantuvieron ese código ético.
- Las réplicas de otras cadenas, porque ya estaban en marcha las privadas y las autonómicas, fueron diversas, pero el punto de inflexión fue el caso Alcàsser. Nosotros habíamos seguido el caso durante todo el tiempo en que estuvieron desaparecidas Míriam, Toñi, Desirée y cuando aparecen los cuerpos me pilla haciendo una entrevista en la radio a Antonio López, el pintor. Le tuve que pedir ayuda porque me quedé absolutamente impactado, incapaz de reaccionar. Decidí que teníamos que ir a Alcàsser a llevar el pésame en persona a la familia de las niñas y darles la oportunidad de que agradecieran a la audiencia haber intentado ayudarles. Era una situación durísima porque enseguida se supo que las niñas habían muerto en las primeras horas tras la desaparición y, entonces, ¿qué había pasado con esos avistamientos, con todos esos testimonios? Es una gran pregunta que todavía hoy sería merecedora de un estudio de verdad.
- Se puede pensar que aquellas supuestas pistas sólo aumentaron el dolor de las familias.
- Yo lo que puedo alegar y alego es que la gente que daba esos testimonios lo hacía de buena fe, convencidos de estar diciendo la verdad porque, además, lo decían a cámara y con nombres y apellidos. No admitíamos testimonios anónimos, pero sí es cierto que lo que ocurrió allí nos hizo aprender para todas las siguientes búsquedas del programa. En otros medios sí se cruzaron límites. Aquella noche en que llegaron los restos de las niñas de Alcàsser, nosotros estábamos haciendo una transmisión en directo, porque el programa siempre se hizo en directo, y justo al lado estaba el programa de Antena 3 con Nieves Herrero y ahí es donde se produjo un fenómeno de espectacularización muy grande y fuera de control. A partir de ahí hubo una oleada de dedos acusadores, pero antes de señalar sería necesaria una mirada escrutadora que analizara bien qué se hizo, cómo se hizo y quién hizo cada cosa. Yo no voy a señalar a nadie.
- ¿Y a vosotros mismos? ¿Hicisteis algo mal?
- El problema general fue dejar que hubiera una expresión espontánea de dolor cuando el dolor es tan absolutamente extremo y mostrarlo en vivo y en directo. Incluso en nuestro programa, que fue muy contenido y muy sobrio, llegó a entrar una persona mayor pidiendo pena de muerte para los asesinos y eso es algo que no deberíamos haber permitido. En una situación como esa, la respuesta tiende a ser visceral y tú, como medio de comunicación, tienes que tamizar. Exhibir el dolor y la ira ajenos no es más periodístico, ni más valiente ni más audaz. Ese error no lo repetí.
- ¿Cuál fue el caso que más te afectó?
- El de Anabel Segura porque no era buscar a una persona desaparecida, era poner en marcha una operación formidable para intentar identificar a los secuestradores. Era buscar a los malos, como decían en el lenguaje policial, y la verdad es que eran muy malos. Era un desafío increíble, pero teníamos un índice de resultados formidable y estaba convencido de que íbamos a dar con Anabel. Hicimos durante un mes y medio un trabajo de preparación exhaustivo porque era algo más que un programa de televisión, era casi una operación de rescate, y cuando se descubre que habían acabado con su vida apenas seis horas después del secuestro para mí fue un shock emocional muy fuerte.
- ¿Cómo llevaste esa popularidad en la faceta personal’ ¿Te abordaba por la calle pidiendo ayuda?
- Con lo de la notoriedad ya había hecho una especie de reválida con los telediarios de TVE, porque ahí sí estábamos sólo nosotros y las audiencias eran de 20 millones y las primeras veces que salí a la calle me quedé pasmado. Reflexioné mucho sobre esto y cuando llegó ‘Quién sabe dónde’ ya tenía muy claro que esa notoriedad era un bien prestado y que no debía confundir nunca esa magnitud enorme de la fama con mi magnitud como periodista y como persona. No es falsa humildad, es sentido de la medida. La popularidad televisiva es una virtud electrónica, es consecuencia de que estás trabajando en un medio potentísimo que llega a millones de personas. Tú importas poco. Además, en mi caso esa notoriedad no es un famoseo de los que produce pasmo cuando te ven por la calle, lo más habitual y lo que todavía me sigue ocurriendo es que me den las gracias por nuestra labor.
- ¿Por qué canceló TVE ‘Quién sabe dónde’? Seguía funcionando.
