Al principio dijo que no. No quería escribir el libro, no podía siquiera pensar en hacerlo. Y a sus hermanos tampoco les agradaba la idea. ¿Por qué tenía que escribir Katriona sobre sus vidas, sobre su infancia, sobre sus padres, sobre todas las dificultades que se vivieron, todas las miserias y todas las tristezas? ¿Por qué Katriona O'Sullivan tenía que desvelar todo? Que ella y sus cuatro hermanos crecieron en una casa que no podía calificarse de hogar, que sus padres eran heroinómanos y alcohólicos -según la época- y que crecieron en la extrema pobreza, no sólo económica sino también emocional.
Katriona O'Sullivan tardó seis meses en decidir que «tenía la responsabilidad de compartir su historia». Una decisión que tomó con todo en contra, del mismo modo que su vida se estructura alrededor de esa frase. Esta mujer irlandesa de 47 años había vivido ya lo inimaginable: la infancia paupérrima, los traumas que provocaron en ella y en sus hermanos la convivencia con la sordidez y las drogas, el abuso sexual, un embarazo adolescente y su propio descenso a los infiernos del consumo. Con un hijo pequeño, dos padres enfermos y un buen montón de cuestiones pendientes de solucionar en terapia, O'Sullivan consiguió que el Trinity College de Dublín, uno de los centros universitarios más prestigiosos del mundo, le diera una beca. Optó por la carrera de Psicología, se benefició de las ayudas que el Gobierno ofrecía para casos como el suyo (familia monomarental) y comenzó a brillar.
Brilló tanto que comenzó a salir en artículos y reportajes. Hasta que brotó una llamada: la editorial Penguin le proponía escribir un libro, contar su historia de niña pobre a mujer valiente. Al principio dijo que no. Tardó seis meses en darse cuenta de que quería hacerlo, de que debía hacerlo. Su hijo mayor le pidió que no lo hiciera. Uno de sus hermanos le rogó lo mismo. Pero ella pensó que, si lo hacía, podía ayudar a muchas personas. Y que, si no lo hacía, se convertiría en una de aquéllas que no le ayudó a ella siendo niña. En 2023, publicó en Reino Unido Pobre. Una vida de lucha por un destino mejor, que se convirtió rápidamente en un fenómeno literario en su país. Ayer, su novela autobiográfica se publicó en castellano de la mano de la editorial Planeta, al mismo tiempo que la autora llegaba a Madrid para promocionarlo.
Unos días antes, a través de una videollamada de Zoom, volvió a recordarlo todo para poder plasmarlo en este reportaje. Dijo: «Crecí pobre, tuvimos traumas, hambre y dolor. Pero también creía en el mundo y tenía esperanza, siempre tuve un pensamiento mágico muy presente y, cuando salió este libro, sabía que sería increíble. No imaginaba que tendría tanto éxito pero siempre creí que sería un éxito. Porque ahora creo en mí misma, ¿sabes?».
También es capaz de confesar que, en ocasiones, «sopla el viento y debe acostarse en la cama, hablar con su marido, tomar una taza de té y tratar de eliminar el estrés». «Tengo una muñeca que soy yo con siete años, me la regaló mi último terapeuta, y hablo conmigo misma. Cuando tengo momentos oscuros, tengo que cuidarme. Me cuido a mí misma como cuidaría a la Katriona de siete años que tengo entre las manos. Es difícil, el trauma fractura a las personas y no siempre es fácil sanar y estar bien».
No cuesta creerla. Tampoco cuesta, leyendo su libro, entender lo duro que fue todo mientras crecía. Vivían en Coventry, la ciudad inglesa más alejada del mar, en una casa sucia, sin papel higiénico, sin toallas limpias sino malolientes, sin jabón, sin comida... Una casa en la que se trapicheaba y se consumía, donde los niños miraban la tele mientras un amigo de los padres -o dos o tres- se colocaba a su lado. Uno de ellos abusó sexualmente de ella antes de que cumpliera 10 años. Pero algo cambió cuando, en el colegio, su primera maestra le enseña lo que es la dignidad. Le dijo: «A partir de ahora, cada mañana cuando llegues, coges unas braguitas limpias de este cajón y estas toallitas. Vas a lavarte y te cambias». También le enseñó cómo uno se asea como es debido. Y otro día apareció con un vestido azul que se le antojó perfecto para su alumna.
Hubo más personas así: Mel, un monitor del centro juvenil, el señor Pickering, que le daba clases de inglés y una tarde se presentó en su casa para decirles a sus padres que era una vergüenza que no acudieran a las tutorías y que, además, «Katriona era inteligente y sobresaliente». Ella también sabía que lo era mientras crecía, sabía que era lista, pero fueron más las personas que no la ayudaron que las que sí, más las que sólo vieron en ella a la niña pobre, hija de adictos a la heroína, sucia y maloliente, o a la adolescente embarazada, o a la joven drogata... Y no atisbaban que era una mujer con potencial.
