- ¿Cómo fue interpretar el punto de inflexión de la película (que no desvelaremos para no hacer 'spoilers')?
- Haces lo que puedes. En la escena más explícita de dolor le dije a Oliver Laxe [director del filme] que yo no sabía cómo se hacía eso, ni si alguien podía actuar eso... Porque es el miedo más oscuro, el fantasma más profundo, el colmo del dolor. Pero precisamente la peli habla de este miedo, del más profundo que uno puede tener y de cómo avanzas con ello. En esta ‘peli’ me he descubierto. Constaté de forma muy evidente que los actores y las actrices no somos máquinas de interpretar que decidimos cómo lo vamos a hacer, sino que es más una cuestión de entrar en trance, de abandonarse y dejar que el cuerpo tome decisiones.
- ¿Diría que actuar tiene algo de estar 'colocado'?
- Las drogas sirven para abrir puertas de la mente a otros lugares. Es verdad que actuar tiene algo de narcótico, de abandonarte, de entrar en otro cuerpo y otra personalidad. Pero, por encima de todo, actuar es un juego. Todo el mundo sabe que es mentira. El equipo sabe que yo no me llamo Luis, que Esteban no es mi hijo y que no se llama Esteban, sino Bruno. Todos lo sabemos. Así que lo que cuenta es jugar.
- ¿Ahora que hablamos de drogas, ¿cómo ha sido su contacto con el mundo 'rave'?
- He ido a alguna, aunque no puedo decir que como 'ravero'. Pero cuando he conocido al colectivo que organiza esto me he quedado flipado. Porque la base de su rollo no son las drogas: es desertar de la sociedad, escuchar música para no escuchar el mundo como se derrumba y plantearse una alternativa fuera del sistema. Es decir, prepararse para un mundo nuevo. Se están preparando para un mundo nuevo que va a llegar, porque esto se está cayendo a trozos.
- ¿Lo ve como algo político?
- Para mí queda claro que la parte política del colectivo está presente. Pienso que, más que distópica, es lúcida. Porque estamos aquí en San Sebastián, sentados tomándonos una caña, pero vemos lo que está pasando en Israel, en Ucrania, en África ni te cuento... La sensación de un tren que avanza inexorable. Avanza, avanza, avanza... Sólo hay presente, no tienes tiempo para el pasado, para recoger cable...
- ¿Cómo ve lo que sucede con Palestina?
- Lo de Israel con Gaza va a terminar parando el mundo entero.
- ¿Y qué opciones hay?
- Lo único que nos puede salvar es el arte: La literatura, el cine, la música... nos hacen hacernos preguntas, escuchar a voces diferentes, ver quien mira las cosas desde otro punto de vista. Otra cosa es la revolución. Hay una conciencia general de que el mundo va a explotar y que habrá que hacer algo, que esperemos que no sea solamente una guerra. Los 'raveros' lo tienen claro desde hace tiempo: yo me bajo de este barco porque no quiero ser cómplice de esta destrucción.
- ¿Y usted?
- Pienso que o nos salvamos todos o no se salva nadie. Y que es imprescindible tener conciencia colectiva, desde el individuo. Cada uno puede accionar sobre el entorno donde puede, con sus circunstancias. Pero es importante alimentar o creer en una energía colectiva porque igual explota todo. A los políticos les gustaría que todos pensáramos lo mismo: tú vota cada cuatro años y cállate la boca; y el resto del año consume y cállate la boca. Y no. Está clarísimo, y se demuestra cada dos por tres cuando hay una explosión o una revolución, que el poder lo tiene la gente.
- Plantea usted un conflicto eterno: el que se da entre el individuo y la sociedad.
- Tengo claro que el problema está en cerrarse en el individuo, en pensar sólo en mí, cultivar mi propio confort. Estar en mi casa con mi calefacción, mi aire acondicionado, mi Netflix o mi no sé qué. Y es lo que está pasando desde hace mucho tiempo: que nos estamos individualizando demasiado. Cuando es evidente que tu gesto pequeño forma parte de un gesto más grande, colectivo. Lleva mucho tiempo erosionando al ser humano. Cuanto mejor te va, el sistema te empuja más a pensar: "Alimenta tu bienestar, pero no te preocupes de los demás, que ya nos ocupamos nosotros". Es desolador y acaba convirtiendo la humanidad en gente que vive en soledad.
