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Viaje por la España que oposita: "La gente ya no quiere vivir esclavizada en la empresa privada y contempla otros intereses"

Siete de cada 10 españoles dejarían un empleo en la empresa privada por una plaza pública. La búsqueda de estabilidad, la conciliación y el acceso a la vivienda, así como la mejor imagen del sector y sus sueldos, disparan la vocación opositora en todo el país

Viaje por la España que oposita: "La gente ya no quiere vivir esclavizada en la empresa privada y contempla otros intereses"
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Pegado a la puerta, al fondo del pasillo, hay un cartelito con una viñeta en la que Mafalda filosofa con Miguelito sobre la comprensión y el respeto. Y al lado, tres consejos, subrayados en rojo por si alguien piensa que son sólo consejos.

Uno: el clima de silencio lo hacemos entre todas. Dos: al cerrar o abrir las puertas de las habitaciones, acompañad el picaporte para que no se golpee. Tres: evitad los tacones.

Cruzamos la puerta -sin tacones, claro- como quien se adentra a desactivar una bomba de relojería. Silencio monacal. Estamos en la segunda planta de la residencia León XIII de Madrid, un centro inaugurado en 2012 para acompañar a cientos de jóvenes en la preparación de sus oposiciones y estudios de postgrado. A sólo unos metros, está la Pío XI, su equivalente masculino, instituida hace más de 60 años con el mismo objetivo. Existe un tercer centro, éste mixto, el San Alberto Magno, pero hace años que en el bloque principal chicas y chicos decidieron separarse para optimizar su concentración.

Alrededor de 200 estudiantes se preparan en estos dos edificios para las oposiciones del subgrupo A1, las de más alto nivel, las más difíciles pero también las que aseguran mejores sueldos. Aquí viven futuros notarios, registradores de la propiedad, abogados del Estado, los jueces y fiscales de las próximas décadas, interventores y auditores del Estado...

Aquí vive Blanca, por ejemplo, que es de Mallorca, tiene 24 años, y aspira a ser inspectora de Hacienda. En su habitación hay papeles, libros, calendarios, más papeles, apuntes, copias del BOE, una foto de su novio, una estampita del Padre Mansilla y un cronómetro con el que calcula el tiempo que necesita para cantar cada apartado de su temario.

"Yo nunca he sido una opositora típica", nos explicará en 17 segundos exactos. "No tenía vocación, pero nunca me ha importado sentarme a estudiar, me encanta el tema de los impuestos... Podría buscar trabajo en una empresa, hice prácticas en un despacho, pero hubo un momento en el que me lo planteé: '¿Para qué voy a entrar en el sector privado, si puedo dedicarme a lo que me gusta pero con condiciones mucho mejores?'. Si me sacrifico cuatro años ahora, luego voy a vivir de lo que quiero y sin unas condiciones laborales de locos. Podré conciliar, tener tiempo libre y no tendré que renunciar a mi familia".

Para saber más

Blanca forma parte de la élite en potencia, un grupo de chavales que representan la cúspide de una tendencia que no ha dejado de crecer en los últimos tiempos. En España cada día se oposita más. Los jóvenes ya no quieren ser futbolistas ni astronautas, quizás ni siquiera quieren ser youtubers. Ellos y ellas quieren ser funcionarios. Y hasta los mayores de 40 o 50 años sueñan con un puestazo... público. Uno de cada dos españoles cree que opositar hoy es una opción más atractiva que hace una década.

"Esa imagen primitiva de los funcionarios como una panda de vagos y paniaguados que viven del cuento y son muy poco productivos ha quedado desechada por una parte importante de la sociedad, pese a la cruzada antiburocrática que están poniendo en marcha Administraciones como la de Trump en Estados Unidos o Milei en Argentina", reflexiona Juan José Rastrollo, profesor de Derecho Administrativo de la Universidad de Salamanca. "En España, la crisis del Covid puso en valor el papel de los empleados públicos y ser funcionario se ha convertido en un reclamo para un grupo importante de gente que ya no se deja guiar tanto en su vida profesional por criterios de competitividad, que no quiere vivir esclavizado en la empresa privada y que contempla también otro tipo de intereses".

Según el estudio El peso del opositor en España, realizado por la plataforma OpositaTest, al menos uno de cada cuatro españoles ha preparado o está preparando oposiciones. En 2023, año en el que el Gobierno publicó la mayor oferta de empleo público de la historia, 10 millones de españoles de entre 18 y 55 años ya habían hecho una oposición, estaban preparándose o se lo estaban pensando. Unos registros de récord que, según los expertos, se dispararán aun más ante la inminente jubilación de una gran cantidad de funcionarios de la generación del baby boom. Casi un millón de empleados públicos se habrán retirado en la década que va de 2020 a 2030.

