PAPEL
Historia

Netanyahu, Hamas y el cadáver putrefracto de los dos Estados: "Después de varias décadas de proceso de paz, la población palestina tiene aún menos derechos de los que tenía antes"

El historiador Ilan Pappé, uno de los analistas más lúcidos del enquistado conflicto en Oriente Próximo, visualiza el porvenir su país en 'El final de Israel', del que adelantamos parte de su primer capítulo

Netanyahu, Hamas y el cadáver putrefracto de los dos Estados: "Después de varias décadas de proceso de paz, la población palestina tiene aún menos derechos de los que tenía antes"
Actualizado

En los albores del siglo XXI, Estados Unidos perdió el interés por la cuestión de Palestina y el proceso de paz. El horror de los atentados del 11 de septiembre hizo tambalear la idea estadounidense de su propia invencibilidad. Respondieron redoblando la apuesta con una guerra contra el terror en Irak y Afganistán, con un coste devastador. Durante la presidencia de Barack Obama, a medida que la recesión de 2008 sembraba el caos en el día a día de la ciudadanía estadounidense, la sociedad se polarizó mucho más. Después de la elección de Donald Trump en 2016 y de la pandemia del Covid-19 en 2020, el conflicto Israel-Palestina se desplomó hasta el fondo de la agenda estadounidense.

El hecho de que Estados Unidos diera un paso atrás y apenas adoptara iniciativas en este periodo permitió que los sucesivos gobiernos israelíes perseveraran en la judaización de Cisjordania y de la Gran Jerusalén, sin la molestia de tener que preocuparse de las apariencias. La resistencia a estas políticas en el interior de la sociedad israelí fue mínima: se había producido un fuerte viraje hacia la derecha. La derecha política en Israel no se define por su política económica, sino por su actitud hacia la población palestina. Exigía enérgicamente la ampliación de los asentamientos, mientras que ni siquiera desde el ala liberal se planteaba mucha pelea.

Lo que ha ocurrido en este siglo ha sido lacolonización intensiva de Cisjordania y el aislamiento de la Franja de Gaza del resto de Palestina. Ahora hay 700.000 israelíes viviendo de manera ilegal en Cisjordania e Israel incluso pretende duplicar la población colonial en el territorio de los Altos del Golán ocupado a Siria. En efecto, Estados Unidos ha hecho un intento flojo y vacío de salvar un proceso de paz sobre la base de una solución de dos Estados, mientras que Israel hacía todo lo que estaba en su mano para que esta fuera imposible creando nuevas estructuras sobre el terreno.

Solo ha habido una retirada importante de Israel de territorio palestino en este siglo: la de la Franja de Gaza en el verano de 2005. Toda la población colonial israelí se marchó o fue desahuciada. Israel impuso rápidamente controles sobre el comercio y los pasos fronterizos, aislándola aún más de Cisjordania y provocando una pobreza generalizada. En las elecciones de enero de 2006 del Consejo Legislativo Palestino, Hamas se impuso y asumió el control de Gaza, a la vez que luchaba contra el otro principal partido palestino, Fatah.

La reacción de Israel fue imponer un asedio sobre la Franja: bloquearla por tierra, mar y aire. Gaza, ahora más que nunca, parecía una cárcel al aire libre. Hamas la empleaba como punto de lanzamiento de cohetes hacia Israel. Cuando la provocación fue muy lejos, Israel comenzó los bombardeos aéreos a gran escala, que tuvieron como resultado miles de muertos y heridos entre la población palestina. Incluso en los momentos en los que había paz, quienes vivían en Gaza soportaban unas condiciones de vida que la ONU condenó como «una negación de los derechos humanos básicos que contraviene el derecho internacional» y que «equivale a un castigo colectivo».

