Mohenjo-Daro es el equivalente piscinero de La Meca: cualquier devoto de los chapuzones debería visitarlo al menos una vez en la vida. El problema es que está disuasoriamente lejos. A 8.564,5 kilómetros o cuatro días enteritos conduciendo desde la Puerta del Sol. Además, quien viaje pensando en encontrar un despampanante rectángulo azul se llevará un chasco. Las ruinas de La gran bañera (12 x 7 y 2,40 metros de profundidad) se encuentran en una colina polvorienta. Hay que estrujarse bien las meninges para imaginar que allí, en uno de los mayores asentamientos de la civilización del valle del Indo (2500-1800 a.C.), en la actual provincia paquistaní de Sindh, el hombre descubrió la felicidad acuática.
"Quien posee una piscina también guarda en el bolsillo la llave de la alegría de otras personas", escribió la periodista Anabel Vázquez en su ensayo-tratado Piscinosofía (Libros del KO, 2023), donde dedicó precisamente un capítulo a esta instalación milenaria construida con ladrillo. Se desconoce si tenía una función religiosa o erótico-festiva. Tampoco se sabe cómo se las apañaban sus usuarios para chapotear sin ahogarse. Mohenjo-Daro, por cierto, significa montículo de la muerte en urdu.
La comarca vallisoletana de Montes Torozos queda bastante más a mano que el valle del Indo. Y en su paisaje cereal de ocres y dorados sí que puede disfrutarse de una lámina de agua que, en el quinto verano desde su inauguración, se ha convertido en icónica. No sólo para la región y sus habitantes, sino incluso para la Bienal de Venecia de Arquitectura.
Antes todo esto era campo; hoy es la piscina de Castromonte.
Su intrahistoria tiene algo de milagro en el páramo. Para empezar, por las peculiares condiciones socioeconómicas del pueblo. En Castromonte y sus dos pedanías hay empadronados 326 habitantes (INE, 2024) y 80 aerogeneradores. La escasa rentabilidad de la agricultura y la fuerte inversión de las multinacionales del viento explican que hoy la localidad esté rodeada de aspas gigantes. Los impuestos a los molinos, a su vez, permiten al ayuntamiento poner en marcha servicios e infraestructuras propios de cualquier urbe mediana. La piscina es uno de los espacios financiados con los réditos del "oro eólico", como lo denomina el arquitecto Óscar Miguel Ares. Su ejecución entre 2020 y 2021 costó 450.000 euros.
"Zonas como éstas se están convirtiendo en el patio trasero de las ciudades. Los parques eólicos y fotovoltaicos dejan unas ingentes plusvalías que, los municipios que actúan de forma inteligente, hacen revertir en los ciudadanos en forma de equipamientos", constata en el corazón del nodo energético de La Mudarra. Al proyectista, avalado por el trabajo de su estudio, acudió el alcalde Heliodoro de la Iglesia (PP) cuando decidió que ya estaba bien de que sus vecinos tuvieran que coger el coche cuando querían darse una zambullida en los meses más calurosos del año. "Es una inversión razonada, sostenible en el tiempo y acorde con las necesidades del municipio", explica por teléfono el primer edil. "Después de atender otras prioridades -el arreglo de calles y alcantarillado, por ejemplo-, se decidió construir viendo que los pueblos de alrededor sí disponían de la suya".
Admirador de La Isla en el Manzanares de Gutiérrez Soto y de las Picornell de Barcelona, Ares no había diseñado ninguna piscina hasta que recibió el encargo. Pero tenía claro que la suya debía ser un reflejo de la idiosincrasia local y del diálogo entre lo tradicional y lo disruptivo. Por un lado, la piedra sin tallar de los muros remite a las tapias típicas de la zona. "El proyecto pretendía activar la memoria de la gente, y este material representa el sentido de pertenencia", apunta su promotor in situ. Por otro lado, la cubierta de vigas prefabricadas hace pensar en los aerogeneradores, indisociables ya del skyline castromontino.
"El conjunto se construyó a partir de las piedras de derribo del vallado original de la parcela. Recurrimos a maestros canteros de la comarca que estaban a puntito de desaparecer", añade Ares. "Para las vigas de hormigón se utilizaron áridos del lugar, cuya textura y color se asemejan a los de los muros de mampostería". El proyecto busca sintetizar esta dualidad -vernáculo e industrializado, pesado e ingrávido- "de forma poética".
"A mí, desde que la vi por primera vez hace sólo unas semanas, me pareció preciosa. Tiene varios espacios diferenciados para organizar eventos, una ubicación fantástica que permite venir andando... Me dio la impresión de estar frente a un diseño de la Bauhaus hecho con materiales locales", la describe con buen ojo Radek Dabrowski, el nuevo gerente del bar de la piscina.
El resultado lleva cuatro años llamando la atención de las revistas y webs españolas dedicadas a la construcción de autor. Sin embargo, lo que terminó de ponerlo en el mapa fue el Premio de Arquitectura Contemporánea de la Unión Europea Mies van der Rohe. El edificio quedó entre los 40 finalistas en la edición del año pasado gracias a su diseño elegante, su apuesta por la economía circular y su contribución a la lucha contra la despoblación. Por descontado, era la única piscina entre los candidatos.