"Hubo unos años después de la crisis de 2008 en los que se redujo mucho la oferta de empleo público y la tasa de reposición era prácticamente nula, pero ahora hay que cubrir muchísimos puestos de trabajo y eso siempre moviliza a la gente", apunta Gloria Oliveros, ex opositora, antigua preparadora de oposiciones y jefa de estudios de una academia y hoy directora de empleo público del centro de formación Adams. "El auge de las redes sociales y la proliferación de plataformas de formación online también han dado mucha visibilidad a los procesos de oposiciones. Además, ante la precariedad y la incertidumbre económica, cada vez se anima más gente que busca una estabilidad laboral, seguridad en su empleo, flexibilidad en los horarios y no trabajar de sol a sol. Finalmente, la Administración pública ha hecho un esfuerzo por ser más proactiva, más innovadora tecnológicamente, más inclusiva y plural... Todo eso la hace más atractiva".

Acceder a un empleo público se ha convertido así en la alternativa más seductora para millones de jóvenes desencantados con la falta de oportunidades o desmotivados por la gigantesca brecha entre su currículum y las condiciones laborales que les prometen. Pero también es una salida apetecible para un grupo cada vez mayor de adultos quemados en el sector privado o aterrorizados por la inestabilidad en la recta final de sus carreras profesionales.

"Esa imagen primitiva de los funcionarios como una panda de vagos y paniaguados que viven del cuento ha quedado desechada"

Juan José Rastrollo, profesor de Derecho Administrativo

A apenas tres kilómetros de la exclusiva residencia León XIII está la cocina de Susana. Tiene 56 años, un estuche rojo de Garfield, una colección de imanes de todos los rincones del mundo pegados en la puerta del frigorífico y una pila de apuntes sobre la mesa con todos los artículos del Estatuto Básico del Empleado Público subrayados con colores fluorescentes. Ella está estudiando para tres puestos de auxiliar administrativo y operaria de servicios generales en el Ayuntamiento de Madrid después de toda una vida currando en empresas privadas y alternando empleos precarios.

"Estudiar a estas alturas es muy duro porque, después de tantos años, una pierde la dinámica", reconoce en un descanso de su rutina diaria. "He sido una lectora empedernida, pero ahora me cuesta muchísimo memorizar y si quieres aprobar, tienes que volverte una talibán del estudio. Necesitas muchísima concentración, hacer muchos esquemas, repasar vídeos, escuchar pódcasts...".

Susana se levanta cada día entre las siete y media y las ocho de la mañana. Antes de las nueve ya está memorizando decretos legislativos. "Hay días que estudio seis horas, hay días que ocho y hay días que ninguna, pero intento dedicar una media fija de cinco horas", explica.

-¿Cuántas veces has tenido la tentación de rendirte?

-Muchas, muchas veces. En mi academia empezamos 40 y ahora no llegamos a 10.

Su currículum dice que estudió un ciclo de Educación Infantil, pero acabó trabajando en un departamento de atención al cliente. Que años después fue responsable nacional de cuentas en una petrolera hasta que la crisis lo mandó todo al garete y la sumergió a ella en una licuadora de contratos temporales. "Trabajé 11 años en una tienda y fui encadenando distintos puestos hasta que llegó un momento en el que me resultó muy difícil engancharme a algo de lo mío", se resigna. "Mi última empresa entró en concurso de acreedores y, ante la previsión de que, a mis casi 57 años, ya no me llamaran para absolutamente nada, había que tomar una decisión... Y yo ya tengo cuatro amigas que han aprobado oposiciones con cincuenta y tantos".

-¿Por qué hay cada vez más opositores de su edad?

-¡Porque en la empresa privada no nos llaman! Por desgracia, en España, tener experiencia no está valorado. Las empresas prefieren a gente joven con mucho máster, muchos idiomas y muchísima formación a los que pueden moldear y pagar cuatro duros.

Las cifras dicen que desde la pandemia del coronavirus, el porcentaje de opositores mayores de 50 se ha multiplicado por tres (de un 5% a un 15%).