Cuando se observa el proceso de paz desde 1967 hasta hoy, se puede ver la realidad que ha ayudado a crear: casi todo el territorio de la Palestina histórica está ahora bajo el dominio israelí, ya sea directamente o mediante el asedio, como en la Franja de Gaza. Participar en el proceso le concedía a Israel una inmunidad internacional para convertir la ocupación en una realidad permanente. Mientras tanto, la ciudadanía palestina en Israel, así como los residentes permanentes de Jerusalén Oriental sufrían bajo una batería de leyes discriminatorias e injusticias estructurales, lo que se ha descrito en ocasiones como una segregación de facto. Llegado este punto, en los territorios ocupados ilegalmente hay ya varias generaciones colonizadoras. Incluso si no se instalaran más asentamientos en Cisjordania, el crecimiento natural de esta población implica ahora que cualquier desmantelamiento de estos asentamientos exigiría el traslado de un gran número de personas.

Estos asentamientos judíos no se podrían haber construido sin violencia. Requirieron la expropiación de grandes extensiones de tierra palestina. Patrullas armadas civiles, conocidas como la Juventud sobre la Colina (Noar Havat, en hebreo), intimidaban sin cesar a sus vecinos palestinos, incendiando sus propiedades y sus campos, talando olivos y agrediendo a quienes trabajaban la tierra. A menudo esto se ha hecho con el acuerdo tácito de las Fuerzas de Defensa Israelíes (FDI).

En dos regiones dentro de Cisjordania, el valle del Jordán y el sur del monte Hebrón, estas patrullas consiguieron expulsar a la población palestina de sus aldeas. Además, convirtieron el centro de la ciudad de Hebrón en una tierra de nadie, en un espacio desolado en el que unas pocas y valientes familias palestinas resistían con firmeza los repetidos intentos de expulsarlas de la ciudad.

"En las dos primeras décadas del siglo XXI, a la población palestina le han sucedido las cosas más inconcebibles"

Las patrullas se convirtieron en la vanguardia del Movimiento Religioso Sionista, un nuevo movimiento de masas que se ha hinchado hasta hacerse una fuerza política que hay que tener en cuenta dentro de Israel. El Movimiento Religioso Sionista no solamente quiere colonizar Cisjordania; quiere convertir a Israel en una teocracia judía.

Mientras que Israel se ha desplazado hasta la derecha a un ritmo alarmante, la vida para la población palestina, tanto dentro de Israel como dentro de los territorios ocupados, no ha hecho más que empeorar. Para ella la pax americana ha sido un fracaso sin paliativos. Entre 1972 y 1989, los residentes palestinos podían desplazarse con cierta libertad entre Gaza, Cisjordania e Israel: más de 100.000 gazatíes tenían empleos en Israel. Ahora, después de varias décadas de proceso de paz, la población palestina tiene aún menos derechos de los que tenía antes.

Estos fracasos no se deben por completo a la complicidad activa por parte de Estados Unidos. Ha habido muchas personas dentro del Departamento de Estado y, en contadas ocasiones, dentro de la Casa Blanca que han expresado su frustración por la intransigencia de Israel y su falta de disposición para hacer incluso las concesiones más mínimas. Pero parecía que se convencían a sí mismas de que las constantes violaciones por parte de Israel de los derechos humanos y civiles de la población palestina eran temporales y que terminarían inmediatamente en cuanto Estados Unidos pudiera negociar con éxito un acuerdo de paz.

La visión estadounidense del conflicto Israel-Palestina podría resumirse en «la paz está a la vuelta de la esquina». Algunos presidentes, como Carter, Clinton y Obama, se implicaron más que sus predecesores o sucesores en estos intentos de paz. Una vez fuera del cargo, Carter y Obama han sido mucho más directos a la hora de criticar la reticencia de Israel a llegar a acuerdos, mientras que a la vez se quejaban de que sus manos estaban atadas debido al papel desmesurado que desempeñaba el lobby proisraelí en el Capitolio. Pero, cuando gobernaban, estos presidentes supuestamente progresistas hicieron poco más que hablar exigiendo la finalización de las violaciones israelíes del derecho internacional y de los derechos humanos. Ir hasta el fondo, es decir, imponer sanciones reales a Israel, estaba fuera de la cuestión.