En el libro explica por qué tardó en encontrarse cómoda en el mundo académico, y por qué tardó en llegar a la universidad: «Cuesta describir ese conflicto. El tira y afloja entre querer la formación y al mismo tiempo no querer enfrentarse a todo lo que conlleva. Creo que la vergüenza tiene mucho que ver con las decisiones que tomé durante mi etapa escolar. No quería que me vieran; mi familia y lo que éramos, lo que hacíamos: sabía que todo eso no estaba bien visto y que se nos menospreciaba por ello. Estaba estresada y enfadada continuamente, así que reaccionaba de modo agresivo a cualquier comentario o pregunta».
Pero el infierno de sus padres, el drama de los hijos, también le convirtió en una persona especialmente atenta a los detalles, alguien con hiperatención: «Podía identificar cambios mínimos en la energía de las personas. A los hijos de los adictos a menudo se los obsequia con este superpoder, con el que saben por intuición cuándo ha variado el estado de ánimo. Una leve disminución del buen humor podría convertirse en enfado si no se controla y se aborda de forma prioritaria».
Y hasta consigue estremecer al lector cuando, con total tranquilidad, o con total crudeza, según se mire, afirma que «es mejor tener padres heroinómanos que alcohólicos porque los primeros son suaves en las maneras y los segundos más agresivos». Katriona fue la niña observadora que se daba cuenta de lo que sucedía - «yo intentaba arreglar a todo el mundo, pero eso me estaba estaba destruyendo a mí»- y también la que se rebelaba ante un mundo que insistía en que «la pobreza era su destino». «Las personas cuya responsabilidad era ayudarnos pensaban que habíamos llegado a tal extremo que no merecíamos más que el destino que teníamos. Cuando eres un niño pobre, creces en un hogar que es inestable y estás rodeado por personas que son imprevisibles, nunca sabes qué te deparará el día o qué es lo que va a ocurrir a continuación. La mayor parte del tiempo parece que vives bajo una capa de nubes, pero de vez en cuando el sol se abre paso. Esos ratitos de sol te mantienen caliente. Así viven los pobres".
Es más, el título del libro es el que es porque Katriona quería fastidiar, obligar a los privilegiados a mirar más allá de sus narices y entender que no todo el mundo tiene las mismas oportunidades en esta vida. No extraña que una de las obsesiones actuales de Katriona, la psicóloga, la profesora universitaria, sea la equidad: «Cuando hablo en público, me dirijo especialmente a los privilegiados y les digo: '¿Quién es peor, quien no tiene opciones y acepta su destino o quién tiene privilegios, por tanto más opciones, y no las usa para conseguir mayor justicia ni una sola vez?'».
Katriona, la académica de la Universidad de Maynooth, la estudiante en el Trinity y en Oxford, la especialista en protocolos que fomenten la inclusión de aquellos que, como ella, no tenían apoyo ni herramientas para estudiar mientras crecían. Porque no estamos hablando de cualquier persona sino de, tal y como se lee en su libro, «Katriona Marianne O'Sullivan. Braguitas meadas. Apestosa. Chica sucia. Basura. Puta gorda. Insolente. Irresponsable. Gorrona. Vaga. Ordinaria. Guarra. Zorra. Tonta. Tonta. Tonta. Tonta. Doctora. Hija. Esposa. Madre».
Y atención a su reflexión sobre cómo 40 años han modelado la percepción de la adicción: «Los prejuicios se mantienen intactos. Creo que la gente ha aprendido a no expresarlos, pero siguen existiendo. No ayudan la falta de fondos para solucionar el problema ni el tono caritativo que suele aparecer en este tipo de situaciones». También ahonda en el asunto en el epílogo de su libro, en el que aparece también la investigadora, y donde pregunta al lector qué piensa hacer con toda la información recibida tras la lectura: «Las personas pobres, como mis padres y como yo, aún se pierden debido al consumo de drogas en los mismos porcentajes que hace cuatro décadas. La ciencia nunca ha sido capaz de entender del todo por qué un hombre o una mujer sanos pueden llegar a consumir una sustancia hasta morir desangrados. Y tampoco se ha encontrado una respuesta a por qué -incluso aunque casi los mate- los adictos recaen reiteradamente en el consumo».
Katriona se rebela otra vez, o como siempre, ante la idea de adicción como «problema moral», ante quienes piensan que los adictos como sus padres «no son sino personas egoístas que toman malas decisiones». «De niña, yo también lo veía así. Los trabajadores de emergencias que venían a mi casa lo veían así: consideraban la adicción como una ofensa a la sociedad. Me miraban a mí y a mis hermanos como parte de un orden inferior y creían que no éramos merecedores de compasión ni cuidados. Pensaban que el caos de nuestra vida era algo que habíamos provocado».
Otros dicen que es una enfermedad, «que no podemos culpar a un adicto, de igual modo que no podemos culpar a alguien que padece epilepsia». Para Katriona O'Sullivan, mujer todoterreno, «la adicción es consecuencia de la historia familiar, los traumas, la biología, el peso de las presiones y los juicios de la sociedad». Ahora puede hablar ex catedra y no sólo empíricamente: «Mi formación me ha enseñado que las áreas de nuestro cerebro responsables del control conductual y del placer se activan de una manera diferente dependiendo del entorno en el que nos hayamos criado».




