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Especial XXXV Aniversario EL MUNDO

Y sólo saldrá de ella con la dura verdad a cuestas

Una ilusión óptica hizo que el periodismo adoptara el pensamiento literario para explicar la vida. Es hora de que adopte el de la ciencia

Exposición en el Mori Building Digital Art Museum (Tokio).
Exposición en el Mori Building Digital Art Museum (Tokio).CARLOS GARCÍA POZO
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Habrá periodismo en los próximos 35 años. Y en los otros 35. Luego ya no es muy seguro que esté vivo, y no quiero arriesgarme. Pero hay bastantes años de los que ocuparse y resulta necesario trazar la hoja de ruta. Debe partir del cambio radical de la mirada periodística sobre la ciencia: su mortecina y cenicienta cautela debe mutar en una mirada optimista y celebratoria. A pesar de lo que expele viciosamente la opinión estos no son tiempos difíciles o no lo son más que cualquier otro. Estos son los mejores tiempos de la Historia humana, solo peores que los que vendrán, y la principal razón es el impacto continuado de la gran revolución científica que desarrolló la Ilustración.

El periodismo habrá de presionar a la política para que esa nueva mirada se consolide y se extienda a la sociedad. Lo propio de la política es la regulación, es decir, la resolución de los conflictos de interés que se plantean en una comunidad. Pero de la política en relación a la ciencia se necesita también aliento. La política no puede concebirse como la instancia reaccionaria que aborta o dificulta el conocimiento científico y su aplicación. La política ha de favorecer la investigación ilimitada, sin vetar al conocimiento determinadas áreas de la vida social, por más que el conocimiento sea a veces desmoralizante. A la política solo le corresponde la gestión y aplicación -a veces delicada- de ese conocimiento. El periodismo debe exigírselo de manera obstinada.

El otro gran trabajo que le espera al oficio son los debates. Los verdaderos debates. Organizarlos y encauzarlos. El bioético es el primero. La revolución científica puede ser explicada como una paulatina y constante toma de responsabilidad por parte del hombre. Las decisiones ya no son materia de los dioses y lenta pero imparablemente la ciencia reduce la competencia del azar. Hay una palabra maldita que es eugenesia. Es misión del periodismo limpiarla. En pocos años las parejas dispondrán de las técnicas suficientes para rastrear la existencia de enfermedades en el feto y para elegir rasgos físicos y psíquicos de sus hijos. Los perfiles de la discusión que se avecina son innumerables. Pero para subrayar uno, y principal: ser padres se habrá convertido en una responsabilidad corregida y aumentada.

La inteligencia artificial -yo preferiría decir creada- plantea otro de los imperiosos debates y es un ejemplo especialmente agresivo de la visión apocalíptica sobre el progreso, cuya monótona y pegadiza canción el periodismo ha de silenciar. Que el ingenio capaz de predecir la estructura tridimensional de 200 millones de proteínas -lo que en términos convencionales de inteligencia humana habría supuesto millones de años-, o que está a un paso de liquidar el mito de Babel con la traducción automática, se haya convertido por la acción de algunos avispados accionistas del pesimismo en la principal amenaza de la Humanidad, es una de las expresiones más insultantes de la carabé del progreso.

La verdad y cómo reconocerla fue, es y será una recurrencia continua de los problemas del oficio. Buena parte de las últimas aportaciones del conocimiento pueden resumirse en la construcción de una gigantesca realidad virtual que, en sus formas más extremadas e ideales, incluso reta a la muerte. La propia tecnología es la mejor aliada para desenmascarar las trampas de la tecnología. Cualquier política razonable habrá de partir de la idea zafiamente arrinconada después de años de relativismo y palabrería: que la verdad existe y es una. El periodismo sabe eso desde la primera hora. Pero no siempre ha sabido defenderlo. La crisis de la verdad ha coincidido con su crisis endógena. Y solo saldrá de ella con la dura verdad a cuestas.

Hay una última y difícil cuestión a examinar. La ciencia ha ido acosando de modo cada vez más agobiante la vieja ilusión filosófica -y religiosa- del libre albedrío. Es probable que la conducta de los hombres esté regida por causas que los hombres no pueden controlar. La sentencia interesa al periodismo mucho más de lo que podría pensarse. Cualquier periódico se sostiene por una clave de bóveda, que es la culpa y el correlato social de la responsabilidad. La paradoja es que incluso los que creemos que el libre albedrío no existe sabemos que no podemos deshacernos de la culpa y de la responsabilidad -firmemente instaladas en nuestro cableado básico-, precisamente porque, para nosotros, el libre albedrío no existe. Esta imposibilidad no debe inhibir la compasión: hacia nosotros mismos y hacia los otros; como emoción privada y como respuesta social. El periodismo, cuyo trato preferencial con el mal es uno de sus rasgos, debe incorporar esta verdad a su amplio catálogo de verdades.

Una ilusión óptica hizo que el periodismo adoptara el pensamiento literario para explicar la vida. Es hora de que adopte el de la ciencia. También por el bien de la literatura, de cuyo régimen forma parte.