El edificio del Banco Atlántico de Barcelona (construido en 1969 y ahora llamado de Diagonal Vertical) no tuvo la primera fachada de vidrio de España. Algunos años antes, en 1961, la asociación irresistible del metal, el cristal y los negocios llegó por primera vez en el Edificio Hispano Olivetti, a un paso de la Plaza de Cataluña. Pero el Atlántico sí que tuvo la primera gran fachada de muro cortina que se vio en España: 83 metros de altura y un perímetro de 110 metros en una esquina del Ensanche imposible de ignorar, en el cruce de Diagonal con la calle Balmes, en el mundo de la Barcelona milanesa que describió Sergio Vila Sanjuán en la novela Estaba en el aire.
Los fotógrafos, los publicistas, los editores, los diseñadores, la moda... 55 años después, la fachada del Diagonal Vertical es una antigüedad a la que su ciudad considera patrimonio cultural, pero cuya adecuación al mundo contemporáneo requiere muchísimo esfuerzo. Por eso, el Estudio Batlle i Roig completó en noviembre pasado una restauración hecha, en parte, con los criterios de los historiadores. La fachada de cristal ha sido reemplazada por otra que replica perfectamente los vidrios grises y negros y la composición original de los arquitectos Santiago Balcells y Francesc Mitjans. Todo lo demás, lo que no se ve, ha sido un trabajo abrumador de innovación e ingeniería.
«Ahora hay muchísima tecnología en la fachada. Hay vidrios que son fotovoltaicos, que producen energía. Hay un aislamiento mucho mejor y hay rendijas de ventilación para evitar el síndrome de los edificios enfermos», explica Enric Batlle, socio de Batlle i Roig, en referencia a la mala calidad del aire que se atribuye a las fachadas de cristal. «Este es un edificio importante en la arquitectura de Barcelona y su fachada está protegida, de modo que ha habido que restaurar su imagen. Pero hoy no haríamos una fachada de vidrio así porque es una solución cara e impone mucho gasto en climatización».
El caso de la torre de Diagonal Vertical expresa un cambio tan rápido que apenas se ha contado: los muros cortinas, las fachadas de vidrio que fueron en todo el mundo un símbolo de la modernidad durante la segunda mitad del siglo XX, se han convertido en una imagen anacrónica y problemática: son poco eficientes y poco sostenibles como tecnología y son poco amistosos y demasiado abstractos como mensaje.
Hace sólo 15 años que Madrid estrenó sus Cuatro Torres del norte del Paseo de La Castellana, las mayores fachadas de cristal de España. «En cambio, hoy, cualquier fachada de cristal nos parece sospechosa», explica Jose Martí, socio arquitecto del estudio ERRE de Valencia, que ha construido el Roig Arena con una envolvente de escamas cerámicas. «Nos ha costado darnos cuenta de que en España necesitamos una arquitectura de la sombra, que la manera de proteger a las personas es protegerlas del sol. No tenemos el clima de Estocolmo, donde cada rayo es importante».
«En Murcia hay un edificio reciente y muy conocido que tiene dos fachadas de muro cortina orientadas a lados opuestos. Y se sabe que hay días en los que las oficinas que dan a una fachada necesitan calefacción mientras que las que dan a la fachada contraria necesitan aire acondicionado refrigerado», cuentan sus colegas Beatriz y Toño Santacruz. Y con eso debería de estar todo dicho. «Lo que ocurre es que la imagen de los negocios ha sido siempre la del cristal y el metal y esa relación es tan potente que todavía está en la demanda de muchos clientes. Pero es evidente para nosotros mismos: hemos pasado de hacer fachadas 100% cristal a hacer otras 75% cristal, 50% cristal...», cuenta Batlle. «Las modas también importan. Las empresas quieren diferenciarse. Los clientes jóvenes nos piden menos cristal y más piedra en las fachadas».
El estudio de Beatriz y Toño Santa-Cruz ha estado en la selección de los Premios Nacionales de Arquitectura del Consejo General de Colegios gracias a la sede de la empresa de servicios al sector logístico Vrio, en Molina de Segura, Murcia. El edificio es fácilmente reconocible por su segunda piel, una envolvente hecha con piezas de chapa de acero perforado que envuelven el perímetro, a una distancia de entre un metro y medio y 60 centímetros del edificio en sí, de sus ventanales y sus paredes más o menos convencionales. «Escamas» y «artesanía» son las palabras con la que los Santacruz se refieren a esas piezas que ellos mismos diseñaron. «No es ningún alarde estructural, es un entramado sencillo que funciona con tornillería».
Al combinarse, las piezas filtran la luz de una manera se crean efectos cambiantes y evitan la sensación de tedio de tantas oficinas impersonales. Las escamas también tapan el paisaje que rodea al edificio, un polígono industrial más bien áspero, dan sombra, permiten abrir las ventanas y crear corrientes cruzadas. Así, ahorran aire acondicionado y jaquecas. Y algo importante: no exigen más mantenimiento que una fachada de cristal. «Una limpieza cada dos años es suficiente». ¿Es cara la fachada de Vrio? «Ha costado 450 euros el metro cuadrado. Una fachada normal cuesta 250 euros. ¿Es caro? Lo es como inversión pero si el edificio minimiza el consumo de aire acondicionado y si la productividad de los empleados mejora, ya no es tan caro. Y menos aún si hay un impacto en la sociedad, si transmite la imagen que la empresa quiere dar de transparencia e innovación. El otro día, alguien de una institución pública le preguntó al dueño si podían utilizar su sede para un acto», cuentan sus autores.