Decíamos antes que la intrahistoria de la piscina de Castromonte tiene algo de milagroso. El principal prodigio que ha propiciado tiene que ver con lo demográfico y hasta con lo anímico. "En el pueblo dicen que he conseguido que vuelvan sus nietos. En verano vienen más niños gracias a la piscina", señala un arquitecto que afirma haber leído y releído La España vacía de Sergio del Molino. "Ha posibilitado el retorno de muchos vecinos que en esta época no venían y que, ahora, prácticamente se quedan todas las vacaciones. Es un aliciente de ocio importante", corrobora De la Iglesia. Incluso el censo registró un incremento (17 habitantes) entre 2021 y 2023. "La piscina ha tenido un pequeño impacto, pero lo cierto es que Castromonte actualmente no pierde población".
"El primer año hubo overbookingporque venía gente de fuera [el aforo máximo es de 350 personas]. Recuerdo colas fuera esperando a que los bañistas salieran para poder entrar", completa Ares. Y matiza: "Esto se llama piscina porque se tiene que llamar legalmente de alguna manera... En realidad, es un espacio para el encuentro. Aquí se proyectan las películas del festival de cine descentralizado Lazos, se da la salida a carreras populares... En el estudio siempre hemos tenido claro que no queríamos hacer arquitectura-espectáculo, sino arquitectura para la gente... Trabajamos en municipios pequeños y sabemos que un edificio tiene que albergar dentro todo lo posible. Una biblioteca o una piscina son sólo eso en una ciudad, pero en un pueblo tienen que ser muchas más cosas. Si hay un lugar donde la arquitectura sirve como revulsivo social y tiene capacidad de revertir la despoblación de alguna manera, es aquí. Hablamos de una zona deprimida socialmente, pero no económicamente".
En Piscinosofía, su autora evoca: "En la sociedad occidental es fácil tener un recuerdo ligado a una piscina. Hay muchas, nos empapan, están por todas partes. A todos nos interpela alguna, incluso a esa gente que dice que prefiere el mar, ese huracán desmelenado". Veamos si es cierto.
Se acerca el mediodía y María José se dirige a la escalerilla para descender al agua. El robot limpiafondos ha estado faenando hasta unos minutos antes. Las tumbonas multicolores de fibra sintética esperan culos en un rincón. "Es una maravilla. El agua está muy buena y el césped ya lo puedes ver: impecable. Y luego está la belleza de la estructura", comparte esta vecina.
-¿Cómo era el verano sin piscina?
-Muy diferente, porque esto te da la vida. Aquí se han llegado a celebrar hasta fiestas ibicencas. Si no la tuviéramos, estaríamos metidos en casa.
-¿Mejoraría algo?
-Nada. Está perfecta.
Hay quien critica a la piscina de Castromonte por diferentes motivos. Uno: que la zona, próxima a lugares de pasto, es el paraíso de las moscas. Dos: que el suelo, de gravilla, se desmigaja con facilidad. Y tres: que su vaso, de 1,5 metros de profundidad, sólo permite empaparse las canillas; no digamos ya la piscina secundaria, de 30 centímetros, un alivio si acaso tobillero. "Tampoco podíamos hacer una piscina olímpica aquí", alega el responsable de la obra. "Están pensadas para un uso recreativo. Ten en cuenta que aquí hay mucha gente mayor y no podíamos hacerla demasiado honda por los problemas que podría suponer".
Ya se sabe que, además de un seleccionador, en España todo el mundo lleva dentro un arquitecto.
Ana, que nació en Santo Domingo y vive en Castromonte desde hace más de 20 años, pasa con el pequeño Alessandro en brazos. Es el único niño que vemos en toda la mañana. "Le encanta la piscina, justo ahora lo llevo al campamento", dice su madre. Tere, de 80 años, lleva cinco acudiendo al curso de aquagym. "Me obliga a salir, pese a la pereza que da hacerlo con este calor", comenta en la puerta de su casa. "A nadar he aprendido sólo un poquito... Tuve la oportunidad de hacerlo cuando iba a Galicia, pero el agua estaba muy fría y tiraba para atrás...". A Tere la apodan La rana. Seguramente no haya familia en el pueblo más encantada con la piscina que la suya: su hijo Ángel es el socorrista y su hijo Jose, el taquillero. Martes y jueves, ella y su cuadrilla sénior se ponen el gorrito y cogen el churro para hacer ejercicio y bailar zumba en remojo. "Cada día hay imágenes que recuerdan a cualquier película de Fellini", apunta Radek, que gestiona otros dos bares en Valladolid, a donde llegó desde Torún (Polonia), la cuna de Copérnico.
Ares ultima la maqueta que llevará a la Bienal de Pisa junto a la Casa de comidas de Castromonte -una cocina-restaurante pensada para llevar platos a domicilio sobre todo a los mayores del municipio- y a la Casa Consistorial del vecino Valverde de Campos, por la que obtuvo el premio Arquitectura de Castilla y León 2022-2023.
"¿Cómo vivimos la nominación al Van der Rohe? No nos la esperábamos", admite. "Primero, porque se trata de un premio europeo. Y segundo, porque éste es un proyecto para un pueblo de muy pocos habitantes... Al final, ha sido un mensaje de ánimo para todos".
Y concluye: "Mira, yo no soy sociólogo, pero es evidente que estamos en una encrucijada. La sociabilidad ha cambiado y hoy está en las redes y en otros sitios. Una piscina es un teatro para la vida. Pero hay mucha gente que prefiere pegarse una panzada de ver series durante el fin de semana que ponerse un bañador, ir a la piscina y hablar con alguien".