"Nos prometieron el superpuestazo donde no nos iba a faltar de nada y después vino el choque con la realidad, es un gran desengaño"

"Cada vez nos encontramos con más aspirantes de mediana edad", confirma Sara, profesora de Geografía e Historia y miembro de los tribunales de selección de personal. "Aunque los funcionarios cada día vivimos peor, seguimos teniendo condiciones menos exigentes que en el sector privado. La gente no quiere estar acumulando horas o trabajando fines de semana, ni vivir colgada del teléfono todo el día. Y los más mayores saben que, si aprueban, tienen trabajo garantizado hasta la jubilación".

Pilar, por ejemplo, tiene 55 años y aspira a convertirse en agente de Hacienda en Murcia: "A mi edad es casi imposible encontrar un trabajo estable, y más aun si eres mujer. Yo tengo mucho miedo de tener un problema de salud y quedarme sin nada".

Amalia tiene 56 y está opositando en Salamanca para dos puestos en la Junta de Castilla y León y en la Diputación: "En la empresa privada está complicado. Y en la Administración al menos podemos tener estabilidad, seguridad y, sobre todo, algo que hacer para no estar paradas todo el rato".

Según el Observatorio del Opositor 2025, la motivación principal para los opositores mayores de 50 años es la de asegurarse una mejor jubilación. En el caso de los más jóvenes, el objetivo principal es poder acceder a una vivienda o tener la estabilidad suficiente para conciliar en el futuro. Sus estudios revelan que dos de cada tres opositores de menos de 25 años consideran que ser funcionario les asegura poder formar una familia. Y más de la mitad cree que sólo así podrá independizarse.

"Nos pasamos años estudiando, luego haciendo másters, nos prometieron el superpuestazo donde no nos iba a faltar de nada y después vino el choque con la realidad: nada es cómo nos lo habían pintado", se queja Elena desde Granada. Tiene 28 años y oposita desde hace tres para auxiliar administrativo del Estado. Un 21% de los españoles que prepararon alguna oposición en 2024 lo hicieron para el mismo puesto que Elena.

"Trabajé en una gran consultora, una de las big four, pero me pasaba 13 horas allí cada día, comía allí, todo allí, cobrando 1.100 euros y sin posibilidad de escalar. No podía ni ir al gimnasio", recuerda ella. "Empecé a buscar trabajo fuera y todo el sector estaba igual. Es bastante desmotivador... Y si no te gusta, te cambian por otro porque hay 80 o 90 personas como tú esperando. Es una gran sensación de desengaño: hemos perdido la confianza en el sistema laboral".

-¿Y si consigues la plaza?

-Sería maravilloso, ¿no? Yo nunca quise opositar, pero peor que lo que tenía no puede ser. Es que ves las ventajas de ser funcionario: el horario compactado, la seguridad, un puesto fijo, poder tener hobbies, saber que nunca te van a poder echar a menos que la líes mucho... Y encima tener el mismo sueldo, o incluso mejor.

"Si me sacrifico cuatro años ahora, luego podré vivir de lo que quiero y podré conciliar, tener tiempo libre y no tendré que renunciar a mi familia"

El mes pasado, la empresa OpositaTest colgó una lona gigante en el centro de Madrid que decía: "La oposición es una mierda, pero tu estado es criminal". Una semana después, cambiaron el mensaje: "Opositar pueden ser años, pero cobrarás un 25% más de media".

Un estudio publicado por el Banco de España el pasado mes de octubre reveló, en efecto, que los empleados públicos en España ganan exactamente un 24,97% más que los del sector privado, triplicando la media de la misma brecha en Europa. En Alemania, por ejemplo, la diferencia es apenas de un 2%. Según un análisis de Bankinter a partir de los datos del INE, en el sector público sólo un 10% de los empleados cobra menos de 16.000 euros anuales, mientras que en el sector privado, el porcentaje de salarios inferiores a ese umbral alcanza casi el 30%, especialmente entre las mujeres. Y, sin embargo, la nómina no está entre las principales motivaciones de los españoles para querer ser funcionario.

"La gente joven ya no sólo valora el puesto y el sueldo, también las condiciones en las que trabajan y las posibilidades de conciliar", explica Jacobo Fariña, responsable de comunicación de OpositaTest. "El 53% de los españoles que se plantean opositar están ya trabajando y siete de cada 10 aseguran hoy que dejarían su empleo en una empresa privada por una plaza en el sector público, y ése nos parece un dato muy revelador del cambio de tendencia. La figura del funcionario está cada vez más valorada y, sobre todo después de la pandemia, la gente prioriza la estabilidad y la seguridad en su trabajo antes que progresar en su empresa a costa de sacrificar su vida personal".