Cuando se reflexiona acerca de las dos primeras décadas del siglo XXI, vemos que a la población palestina le han sucedido las cosas más inconcebibles, a medida que el ímpetu estadounidense a favor de la paz ha vacilado. En la década de 2010, cuando no había riesgo ninguno de una guerra abierta, Estados Unidos se contentaba con que los territorios ocupados estuvieran indefinidamente ocupados. Si no hubiera sido por el ataque de Hamas del 7 de octubre de 2023 y la guerra posterior, es posible que Estados Unidos no hubiera salido de su creciente indiferencia. Ahora Israel ha doblado la mano de Estados Unidos: ya no para implicarse en un proceso de paz, sino en una guerra en la región.

Además, Estados Unidos no era la única potencia que ignoraba la realidad de Israel-Palestina. En buena medida los gobiernos de todo el mundo habían claudicado respecto de encontrar una solución, contentándose, en el mejor de los casos, en reiterar un compromiso retórico con la solución de los dos Estados.

Incluso los Estados árabes empezaron un proceso de normalización de las relaciones con Israel. Desde nuestro punto de vista privilegiado de 2025, es fácil entender por qué el enfoque preconizado por Estados Unidos ni funcionó ni podía funcionar. Pasaba por alto la historia, se negaba a confrontar la profunda asimetría de poder, carecía de una crítica del papel del sionismo y no podía responder de manera significativa a los acontecimientos. Como resultado, no solamente no ha conseguido traer la paz; ha destruido activamente cualquier posibilidad de una solución viable de dos Estados.

Cada episodio del proceso de paz despertaba las esperanzas del pueblo palestino de que un cambio era inminente, y en cada ocasión las frustraba rápidamente. Como es natural, el fracaso de la diplomacia fomentaba la aparición y crecimiento de grupos que defendían la resistencia armada e incluso los ataques terroristas sobre las poblaciones civiles. Además, la desaparición de la confianza en Israel y en la comunidad internacional ha hecho que la población palestina sea mucho más contraria a la tan cacareada solución de los dos Estados. En diciembre de 2022, una encuesta apuntaba a que únicamente el 33% de la población palestina de Gaza y Cisjordania apoyaba los dos Estados, una cifra prácticamente idéntica a la de la población judía israelí, de la cual únicamente un 34% estaba a favor. Y parece que la población palestina de otros lugares, especialmente la de la diáspora, ya había perdido la fe en esa solución hacía mucho tiempo.

En términos reales, la solución de los dos Estados es un cadáver putrefacto que lleva demasiado tiempo en la morgue. La comunidad internacional se ha limitado a no hacerle la autopsia para así no poder enterrarlo. En la sociedad judía israelí ha surgido un cierto consenso: el statu quo -que para la población palestina es invivible- es el mejor trato encima de la mesa para Israel. Esto supone una minoría palestina subyugada en Israel, con apenas influencia política; dos pequeños bantustanes palestinos en Cisjordania y Gaza (uno gobernado por la Autoridad Palestina en nombre de Israel y el otro controlado por el asedio y la disuasión militar); y un mundo al que esto no le importa nada. En la mente israelí, como formuló con elocuencia Nathan Thrall, «el precio del acuerdo es mucho mayor que el precio de no llegar a un acuerdo». El proceso de paz financiaba en buena parte los costes del estancamiento, mientras que hacer concesiones hubiera provocado un tremendo levantamiento político en una sociedad cada vez más dividida y atrincherada.

"En lo único en lo que se pone de acuerdo la población israelí es en la continua opresión a la población palestina"

Esto puede explicar por qué el futuro de los territorios palestinos y de la población palestina no ha figurado de manera destacada en las plataformas de los partidos políticos judío israelíes durante el siglo XXI. Para la mayoría de la población judía israelí, el conflicto había terminado. Las escaramuzas con Hamas en Gaza después de la retirada israelí no eran una nueva manifestación de la resistencia palestina ante la ocupación, sino parte de una guerra contra el terrorismo islámico, en la que Israel, junto con el resto del mundo civilizado, estaba en el lado correcto.