- Eso mismo me he preguntado yo y me lo llegó a preguntar la Reina Sofía en 2016, en una recepción con la Fundación. Le respondí que sería interesante que ella me ayudara a responder como es debido a esa pregunta porque nunca un directivo de la época me dio una explicación. No me la dieron porque era muy difícil de explicar cuando el programa seguía dando resultados magníficos de audiencia y siendo líder la mayoría de días. En la competencia se volvían locos haciendo producciones para ganarnos, sobre todo Antena 3, que en un momento dado intentó contratarme. Hicieron una serie ad hoc a Lina Morgan y sólo nos ganó un día porque el programa tenía una fidelización increíble.
- Algo sospecharás.
- Lo que me llegó de manera indirecta es que a los máximos responsables del momento en la Moncloa, que no en Prado del Rey, les molestaba ‘Quién sabe dónde’.
- ¿Al Gobierno de José María Aznar?
- Eso es. Parece que lo de hablar de bebés robados y de memoria histórica, que apenas se había acuñado el concepto todavía, no les gustaba. En ese momento empezaron a aparecer los primeros testimonios que hablaban de aquellas víctimas. Por ejemplo, Miguel Gila vino al programa porque él, que había sido miembro de las Brigadas Internacionales, quería colaborar en la búsqueda de un brigadista internacional que había entablado amores con una catalana, y Fernando Arrabal vino a hablar de la desaparición de su padre en el penal de Burgos. Todas esas historias removieron un poco la memoria histórica y, según lo que me ha llegado con posterioridad, eran temas que el Gobierno no quería ver en televisión.
- Manchaba esa idea de "España va bien".
- Sí. España en ese momento era un poco bipolar. Tenía esa doble vertiente de, por un lado, un esfuerzo y un orgullo enorme por decirle al mundo: "Sí podemos". Podemos organizar unos Juegos Olímpicos, podemos organizar una Expo universal y lo podemos hacer mejor que nadie. Nosotros ya lo sabíamos, pero sentíamos la necesidad de demostrárselo al mundo. El 92 fue un revulsivo económico y social grandioso que nos dio una década realmente feliz, pero por debajo seguían quedando miserias.
- Aun así, parece claro que la convivencia y el ambiente eran mejores que ahora.
- Sí, sí, sí. Sin duda. El que pensaba diferente no era necesariamente un enemigo.
- Tú habías sido militante comunista en el franquismo y antes hablabas de tu amistad con Ernesto Sáenz de Buruaga, muy vinculado siempre a la derecha.
- Por supuesto. Nos llevábamos bien y nos hemos seguido llevando bien y bien de verdad, no es falsa cortesía. Todo era así, mucho más normal, más amable. En mis años de periodismo en la Transición, la relación con los políticos, que en ese momento estaban peleando por consolidar los cimientos de la democracia, era una relación de lealtad recíproca y de una cierta complicidad en el buen sentido de la palabra. Cada uno tenía que hacer bien su trabajo, pero tú preguntabas y en el otro lado tenían respuestas. Después he asistido con perplejidad y con bastante tristeza a cómo ha desaparecido eso.
- También del trato entre políticos de distintos partidos. Los pactos, la colaboración y las concesiones de todos durante la Transición hoy serían ciencia ficción.
- Sí, es imposible. También es cierto que toda la Transición estuvo salpicada de sustos mayúsculos, sobre todo el del 23-F, que fue una experiencia que nos dejó a todos los españoles apretándonos fuerte los brazos para que no se nos escapara lo que se había conseguido. O el asalto al Banco Central, que visto retrospectivamente fue una historia de bulos cuando aún no se les llamaba bulos. Eran patrañas de marca mayor.
- ¿Cuándo se empezó a resquebrajar esa conciencia de país?
- Diría que han sido las tres o cuatro últimas legislaturas. En el momento en el que la alternancia entre PSOE y PP pierde el respeto por la otra parte, se está rompiendo un pacto tácito y explícito en el que los políticos entendían que izquierda y derecha somos rivales, pero no enemigos y hay un objetivo común, que es hacer un país mejor entre todos. Eso se tiene que materializar en un ejercicio de respeto recíproco y cuando eso se pierde, se entra en estas dinámicas de los últimos tiempos que son realmente muy alarmantes y muy desagradables.
- El clima es mucho peor que la situación real del país.
- Sí. Es de nuevo una cierta bipolaridad de este país. La gente hace lo posible por ser feliz, vivir bien y progresar, pese a las evidentes dificultades con el empleo y la vivienda. Creo realmente que la sociedad española tiene un gran dinamismo y un sentido esencialmente positivo, incluso optimista, de la vida y, sin embargo, la interpretación política de todo esto está marcada por una polarización que existe mucho más en la política que en la sociedad. Nuestros representantes democráticos han perturbado el clima. Es como la gota fría, ha habido vientos en las alturas que están provocando efectos indeseables en la calle. Yo no pienso señalar a ningún político, porque creo que el problema es global, pero sí quiero citar una frase de Winston Churchill: me interesan y respeto a los políticos que se preocupan no por las siguientes elecciones, sino por las siguientes generaciones. Ahí tenemos el gran desafío como país.