Volvemos a los pasillos de las residencias León XIII y Pío XI. "Cuidado con los portazos!!!", brama otro cartelito en la puerta del otro extremo. Repartidas por todo el edificio hay varias zonas de estudio, una biblioteca, el gimnasio, un comedor que comparten chicos y chicas, una capilla para rezar por una plaza y varias habitaciones con espejos que los estudiantes utilizan para ensayar sus cantoscomo si en lugar de opositores fueran Bisbal y Chenoa en la academia de Operación Triunfo. También hay un área con un futbolín y un billar a los que nadie juega y una guitarra que nadie toca.

Blanca dice que la residencia es tan exageradamente silenciosa que a veces sale al balcón de su habitación a recitar su lección para acostumbrarse al ruido que puede haber el día del examen: "No quiero que de repente alguien del tribunal se levante a cargar el móvil y perder toda la concentración".

Entrar en una de las zonas de estudio, sin embargo, es como asomar la cabeza dentro de una burbuja. Cada estudiante está refugiado con unos cascos antirruido en un cubículo en el que caben decenas de libros, montones de folios y rotuladores de colores, sólo dios sabe cuántas estampitas de vírgenes y santos, mensajes motivacionales de la familia, calendarios y unos 700 millones de pósits. En los cajones hay bolsas de frutos secos y cajas de ansiolíticos y en las paredes cuelga un póster que replica aquel de J. Howard Miller de la Segunda Guerra Mundial: We Can Do It (Podemos hacerlo).

No se ve por aquí un solo teléfono móvil. Aquí nadie sube bailecitos a TikTok ni graba reels para Instagram. "¿Te acuerdas de aquellos primeros móviles Nokia que no tenían nada, sólo teclas para llamar? Pues los he vuelto a ver durante la oposición", bromea Rubén.

Él tiene 26 años y aspira a ser registrador de la propiedad. Como Pablo, que tiene 28. María tiene 25 años y quiere ser jueza. Sus oposiciones no son para nada sencillas, así que la vocación es inevitable en su caso. Apenas el 20% de los menores de 34 años que deciden opositar lo hacen por preferencia profesional. El 63% repiten una y otra vez la estabilidad como factor principal.

"Lo fácil con 22 o 23 años es querer comerte el mundo y empezar a ganar dinero pronto para independizarte, pero nosotros somos los raritos que decidimos ir a contracorriente y encerrarnos en un paréntesis de dedicación total y absoluta para tener unas ventajas a largo plazo", defiende Rubén. "No todo el mundo es capaz de renunciar a los placeres y las experiencias instantáneas en los mejores años de su vida para fijarse un objetivo mayor. Y menos en nuestra generación".

"Yo tengo amigos de mi edad que estudiaron Derecho como yo, que están trabajando ya en despachos de abogados, pero dependen siempre de un jefe, trabajan los fines de semana y nunca van a tener nada seguro...", reflexiona María. "No veo ninguna ventaja, la verdad. Es cierto que están ganando dinero, pero les llamas un viernes para cenar y a las doce de la noche todavía no han salido del despacho. Yo es que eso no lo concibo".

"Creo que nuestra generación ha puesto mucho el foco en la salud mental", añade Pablo. "Bastante complicado lo hemos tenido en nuestra juventud como para aceptar peores condiciones laborales ahora. Nos dijeron que éramos la generación de cristal, pero nuestros padres a nuestra edad podían acceder a una vivienda o irse de vacaciones siendo clase media. Yo ahora no tengo ningún amigo que pueda vivir solo en Madrid".

-¿Cómo imagináis vuestra vida dentro de 15 o 20 años?

-Siendo registrador, eso seguro -responde Rubén-. Pero también me veo yendo a recoger a mis hijos al colegio a las cinco de la tarde y estando con ellos hasta que se acuesten. Yo quiero que vean a su padre. Y si para eso me tengo que coger un registro en un pueblo, lo haré.

-Yo me veo yendo al juzgado por las mañanas -añade María-. Me veo trabajando mucho, mucho, mucho, pero también me veo sin renunciar a mi familia ni a mi vida personal. Para algo me he pegado todos estos años de estudio. Nosotros no estamos opositando para vivir del cuento, sino para poder vivir de nuestro trabajo.

Por encima de uno de los escritorios en los que ellos estudian unas 10 o 12 horas diarias alguien ha pegado una foto vieja de los Reyes eméritos, no se sabe muy bien por qué. Y al lado un último pósit que dice: "El cansancio es efímero, pero el éxito es eterno".

En la firma, un corazoncito.