- ¿Y cómo ve usted este otro conflicto, entre la diferencia y la similitud?
- 'Sirat' también cuenta eso, que los seres humanos, cuando miramos hacia adentro, no somos tan diferentes. Y aunque nos quieran hacer creer que tenemos que aprender a manejar armas, el principio de compasión y de ayudar al otro es una fuerza que nos hace avanzar con el resto de la tribu. Por otra parte, las diferencias siempre se han visto como algo en contradicción con la igualdad. Cuando para mí es lo mismo: el valor de ser todos iguales es que somos diferentes.
- ¿Se siente a gusto en el papel de 'everyman', como dicen los anglosajones?
- Una cosa buena de ser un tío del montón es que te pones un smoking y sales afeitado y es otro rollo. He tenido la suerte de hacer muchos personajes distintos, hasta de fascistas. Esta energía cercana me ha dado una tranquilidad. Está bien no ser nadie, pasar desapercibido. Además, me encuentro en este mundo con gente muy cinéfila, muy leída, muy culta... Y tengo este complejo de ignorante, el complejo de no querer ser artista. Porque eso es una cosa más... elitista de lo que te gustaría.
- Hablemos de 'Non solum', un espectáculo que estrenó hace dos décadas y que representa en el Teatro Marquina de Madrid hasta el día 19 y en el festival Temporada Alta de Girona entre el día 25 y el 1 de noviembre. ¿Cómo ha cambiado en todo este tiempo?
- El espectáculo es más coherente, más contundente, más corto y más eficiente. Yo quiero hablar de cosas profundas, pero no sé hablar sin la coña. Y me he dado cuenta de que en el teatro y en la escritura la comedia, el humor, es un arma. Puedes ir más lejos. Puedes hacer una penetración anal explícita en un teatro de Pamplona delante de todas las señoras de 80 años con las pieles. Ha sido un laboratorio que dura 20 años. Cada vez está más acotado, cada vez improviso menos; antes era más caótico y salían más puertas por todos lados. Siento que tendríamos que estrenar después de todo este tiempo. Hasta ahora han sido ensayos.
- En este tiempo debe haber representado el monólogo en todo tipo de escenarios y ante todo tipo de público.
- Cuando hago una obra como ésta en un centro social, en una ‘okupa’, son todos del mismo rollo. Pero a mí me mola ir a un sitio donde la gente no está convencida. Actúo más a gusto pensando en los que no les gusta, en los que están un poco como [pone cara de escéptico]
- Usted ha sido muy activo a favor de la independencia de Cataluña. ¿Y ahora?
- El tren continúa, está pasando y pasará otra vez, hasta que se consiga algo. Y si no se consigue, da igual. Para mí la clave es el camino. Tiene que ser muy triste renunciar. Pero no sólo a la independencia, sino a lo que sea. Decir que el mundo funciona así y ya está. En serio no sé cómo se puede vivir así. Bueno sí, porque el poder dice: 'Vive así. Tienes una jubilación y no toques los cojones'. Pero está muy bien tocar los cojones, aunque sea sólo por divertirse. Hay que hacerse preguntas continuamente, intentar cambiar las cosas continuamente. Porque todo es una injusticia social flagrante.
- ¿Y cree que el artista puede cambiar las cosas?
- El artista está un poco a expensas de quien manda. Y al poder le interesa, porque mueve masas. Bueno, ahora pasa con los 'influencers', ¿no? La sociedad está muy enferma. Es un lío saber qué es verdad y qué es mentira, con lo cual se mezcla todo. El otro día leía algo -para que no quede muy intelectual, diré que en Instagram- de la filósofa Hannah Arendt, que decía que cuando el poder dice una mentira no solamente es tóxico porque ha dicho una mentira, sino porque instala en el pueblo la idea de que la mentira puede existir. Con lo cual, cuando conviven mentira y verdad es más fácil llegar al momento en que no sabes lo que es verdad, y la gente acaba confundiendo lo bueno con lo malo; esto es el terreno sembrado para el fascismo.
¿Cuál es la pregunta más impertinente que le han hecho? ¿Y qué respondió?
Que cuál ha sido la película más mala que he hecho. Como si yo pudiese hablar de eso.