De vez en cuando, Israel recibe una bofetada de realidad. Desde la Segunda Intifada de 2000 hasta las protestas masivas en Jerusalén Oriental y Gaza en 2021, pasando por la invasión de Hamas en el sur de Israel el 7 de octubre de 2023, era evidente que el statu quo no se podía sostener. Israel era mucho más vulnerable de lo que parecía.

Sin embargo, Israel no entendió esos desafíos a su autoridad como señales de una crisis, sino como amenazas aisladas a su seguridad nacional. Sus quejas victimistas contribuyeron a crear la sensación de unidad en una sociedad que estaba más dividida que nunca entre teócratas y liberales. En el futuro próximo, estas divisiones de la sociedad israelí no podrán barrerse bajo la alfombra, desviando la atención hacia un enemigo o amenaza externa. Antes del 7 de octubre, Israel se encontraba en una aguda crisis política, con cinco convocatorias electorales repentinas en tres años. Decenas de miles de israelíes salieron a protestar casi semanalmente durante los meses anteriores a los ataques del 7 de octubre en contra de unas reformas judiciales de gran envergadura. No es una exageración decir que Israel bien podría haberse encontrado al borde de una guerra civil. En lo único en lo que se pone de acuerdo la población israelí es en la continua opresión a la población palestina.

En el siglo XXI, el consenso en Israel sobre lo que atañe a Palestina es este: la realidad presente es el acuerdo definitivo. En un mundo ideal, la población palestina tendría que estar de acuerdo con esto, pero, si ponen objeciones, Israel lo impondrá por la fuerza. Esto se articuló en una nueva legislación aprobada por una amplia mayoría en la Knéset en el verano de 2018: Israel como el Estado-nación del pueblo judío. Según esta ley, «Israel es la patria histórica del pueblo judío [...]. El derecho de autodeterminación nacional dentro del Estado de Israel pertenece únicamente al pueblo judío». En otras palabras, la única nación que existe dentro de la Palestina histórica es la nación judía.

Esto convierte en algo imposible tanto la solución de los dos Estados como la de un Estado binacional. Descarta la opción de un Estado democrático con derechos iguales tanto para la población israelí como para la palestina, tal como han analizado incluso figuras derechistas como Benny Begin, y ha llevado a organizaciones de derechos humanos como Human Rights Watch, B'Tselem y Amnistía Internacional a definir a Israel como un Estado de apartheid. Estos informes sobre derechos humanos no habían tenido precedentes. Por primera vez se condenaba a Israel en su conjunto, no solamente al régimen de ocupación en Cisjordania y Gaza.

Hasta octubre de 2023, la realidad del dominio de Israel sobre la población palestina, ya fuera dentro de sus fronteras legales o en Gaza y Cisjordania, apenas había suscitado preocupación entre las elites políticas en todo el mundo, ni había ocupado titulares, excepto cuando la violencia estallaba. Aun así, activistas de base de todo el mundo se habían movilizado para protestar por las acciones de Israel en Palestina, fomentando iniciativas como el movimiento Boicot, Desinversiones y Sanciones (BDS). No obstante, estas tienen un impacto muy limitado sobre el terreno, aunque hagan que cada vez más gente tome conciencia de la causa palestina. Pese a ello, hasta octubre de 2023 siempre había un tema más importante en la agenda internacional.

En el momento de escribir estas líneas, Palestina se encuentra en el centro de la atención global. Es difícil saber cuánto durará esta preocupación. Sin embargo, lo que esta vez está en juego no es únicamente el futuro de Palestina y del pueblo palestino. Los acontecimientos de octubre de 2023 han expuesto las grietas en los cimientos de Israel. Estas grietas se están agrandando continuamente y amenazan la estabilidad misma del Estado sionista.

Una interrogación se cierne sobre su futuro. Está por ver qué va a ocurrir con el proyecto de Israel en las próximas décadas, pues lo que está claro es que no puede seguir de esta manera.

*Ilan Pappé (Haifa, 71 años) es historiador y autor de El final de Israel: ocho revoluciones que podrían conducir a la descolonización y la coexistencia (ed. Akal), que se publica el 2 de febrero