- Estuviste en la cárcel durante el franquismo y tuviste que exiliarte a Ginebra. ¿Te duele especialmente que, tras luchar tanto por la democracia, ahora estemos así?
- Creo que nos hemos acostumbrado a ella. La damos por hecha y no la cuidamos como merece. Yo venía de Jerez, de movimientos católicos, y cuando llego a Madrid a estudiar me encuentro una universidad Complutense en plena ebullición. Me conecté con la izquierda de la izquierda del movimiento estudiantil, que era la Liga Comunista Revolucionaria. Me atrajo, sobre todo, el planteamiento intelectualmente crítico y argumentado con una base histórica potente. Me impliqué mucho y mis compañeros me eligieron para representarlos en una asamblea de profesores a la que acudimos para defender a los 30 estudiantes que habían sido detenidos por Carrero Blanco.
- Y se lio.
- Mucho. Era el año 72 y se hizo un boicot de exámenes que fue una movilización tremenda. Considero que representa un movimiento más radical que el mayo del 68 en Francia. Fue un episodio más localizado, pero mucho más fuerte. El caso es que llegó allí y nos estaban esperando. Me detuvo un inspector que ya conocía y que ya me conocía a mí: Juan Antonio González Pacheco, alias Billy el Niño. Aparece y me pone una pistola en la sien.
- Poca broma.
- Ninguna. Yo tenía 20 años e intenté defenderme y escapar, cosa imposible. Hice un gesto con el brazo para quitarme de encima la pistola y por ese movimiento me acusaron de atentado contra la Fuerza Pública; luego me encontraron unos cuantos panfletos y eso supuso asociación ilícita en grado de dirigente. Fueron sumando cargos hasta pedirme más de cinco años de cárcel. A todo esto, la detención fue muy violenta y en el trayecto entre la facultad de Ciencias Políticas y la Puerta del Sol, donde estaba la Dirección General de Seguridad, González Pacheco no paró de darme golpes con una porra que este individuo se jactaba de que le habían regalado sus amigos fascistas italianos.
- ¿Cuánto estuviste en la cárcel?
- Un par de meses en Carabanchel. Se llamaba arresto gubernativo sustitutorio y sólo salí cuando un familiar mío pudo pagar una fianza de 150.000 pesetas. Para ponerlo en perspectiva, mi mejor sueldo en esa época era de 5.000 pesetas al mes. Salí y me quedé en España hasta el juicio. Me condenaron a esos cinco años y entonces tomé la decisión de marcharme a Suiza. Fui declarado prófugo y en rebeldía. Más cargos. No volví hasta que murió Franco.
- ¿No esperaste un poco más, hasta las elecciones por lo menos, para asegurar?
- No, volví inmediatamente. En Ginebra había un colectivo de 20.000 exiliados españoles y allí continué con mi militancia democrática. Obtuve el carné de ACNUR, fui un refugiado con papeles, y en cuanto murió Franco, fui con mi carnet del ACNUR a la embajada y dije: "Yo quiero volver a mi país". Regresé en el primer indulto, que no era una amnistía plena, que dio Juan Carlos I a finales del 75. Esas Navidades ya las pasé en casa.
- ¿Te sientes orgulloso del país en que se convirtió España luego?
- Muy orgulloso. Creo que fue un grandioso ejemplo de cómo establecer una democracia plena en un contexto muy complicado. Cuando vuelvo, tengo que hacer la mili y mis antecedentes eran los que eran, así que me pasé más tiempo en el calabozo del cuartel del que había estado en la cárcel de Carabanchel. Eso me permitió ser testigo de un hecho formidable.
- ¿Cuál?
- Los calabozos siempre estaban en los cuerpos de guardia y el día que legalizan el Partido Comunista de España, en la Semana Santa de 1976, escuché desde mi celda del Cuartel de Ingenieros de Sevilla cómo el oficial de guardia manda a formar y da la siguiente instrucción: "Si algún revoltoso se acerca al cuartel, se le dispara sin contemplaciones". Fui testigo de eso y me consta que se dijo lo mismo en todos los cuarteles de España. ¿Sabes cuántos incidentes hubo en el país? Ninguno. Por eso siempre tuve confianza en que la demanda democrática estaba asentada y la sensatez y la solidez de la ciudadanía era irrompible. Tenemos que cuidar al cien por cien esta democracia y este país que hemos construido entre todos porque lo merece España y lo merecemos nosotros.