«Las fachadas se han encarecido mucho», cuenta en Madrid su colega Guillermo Sevillano, del estudio Suma, el responsable de la Biblioteca García Márquez de Barcelona. «Se llevan entre un 25 y un 33% del coste total de un proyecto y es un porcentaje al alza». «Yo no me atrevo a dar un dato», añade Enric Batlle. «La Torre de Diagonal Vertical tiene muchísima fachada; en cambio, los edificios que hemos hecho para Inditex tienen poca. Sí estoy de acuerdo en que se han encarecido en términos relativos. Pero es que cada vez se exige más aislamiento».
Batlle, los hermanos Santacruz y Martí también utilizan la palabra celosía para describir algunas de sus obras recientes porque celosía es el recurso que aparece en todas partes como antónimo de muro cortina. Celosías son las series verticales de lamas de maderas que vemos en los restaurantes japoneses, en las consultas de los dentistas, en los halls de las facultades y en los interiores de los apartamentos de un sólo espacio que quieren separar el dormitorio sin convertirlo en un cuarto sin ventilación. Celosías son las inmensas piezas metálicas de la fachada del Bernabéu y las teselas cerámicas del Roig Arena.
«Nosotros no utilizamos esa palabra para las lamas de la Biblioteca García Márquez porque son muy grandes, pero supongo que hacen esa misma función», cuenta Guillermo Sevillano. «Como tecnología, es evidente que la celosía funciona. Que permite intimidad pero también permite que entre la luz y el aire y da sombra... Si pones una celosía puedes llevar las instalaciones y las estructuras a las fachadas y despejar el interior. Las prestaciones son indiscutibles. Mi duda tiene que ver con el efecto que causan. No sé si esas celosías son la misma abstracción que los muros cortina, el mismo recurso que podemos aplicar en todas partes sin atender mucho a cada proyecto».
Vistas de cerca, no todas las celosías son el mismo juego de bastones verticales que está en todas partes. Batlle habla de unas lujosas lamas de madera quemada que ha empleado su estudio según una técnica japonesa y de las piezas cerámicas que están casi recién llegadas al mercado y que no se recalientan. En Murcia, los hermanos Santacruz cuentan que hicieron una fachada de celosía con cuerdas en la ampliación de un edificio histórico. Y en Madrid, en un polígono industrial de Villa de Vallecas hay otro edificio que también está envuelto en una segunda piel y que también apareció en la selección de los premios nacionales del Consejo de Colegios de Arquitectos... pese a que su fin no podía ser menos artístico.
«El edificio de Vallecas es la sede de la contrata de los camiones de limpieza de Madrid», explica Israel Alba, el arquitecto del edificio. «Aquí llegan los camiones cuando terminan sus servicios. Tienen su aparcamiento, su lavadero y su taller. Hay oficinas y vestuarios para los trabajadores. Es un mundo muy rudo, cuando fuimos a conocer cómo trabaja esta gente nos quedamos impresionados. Los camiones pesan 25 toneladas y van muy deprisa desde la madrugada».
Y a esa nave la ha dotado el estudio de Alba de otra fachada más allá de la fachada, de otra celosía de acero galvanizado, que ya no es una artesanía como la de Vrio, sino un producto sacado de un catálogo industrial, barato, resistente y manejable. Las celosías son más espesas en la planta baja que en la alta, de modo que el edificio parece difuminarse. Es un lugar casi onírico destinado a una función tan poco fotogénica como recoger los camiones de la basura. «Si un camión se choca con una esquina, que es algo que pasa, la reparación es tan sencilla como cambiar la pieza», explica Alba. ¿Mantenimiento? «La fachada se limpia con un manguerazo».
Dos voces más: Alexandre Mouriño es el coautor del Halo de Vigo y pone el contexto al viaje del muro cortina hasta la celosía. «Hace 100 años, el mundo de los negocios se representaba a través de edificios que eran como cajas fuertes. Después, apareció el tema de la conquista del futuro y las fachadas de vidrio tuvieron tanto éxito que aparecieron en todas partes. Ese fue el problema: no tenían ningún lugar, no envejecían».
¿Y la celosía? «La celosía estuvo siempre, está en la arquitectura de Al Andalus y en La Alhambra, que es una sucesión de cámaras y de envolventes para filtrar la luz y hacer correr el aire. En los 60, llegó a la arquitectura contemporánea. José Antonio Coderch ya investigaba en las celosías populares para llevarlas a sus obras. Lo de ahora me parece otra cosa, algo un poco kitsch, que se aplica en todas partes porque está de moda sin pensar mucho en si funciona o no».
Por último, Magdalena Ostornol, del estudio B720, recuerda que hay un factor más: la innovación tecnológica ha dado un salto en las industrias del aislamiento y del vidrio. «En muchos casos, se ha hecho mal uso del muro cortina, se ha aplicado sin criterios climáticos adecuados o con fines estéticos. Sin embargo, es un sistema constructivo industrializado, ligero y ensamblable, que ofrece una gran versatilidad técnica, de diseño y rendimiento térmico. Hay continuas investigaciones y mejoras para optimizar sus prestaciones térmicas, acústicas, de estanqueidad y de seguridad. Actualmente, los esfuerzos se centran especialmente en reducir su huella de carbono, dado el impacto que tiene el aluminio como materia prima. Hay soluciones más sostenibles como el uso de aluminios reciclados o la aparición de sistemas híbridos que combinan madera y aluminio y reducen el impacto ambiental sin renunciar a las prestaciones. Nosotros hemos desarrollado varias obras con ambos. Y hemos hecho varias investigaciones además de sistemas híbridos madera-aluminio. El muro cortina permite combinar infinidad de materiales, y se puede desarrollar fachadas con altas prestaciones combinando paños ciegos y acristalados. Es un error pensar que sólo se puede panelar en vidrio. Y, además, es reciclable».







